El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
– De ser así no habría venido aquí, ¿no crees?
Hester no hizo caso de su sarcasmo.
– ¿Qué te gustaría que dijera? ¿Que estoy segura de que sabes lo que haces y que tu habilidad finalmente triunfará? ¿Que una causa justa siempre merece la lucha, se gane o se pierda? -Enarcó las cejas-. ¿Que el honor está en la batalla, no en la victoria? No soy un soldado. Conozco de sobra el coste de las batallas mal planeadas y el precio de las pérdidas.
– Sí, todos sabemos que tú habrías dirigido la guerra mucho mejor que Lord Raglán -espetó Monk-. Sólo que el Ministerio de Defensa no tuvo el buen juicio de ponerte a ti como responsable.
– Mejor les habría ido si hubiesen elegido a una persona al azar en la calle -replicó Hester-. ¿Cuál es tu batalla, a todas estas?
– Preferiría contártelo en algún sitio más cómodo y más íntimo -contestó-. ¿Te apetece salir a cenar?
Si la pilló por sorpresa, lo disimuló muy bien… ¡Demasiado bien! Quizás era justamente lo que esperaba. ¡Y no era en absoluto lo que él se había propuesto decir! Pero batirse en retirada no haría más que empeorar las cosas. Atraería la atención hacia sus sentimientos. Ni siquiera podía fingir que pensaba que estaba ocupada, la señora Duff le había dicho que no era así.
– Gracias -aceptó Hester con un aplomo que Monk no esperaba. Se diría que la idea le agradaba. Se volvió y abrió la puerta, encaminándose hacia el vestíbulo. Pidió su capa al lacayo y luego ella y Monk salieron a la calle glacial, de nuevo sumida en la niebla; las farolas no eran más que vagas lunas aureoladas por el hielo que flotaba a la deriva, las aceras estaban resbaladizas.
Les llevó menos de diez minutos encontrar un coche de caballos y acomodarse en él. Monk dio la dirección de una posada que conocía bastante bien. No iba a llevarla a un sitio caro, por si malinterpretaba el gesto, pero llevarla a uno barato le haría pensar que no podía permitirse nada mejor y hasta sería capaz de ofrecerse a pagar.
– ¿Cuál es tu batalla? -repitió Hester, una vez sentados codo con codo en el frío interior del carruaje, que arrancó con una sacudida para luego avanzar a buen paso. Hacía un frío tremendo. No había mucho que ver, sólo una penumbra rota por borrones de luz, súbitas apariciones en la bruma cuando las siluetas se definían, la linterna de un carruaje, la cabeza y los cuartos delanteros de un caballo, la encumbrada silueta negra de un cochero y luego el velo de niebla cerrándose otra vez.
– Al principio, sólo se trataba de mujeres a las que timaban en Seven Dials -contestó Monk-. Para empezar, no era más que servirse de una prostituta y negarse a pagar…
– ¿No tienen chulos y madamas para evitar que pasen estas cosas? -preguntó Hester.
Monk hizo una mueca de estupor, aunque tendría que haber supuesto que Hester estaría al corriente. Apenas la habían protegido de muchas verdades.
– Éstas eran aficionadas -explicó Monk-. En su mayoría mujeres que trabajan en fabricas y talleres durante el día pero que necesitan un poco de dinero extra de vez en cuando.
– Comprendo.
– Luego comenzaron las violaciones. Y ahora la cosa se ha intensificado y son víctimas de tremendas palizas… cada vez más violentas.
Hester guardó silencio.
Monk la miró de reojo; al pasar cerca de otro carruaje, la luz de las linternas le iluminó la cara. Al ver la tristeza y la rabia que reflejaba, su soledad se desvaneció al instante. Todos los momentos de resentimiento, de irritación y de autoprotección se resumieron en las causas que habían compartido, y desaparecieron, dejando sólo el entendimiento. Continuó explicándole sus esfuerzos por sacar a la luz algunos datos relevantes sobre esos hombres, sus interrogatorios a cocheros y vendedores ambulantes para averiguar de dónde procedían.
Llegaron al mesón donde Monk había planeado cenar. Se apearon, pagaron al cochero y entraron. Monk apenas era consciente de la calle en la que se encontraban, ni del ruido o el calor del interior. Decidió lo que iban a cenar y lo encargó sin consultar a Hester, que aunque hizo una mueca de fastidio, no le interrumpió, salvo para pedir que le aclarara algún punto de su relato.
– Estoy decidido a encontrarles -concluyó con implacable entrega-. Tanto si Vida Hopgood me paga como si no. Voy a detenerles y pienso asegurarme de que todos los que actúan como ellos se enteren de que han pagado por sus fechorías, ya sea mediante la justicia de la ley o la de la calle. -Hizo una pausa, como si esperara que ella le replicara con el consabido discurso sobre la inviolabilidad de la ley, la caída en la barbarie si se abandonaba ésta, fuera cual fuese la causa o la provocación.
No obstante, Hester guardó un meditabundo silencio que se prolongó varios minutos antes de contestar.
La habitación parecía girar a su alrededor con el repiqueteo de la loza, el sonido de voces y risas. El olor a comida, cerveza y lana húmeda preñaba el aire. La luz destellaba en la cristalería y se reflejaba en los rostros, en los cuellos blancos de las camisas y en los platos.
– El muchacho a quien cuido recibió una paliza, casi mortal, en St Giles -dijo finalmente-. Su padre murió en la pelea. -Miró a Monk-. ¿Estás seguro de que podrás dar con el hombre correcto? Si te equivocas, no habrá vuelta atrás. La ley los juzgará, tendrá que haber pruebas fehacientes y alguien que hable en su defensa. Si se trata de la calle, será una mera ejecución. ¿Estás dispuesto a ejercer de acusación, defensa y jurado… y dejar que sean las víctimas quienes juzguen?
– ¿Y si la alternativa es la libertad? -preguntó Monk-. No sólo la libertad de disfrutar de todos los placeres y recompensas de la vida, sin obstáculos ni tener que responder por los agravios, sino la libertad de seguir cometiendo fechorías, sembrando nuevas víctimas, hasta que alguien resulte asesinado, quizá una de esas jovencitas, de doce o catorce años, demasiado débiles para defenderse. -La miró fijamente, buscando sus ojos claros-. Estoy implicado. Soy el jurado, decida lo que decida. La omisión también es un juicio. Desentenderse, apartar la vista, también es una decisión.
– Me consta -convino Hester-. La justicia puede llevar los ojos vendados, pero la ley no. Ve cuándo y a quién elige, porque la administran quienes ven cuándo y a quién eligen. -Seguía con el ceño fruncido.
Monk mencionó el tema del que ambos evitaban hablar. Él lo sabía y pensó que ella tal vez también. Con cualquier otra persona, habría dejado pasar la ocasión. Era un asunto demasiado delicado y tenía muchas posibilidades de ser también muy doloroso. Con Hester, el mero hecho de haber pensado en ello era casi como habérselo dicho.
– ¿Estás segura de que no podrían ser tu joven paciente y su padre, o sus amigos? Háblame de él…
De nuevo esperó un rato antes de responder. En la mesa contigua un anciano sufrió un ataque de tos. Detrás de él una mujer reía; podían oírla pero no verla. Era un sonido agudo y estridente. La sala se iba caldeando a medida que pasaba el tiempo.
– No, no estoy segura -dijo en voz tan baja que Monk tuvo que inclinarse para oírla, olvidando lo que le quedaba por comer-. Evan está investigando el caso. Supongo que ya lo sabes. No ha logrado averiguar qué hacían en St Giles. Es poco probable que sea algo digno de admiración. -Hizo una pausa, manifestando una profunda infelicidad-. Me cuesta creer que él hiciera algo así, al menos no de buen grado ni de manera intencionada…
– Pero no estás segura -apostilló Monk.
Sus ojos buscaron los de ella, anhelando un consuelo que no halló.
– No… No estoy segura. Tiene una faceta cruel que resulta muy inquietante. No sé por qué, pero la dirige en gran medida contra su madre.
– Lo siento… -Inconscientemente se inclinó hacia delante y tocó las manos de Hester, que descansaban sobre la mesa. Notó la finura de sus dedos, a pesar de que eran unas manos firmes.
– No tiene por qué tener relación con esto -dijo Hester despacio, y Monk pensó que lo hacía más para convencerse a sí misma que para convencerle a él-. Es sólo… podría ser… porque no puede hablar. Está solo… -Le miró con una intensidad ajena a cuanto la rodeaba-. ¡Está espantosamente solo! No sabemos lo que le ocurrió y él no nos lo puede decir. Hacemos suposiciones, hablamos unos con otros, elaboramos teorías y ni siquiera puede decirnos dónde nos equivocamos, en qué resultan ridículas o injustas. No es fácil imaginar tanta impotencia.