El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
– Satisfactorio, miss Latterly -dijo Wade con un amago de sonrisa-. Parece que responde bien, aunque no quiero abrigar falsas esperanzas. Está claro que todavía no se ha recuperado. Debe seguir cuidando de él con tanto esmero como pueda.
Juntó las cejas y la miró con intensidad.
– Una vez más, debo insistir encarecidamente en lo importante que es que no se le cause ningún trastorno ni inquietud, ningún miedo u otra perturbación anímica que pueda evitarse. No debe permitir que ese joven policía, ni ningún otro, le obliguen a intentar recordar lo que ocurrió aquella noche. Espero que lo entienda. Me imagino que así es. Tengo la impresión de que es usted plenamente consciente de su dolor y que haría cualquier cosa, aun corriendo riesgos, para protegerlo. -Se mostraba un tanto cohibido, con un leve rubor en las mejillas-. Tengo una elevada opinión de usted, miss Latterly.
Hester percibió afecto en sus palabras. Un simple elogio de un colega por el que sentía una profunda admiración le resultaba más gratificante que la mayor extravagancia en boca de alguien que no supiera exactamente de lo que hablaba.
– Gracias, doctor Wade -dijo en voz baja-. Me aseguraré de no darle motivos que puedan alterar esa opinión.
El doctor sonrió en un gesto espontáneo, como si por un momento hubiese olvidado la desdicha que les había reunido.
– No dudo en lo más mínimo de usted -contestó, y acto seguido hizo una breve reverencia y bajó las escaleras para ir a encontrarse con Sylvestra, que aguardaba en el salón de las visitas.
A primera hora de la tarde, Hester procuró entretenerse con pequeñas tareas domésticas: quitó manchas de la camisa de dormir de Rhys, fruto de la sangre que se había filtrado desde las heridas aún abiertas al desprenderse algún vendaje durante la noche, remendó una funda de almohada para evitar que un minúsculo desgarro se convirtiera en un roto, clasificó los libros del dormitorio ordenándolos según su criterio. Llamaron a la puerta y, cuando la abrió, la doncella le informó de que tenía visita y que el caballero en cuestión la esperaba en la sala de estar del ama de llaves.
– ¿Quién es? -preguntó Hester sorprendida. Lo primero que se le ocurrió fue que se trataba de Monk, aunque enseguida se dio cuenta de que no era nada probable. Si se le había pasado por la cabeza era sólo porque siempre lo tenía muy presente, justo bajo la superficie de la conciencia. Sería Evan, que venía a ver si podía contar con su ayuda para resolver el misterio de las heridas de Rhys, o al menos a enterarse de algo más acerca de la familia y de la relación entre padre e hijo. Era absurdo sentir esa repentina decepción. Al fin y al cabo, no habría sabido qué decirle a Monk.
Como tampoco sabía qué decir a Evan. Su deber era atenerse a la verdad, aunque no estaba muy segura de querer averiguarla. Su lealtad profesional, así como sus emociones, eran para Rhys. Y la había contratado Sylvestra, cosa que exigía de ella cierto grado de compromiso.
Dio las gracias a la camarera y terminó lo que estaba haciendo, para luego bajar y cruzar la puerta forrada de paño verde que daba al pasillo de servicio y dirigirse a la sala de estar del ama de llaves. Entró sin llamar.
Se detuvo en seco. Era Monk quien aguardaba de pie en medio de la habitación, esbelto y elegante con su abrigo de corte impecable. Se le veía irascible e impaciente.
Hester cerró la puerta.
– ¿Cómo se encuentra tu paciente? -preguntó Monk. Su expresión era de franco interés.
¿Era mera educación, o tenía algún motivo para preocuparse? ¿O era simplemente por decir algo?
– El doctor Wade me ha dicho que se está recuperando bastante bien, aunque todavía le queda mucho para curarse -contestó, con una pizca de fría formalidad. Estaba molesta consigo misma por el júbilo que le había causado que se tratara de él y no de Evan. Aunque no había razón para alegrarse. No sería más que otra discusión sin sentido.
– ¿No te has formado una opinión propia? -Monk enarcó las cejas, con aire crítico.
– Por supuesto -repuso Hester-. ¿Acaso crees que te será más útil que la del médico?
– Lo dudo…
– Me lo figuraba. Por eso te he dado la suya.
Monk inspiró con fuerza y expulsó el aire de golpe.
– ¿Y sigue sin hablar?
– No habla.
– ¿Ni se comunica de otra manera?
– Si te refieres a palabras, no. No puede sostener una pluma para escribir. Aún falta mucho para que curen los huesos de sus manos. Deduzco por tu insistencia que tu interés es profesional. Me pregunto a qué se debe. ¿Imaginas acaso que vio a tus asaltantes de Seven Dials, o que sabe quiénes eran?
Monk se metió las manos en los bolsillos y bajó la vista al suelo, antes de mirarla. Su expresión se dulcificó, despojándose de toda cautela.
– Me gustaría creer que no tuvo nada que ver con ellos. -Sus ojos, firmes y claros, buscaron los de Hester, sobresaltándola de súbito con el recuerdo de lo bien que se conocían, de los fracasos y triunfos que habían compartido-. ¿Estás segura de su inocencia?
– ¡Sí! -dijo de inmediato, aunque la mirada de Monk y su propio sentido de la honestidad le dijeron que no era cierto-. No, no del todo -se corrigió-. No sé lo que sucedió, sólo me consta que fue algo atroz, tan espantoso que le ha dejado sin habla.
– ¿Crees que su mutismo es auténtico? Te lo pregunto en serio. -Se mostraba contrito, temeroso de lastimarla-. Si me dices que sí, lo admitiré.
Hester se adentró en la habitación, aproximándose a él. El fuego ardía vivamente en el pequeño hogar pintado con esmero; había dos butacas junto a él, pero ni Hester ni Monk les hicieron el menor caso.
– Sí -dijo Hester, con total convencimiento-. Si le hubieras visto sufrir sus pesadillas, intentando gritar con todas sus fuerzas, comprenderías que es verdad.
El rostro de Monk reflejó su aceptación de los hechos, aunque teñido de una tristeza que asustó a Hester. Aquello era ternura, algo que rara vez había visto en él, una emoción sin reservas.
– ¿Has encontrado pruebas? -preguntó, casi sin voz-. ¿Sabes algo nuevo respecto al caso?
– No -contestó impávido-. Pero los indicios van en aumento.
– ¿Qué indicios?
– Lo siento, Hester. Ojalá no mese así.
– ¿Qué indicios? -levantó la voz, agudizándola, debido en gran medida a que temía por Rhys, aunque también le asustaba la amabilidad que transmitía la mirada de Monk. Era algo demasiado frágil para ser captado, demasiado precioso para romperlo, como un reflejo perfecto en el agua que se desvanece al tocarlo-. ¿Qué has descubierto?
– Que los tres hombres que atacaron a esas mujeres eran caballeros, iban bien vestidos, llegaban en coche de caballos, a veces juntos, a veces por separado, para luego marcharse casi siempre en el mismo carruaje.
– ¡Monk, eso no tiene nada que ver con Rhys! -Sabía que le estaba interrumpiendo y que Monk no habría mencionado aquello si no tuviera nada más, pero le resultaba imposible escucharlo sin reaccionar, le dolía demasiado. Apreciaba que él era consciente de ello y que detestaba hacerla sufrir. Hester atesoraría el afecto de su mirada como un recuerdo feliz, una luz en la oscuridad.
– Uno de ellos era alto y delgado -prosiguió Monk.
La descripción encajaba con Rhys. Ambos lo sabían.
– Los otros dos de estatura media, uno más bien fornido, el otro bastante delgado -terminó en voz baja.
Los carbones se desplomaron en el hogar sin que ninguno de los dos se diese cuenta. Se oyeron pasos en el pasillo.
Monk no había visto a Arthur y Duke Kynaston, pero Hester sí. Entrevistos mientras se apresuraban por una calle oscura podía muy bien tratarse de ellos. Sintió que le invadía el frío. Trató de espantarlo, pero el recuerdo de la crueldad en los ojos de Rhys era muy vivido, su sensación de poder cuando hizo daño a Sylvestra, su posterior sonrisa, la forma en que saboreó su mezquino triunfo. Aquello no había sucedido sólo una vez, no era un error, una aberración. Disfrutaba de su capacidad de lastimar. Hester había intentado no creerlo pero en presencia de Monk le resultaba imposible no hacerlo. Podía enfurecerse con él, podía desdeñar algunos aspectos de su carácter, podía sentirse en profundo desacuerdo, pero no podía hacerle daño a propósito y, además, era incapaz de mentir. Levantar semejante barrera entre ellos le resultaría insoportable, como si negara una parte de sí misma. La defensa debía ser emocional, elegida por voluntad propia, no para separarlos sino simplemente para protegerse de un dolor demasiado real.