Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
– A veces el dolor nos coge por sorpresa. -Madeleine levantó la copa y la sostuvo con ambas manos, inclinándola levemente. Esta noche llevaba un caftán y pantalones de seda en verde oliva y el vino parecía color sangre sobre el fondo terroso. A Kincaid le pareció notar experiencia en su voz, pero no quiso preguntar qué tipo de pérdida había sufrido.
Después de probar el Stilton dijo:
– ¿Cree que Claire Gilbert llorará por su esposo?
Madeleine pensó un momento.
– Creo que Claire Gilbert lloró la muerte de Alastair Gilbert hace mucho tiempo, cuando descubrió que no era lo que ella había creído. -Detrás de ella, los animales de la granja parecían retozar por las cortinas bajo la luz titilante-. Y no creo que nunca dejara de llorar la muerte de Stephen. No tuvo tiempo de hacerlo cuando se casó con Alastair. Pero a menudo tomamos decisiones debido a la necesidad de las que más tarde nos arrepentimos.
– ¿Las ha tomado usted?
– Más de las que soy capaz de contar. -Madeleine sonrió-. Pero nunca porque el lobo estuviera a mi puerta, como en el caso de Claire. En lo financiero he sido afortunada. Mi familia vivía holgadamente y luego pasé de la universidad directamente a un trabajo bien pagado. -Separó una uva de su racimo con un delicado giro del pedúnculo-. ¿Y qué hay de usted, señor Kincaid? ¿Ha tomado decisiones de las cuales se ha arrepentido?
– Por la necesidad del momento -dijo en voz baja, haciéndose eco de las palabras de Madeleine. ¿Habría notado lo que lo preocupaba y lo había dirigido a esto, totalmente desprevenido?- Todo esto es rarísimo… Excepto que estoy empezando a pensar que nada que la concierna a usted es realmente… normal. Sí. Una vez tomé ese tipo de decisión y concernía a Alastair Gilbert.
– ¿Gilbert? -masculló Madeleine, atragantándose con el vino.
– Hace años, probablemente por la época en que Gilbert conoció a Claire. Estaba asistiendo a un curso de perfeccionamiento, justo después de haber sido ascendido a comisario, y él era el instructor. -Kincaid se detuvo y bebió un sorbo de su vino, preguntándose por qué había empezado esta historia y por qué se sentía obligado a continuar-. Teníamos un fin de semana libre en medio de un curso de dos semanas. La noche de domingo, justo cuando estaba a punto de irme a Hampshire de nuevo, mi esposa me dijo que necesitaba hablarme desesperadamente. -Hizo una pausa y se rascó la mejilla-. Tiene que comprender que eso era algo extraordinario en el caso de Vic. No era en absoluto el tipo de persona que hace una montaña de un grano de arena. Llamé a Gilbert para decirle que tenía una emergencia familiar y le pedí un poco de margen para volver. Él respondió que me echaría del curso. -Volvió a beber, tragándose la amargura que le subió por su garganta -. Creo que yo ya no le gustaba porque no le había hecho la pelota y yo no tenía suficiente experiencia entonces para saber que la amenaza era pura palabrería.
– ¿Y fue? -lo animó a seguir Madeleine.
Kincaid asintió.
– Y cuando volví a casa Vic se había ido. Por supuesto, ahora tengo suficiente experiencia como para saber que a largo plazo no hubiera influido. Ella quería que la eligiese a ella en lugar de mi trabajo. Y si me hubiese quedado aquel domingo, habría elegido otra ocasión para hacerme la misma prueba. Quizás cuando hubiera tenido un caso importante.
– Pero durante un tiempo necesité darle las culpas a alguien y Alastair Gilbert fue el perfecto chivo expiatorio. -Sonrió torciendo la boca y empezó a untar queso sobre una galleta.
Madeleine volvió a llenar su copa.
– No hace falta ser una luminaria para deducir que hay otros además de usted y los Genovase que tienen cuentas pendientes con Gilbert. ¿Cómo saben por dónde empezar?
– No lo sabemos. El tipo era como un maldito virus, infectaba todo aquello que tocaba. ¿Cómo vamos a rastrear cada contacto que hizo?
– Siento que aumenta su frustración -dijo Madeleine sonriendo-. Y ésa no era mi intención.
– Lo siento. -La miró con detenimiento mientras se concentraba disponiendo trozos de salmón sobre una galleta. Sentía curiosidad por esta mujer, pero no estaba seguro de cómo poner a prueba sus límites. Al cabo de un rato dijo, con prudencia-: Madeleine, ¿está alguna vez realmente cómoda con alguien?
– Ha habido muy pocas excepciones. -Suspiró-. Los necesitados son los peores, pienso, aquellos que constantemente te exigen atención para afirmar su derecho a existir. Son incluso más inquietantes que los enfadados.
– ¿Es así como ve a Geoff?
Negó con la cabeza y dijo:
– No. Geoff no es un embaucador -eso es lo que pienso de ellos- o si lo es, sólo obtiene seguridad de unos pocos. Su padre y quizás Lucy.
Kincaid pensó en la escena que había observado en el bar.
– Madeleine, ¿cómo cree que afectarían a un joven los abusos emocionales y quizás sexuales en sus respuestas al sexo?
– No soy psicóloga. -Mordió un pedazo de manzana verde.
– Pero es quizás más perspicaz que la mayoría. -La animó con una sonrisa.
– Si está hablando de Geoff, y teniendo en cuenta su historia, diría que sí, pienso que hay dos posibles caminos. O se convierte en abusador. O… -Mientras pensaba miró al vacío con el ceño fruncido-. Puede asociar el sexo con fracaso y abandono.
– De modo que nunca se arriesgaría con alguien que le importase.
– Yo no me fiaría demasiado. Esto es pura especulación de una amateur. -Apartó su plato, se acomodó en la silla y meció su copa de vino.
– Entonces hábleme con más detalle de lo que hace como profesional -dijo Kincaid y continuó picando-. ¿Trata lesiones mediante terapia de masajes?
– A veces. No es únicamente una técnica de relajación. Estimula el sistema linfático del cuerpo para que funciones de manera más eficaz y acelera el desecho de toxinas y la curación. -Madeleine habló con franqueza, casi con seriedad, y sin lo que Kincaid estaba empezando a reconocer como su capa auto-protectora de regocijo.
– Me fío de usted. Espero tenerla cerca si alguna vez necesito sus cuidados. Usted debe de haber sido una bendición para Claire cuando se lesionó. -Lo dijo de manera informal, esperando que Madeleine no notara la punzada de culpa que sintió por este abuso de su confianza.
– La clavícula le dolió mucho. Es sorprendente lo problemático que puede ser una rotura de clavícula. -Le sonrió con naturalidad.
A pesar de que iba en contra de sus inclinaciones, dejó pasar esta línea de investigación. Había otras fuentes de información y buscarla ahora no valía la pérdida de confianza de Madeleine.
– Yo me la rompí cuando era niño. Me caí de una silla, ¡a quién se le ocurre! Pero no lo recuerdo. Mi madre dice que me puse insoportable, que no quería llevar el brazo en cabestrillo.
Continuaron hablando y llenando sus copas con la segunda botella que abrió Madeleine. Él le explicó cosas de su niñez en Cheshire en las que no había pensado en años.
– Tuve suerte -dijo finalmente-. Mis padres eran cariñosos y crecí en un entorno seguro y estable donde se amaba el aprender por aprender. Veo tanto… tantos niños que nunca tienen la oportunidad. Y no sé si yo podría darle a un hijo mío lo que mis padres me dieron a mí. Este trabajo mío no es muy propicio para la vida familiar… pregúnteselo a mi ex esposa. -Trató de sonreír y miró la hora-. ¡Vaya! Cómo pasa el tiempo.
– ¿Volvería a hacer la misma elección, entre una relación y su trabajo?
Kincaid, con la copa a mitad de camino hacia su boca, la miró.
– Hay alguien, ¿no es así? -preguntó Madeleine y sus ojos sostuvieron la mirada de él.
Dejó la copa sin probar el vino.
– La había. Creía que la había. Pero ella ha cambiado de opinión.
– ¿Cómo se siente?
– Ya lo sabe -dijo con certeza.