El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Monk se inclinó por encima del escritorio hacia él, con la mandíbula prieta, escupiendo las palabras entre los dientes.
– Si un hombre quiere una esposa que no le satisfaga y con quien no disfrute, pues es una desgracia -repuso-. Y pura hipocresía… por parte de ambos cónyuges. Mas no es un crimen. Pero si se junta con dos amigos suyos y va a Seven Dials y entonces viola y pega a las obreras de los talleres que practican un poco de prostitución como trabajo extra… eso es un crimen. Mi intención es detenerlos antes de que cometan un asesinato.
El rostro de Runcorn estaba ensombrecido por la rabia y la sorpresa, pero esta vez fue Monk quien no le permitió hablar, todavía inclinado hacia delante, bajando la vista hacia él. La ventaja que Runcorn había tenido al estar sentado y Monk de pie se había invertido, pero se negó a retroceder. Sus caras estaban a menos de dos palmos de distancia.
– ¡Pensé que tendría la valentía y el sentido del deber y la ley necesarios para sentir lo mismo! -prosiguió Monk-. Contaba con que me pidiera la información de la que dispongo y que le alegraría disponer de ella. Lo que piense de mí no importa… -Chasqueó los dedos en el aire con un ruido seco-. ¿No es lo bastante hombre para olvidarlo, al menos durante el tiempo que lleve atrapar a esos hombres que violan y pegan a mujeres, y hasta a niñas, por «placer» como usted dice? ¿O es que me odia tanto como para sacrificar su honor con tal de negarme esto? ¿Tanto ha perdido de sí mismo?
– ¿Perdido? -El rostro de Runcorn estaba lívido de ira-. No he perdido nada, Monk. Tengo un empleo. Tengo un hogar. Tengo hombres que me respetan… a algunos hasta les caigo bien… ¡y eso es más de lo que usted puede decir! ¡Yo no he perdido nada! -Tenía los ojos brillantes, acusadores y triunfantes, pero su voz se iba haciendo aguda, traicionando viejas heridas que nada de eso iba a curar. No se le veía relajado ni en paz consigo mismo.
Monk notó la rigidez de su propio cuerpo.
Runcorn había metido el dedo en la llaga, y ambos lo sabían.
– ¿Esa es su respuesta? -dijo en voz muy baja, dando un paso atrás-. Le cuento que están violando y dando palizas a mujeres en la zona de la que usted es responsable ¿y me contesta repitiendo antiguas peleas conmigo a modo de justificación para hacer la vista gorda? Puede que tenga empleo, y el dinero que éste le proporciona, y el aprecio de algunos de sus subalternos… ¿Cree que le respetarían si le oyeran decir esto? Ya no me acordaba de por qué le despreciaba… pero ahora me lo ha recordado. Es usted un cobarde, y antepone sus mezquinas aversiones personales al honor.
Se irguió, poniéndose en pie.
– Iré a contarle a la señora Hopgood que le he dicho que tengo pruebas y que quería compartirlas con usted; pero que usted está tan empeñado en vengarse de mí que no me ha hecho caso. Esto se sabrá, Runcorn. No imagine que se trata de algo entre usted y yo, porque no es así. Nuestra mutua aversión es mezquina y deshonrosa. A esas mujeres les están haciendo daño, puede que la próxima resulte muerta, y será su culpa, ya que no habremos sido capaces de trabajar conjuntamente para detener a esos hombres…
Runcorn se puso de pie, con la cara sudorosa y la piel blanca alrededor de los labios.
– ¡No se atreva a decirme cómo debo hacer mi trabajo! ¡Y no trate de coaccionarme con amenazas! ¡Deme una sola prueba que pueda utilizar ante un tribunal y arrestaré al hombre que resulte acusado! ¡Hasta ahora no me ha dicho nada consistente! Y no voy a desperdiciar el tiempo de un solo hombre hasta que sepa que es probable que se haya cometido un crimen y vea factible interponer una acción judicial. ¡Una mujer honrada a la que hayan violado, Monk! Una mujer que presente pruebas que se puedan utilizar…
– ¿A quién está juzgando, Runcorn? -contraatacó Monk-. ¿Al hombre o a la mujer, al violador o a la víctima?
– A ambos -dijo Runcorn, bajando la voz repentinamente-. Tengo que hacer frente a la realidad. ¿Acaso lo ha olvidado, o sólo lo finge porque así todo le resulta más sencillo? Le da a sus palabras un aire de elevada moral, pero es pura hipocresía, y usted lo sabe.
Monk lo sabía y eso le enfurecía. Lo detestaba con toda la pasión de la que era capaz. Había momentos en los que odiaba a la gente, a casi todas las personas, por su obstinada ceguera. Era una injusticia, una violenta, cruel y farisaica injusticia.
– ¿Tiene algo concreto, Monk? -preguntó Runcorn, esta vez en voz baja y hablando en serio.
Sin tomar asiento, Monk le contó todo lo que sabía y cómo lo había averiguado. Le dijo con qué víctimas había hablado, presentando todos los hechos por orden cronológico, demostrando que los ataques habían sido cada vez más violentos, resultando en heridas más graves, fruto de actos más maliciosos. Contó a Runcorn cómo había seguido la pista hasta determinados cocheros, fechas y lugares. Le proporcionó las descripciones físicas más aproximadas que pudo.
– De acuerdo -dijo Runcorn finalmente-. Entiendo que se han cometido crímenes. No me cabe la menor duda. Ojalá pudiese hacer algo al respecto. Pero ahora deje su rabia a un lado para que su cerebro piense con claridad, Monk. Usted conoce el sistema judicial. ¿Cuándo ha visto que condenen a un caballero por violación? Los jurados están constituidos por terratenientes. ¡Uno no puede ser jurado si no tiene propiedades! Todos ellos son hombres… evidentemente. ¿Le cabe imaginar a un jurado de este país condenando a uno de los suyos por violar a una serie de prostitutas de Seven Dials? Haría usted pasar un verdadero suplicio a esas mujeres… y sería en balde.
Monk no dijo nada.
– Averigüe quiénes son, si puede, por todos los medios -prosiguió Runcorn-. Y cuénteselo a su cliente. Pero si ella provoca a los hombres del barrio para que ataquen a los responsables, y la cosa termina en asesinato, entonces intervendremos. El asesinato es harina de otro costal. Tendremos que investigar hasta que demos con los culpables. ¿Es eso lo que quiere?
Runcorn tenía razón. Resultaba asfixiante tener que admitirlo.
– Descubriré quiénes son -dijo Monk, casi entre dientes-. Y lo demostraré… no ante Vida Hopgood o ante usted. ¡Lo daré a conocer a su maldita sociedad! ¡Veré cómo caen en desgracia!
Y dicho esto giró sobre sus talones y salió por la puerta.
Fuera había oscurecido y nevaba, aunque él apenas se dio cuenta. Su ira estaba demasiado encendida como para que el gélido viento pudiera templarla.
Capítulo 7
Rhys iba mejorando lentamente. El doctor Wade se mostró satisfecho con el estado de sus heridas externas. Salió de la habitación con aspecto grave, aunque no más que cuando Hester le había hecho pasar. Como siempre, había preferido efectuar la visita a solas. Habida cuenta de la ubicación de alguna de las heridas y del pudor natural de todo muchacho, era fácil comprenderlo. Hester no era para él una enfermera tan impersonal como lo había sido para otros hombres en los hospitales de Crimea. Allí había tantos que no había tenido tiempo de trabar amistad con ninguno, salvo en contadas situaciones límite. Para Rhys era mucho más que alguien que atendía sus necesidades. Pasaban horas juntos, le hablaba, le leía, a veces incluso reían. Conocía a sus familiares y amigos, como Arthur Kynaston, y ahora también a su hermano Duke, un joven que le resultaba menos simpático.