Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
– Los dos sabemos que está moviendo mercancía de peso. Así que, ¿por qué no me dices dónde la guardas?
– No la tengo aquí. -Dixon extendió las manos-. En estos momentos no la tengo en ninguna parte. Ya se la he pasado a mis camellos.
– Toda no, amigo. No me hables como si fuera idiota, porque no lo soy.
– No la tengo.
– Ya. Acabas de vender un kilito a Cody y a Deon, ¿cuándo ha sido? ¿Hace un par de noches? ¿Tú, que suministras a media ciudad de camellos? No, no creo que ya no te quede nada. Te queda de sobra, calculo yo. De modo que me estás mintiendo, y eso no me gusta, Dominique.
– Oye, tío…
– Me parece que te dije que me llamaras señor Charles.
– Señor Charles. Vamos a llamar a Deon, que sabe cómo funciona lo mío. Él le dirá que muevo la mercancía muy deprisa.
– Deon no tiene nada que decir en esto.
– ¿Dónde está?
– No está aquí.
– Eso ya lo veo, pero…
– Lo que quiero decir es que no puede ayudarte.
Baker se acabó el whisky de un trago y dejó el vaso en la mesa de cristal con un sonoro golpe. A continuación se levantó del sillón de un salto y se situó detrás del mismo.
– Venga, levántate y ven aquí.
Dixon se incorporó muy despacio y fue con paso inseguro hasta donde estaba Baker. Éste se echó hacia atrás para hacerle sitio.
– Ahora vuélvete y ponte de cara al respaldo del sillón. Con las manos en los lados.
– ¿Para qué?
– Vamos.
Dixon obedeció. Asió el respaldo del sillón con las manos. Para ello tuvo que inclinarse hacia delante, y en aquel momento comprendió lo que estaba pasando, y dijo:
– No.
Baker extrajo una navaja del bolsillo derecho de su cazadora. Tenía un botón en el mango de imitación de nácar, y lo apretó. Al instante, de la empuñadura surgió una hoja. Dixon, al oír aquel sonido inconfundible, cerró los ojos. Baker, situado justo detrás de él, puso la hoja en el cuello de Dixon y la fue pasando delicadamente por aquella zona hasta que encontró el pulso de la arteria carótida. Entonces presionó un poco más, pero no rompió la piel.
– ¿Dónde está la marihuana? -dijo Baker.
Dixon no tenía ni saliva para hablar.
– Voy a ayudarte a que te encuentres la lengua, chico.
Con la mano que tenía libre, Baker abrió la hebilla del cinturón de Dixon y acto seguido le soltó el botón del pantalón. Después empujó el pantalón con brusquedad hasta que éste cayó al suelo, a la altura de los tobillos de Dixon. Éste se había quedado en calzoncillos, con las piernas al aire, flacas y temblorosas. Se le habían llenado los ojos de lágrimas.
Cody Kruger, que estaba al lado con la pistola colgando al costado, se puso pálido. Daba la impresión de haber perdido toda su bravuconería. Parecía muy joven.
Baker, sin apartar la navaja del cuello de Dixon, se acercó a éste y se apretó contra sus posaderas.
– Ahora estás un poco afectado, ¿verdad?-dijo Baker-. Pues verás, desde donde estoy yo, esto no es nada. Todo ese tiempo que he pasado en la cárcel fue una mierda. Para mí, tu culo es otro agujero más. Y lo mismo te digo de tu boca.
– Por favor -rogó Dixon. Empezó a caerle un colgajo de mocos de la nariz.
– Por favor, ¿qué? ¿Quieres que siga?
– Le diré dónde está.
Baker soltó una risita.
– ¿En serio?
– Está en una camioneta de color blanco que está aparcada al lado de mi coche. Las llaves las tengo en el bolsillo del pantalón, el izquierdo.
– Coge las llaves, Cody -ordenó Baker.
Kruger cogió las llaves, con cautela, del bolsillo de los pantalones arrugados alrededor de los tobillos de Dixon.
– Ya me encargo yo de esto, señor Charles -dijo. Parecía deseoso de salir del apartamento.
– Vete, pues -dijo Baker-. Coges tu coche y lo pones detrás de la camioneta. Todo lo que haya dentro lo cargas en el Honda. Y procura que no te vea nadie, ¿estamos?
– Sí.
– Cuando hayas acabado, me das un toque al móvil.
Una vez que Kruger se hubo marchado, Baker se quedó detrás de Dixon, apretado con fuerza contra él. Notaba cómo le temblaban los hombros.
– Llora, si lo necesitas -le dijo-. Es difícil descubrir quién es uno.
– Quiero sentarme.
– Muy bien -dijo Baker-. Pero todavía no hemos terminado.
Alex hizo el amor con Vicki al volver de la visita que hizo a los hermanos Monroe. Fue algo inesperado para los dos, ocurrió de pronto cuando Alex se metió en la cama matrimonial de ambos. Había contado con encontrar a su mujer dormida, como sucedía casi siempre cuando se acostaba; en cambio, estaba despierta y se volvió hacia él y acopló su cuerpo al de él como hacen marido y mujer, de manera cómoda y natural, al cabo de tantos años. Pasaron largo rato besándose y acariciándose, porque aquélla era la mejor parte para los dos, y finalizaron el acto cuando Vicki enroscó sus fuertes muslos alrededor de él, con los labios fríos, y uno y otro se corrieron en silencio en la oscuridad de la habitación.
Después hablaron de lo que había hecho Alex aquella tarde, ella con la cabeza apoyada en su pecho, él rodeándola con un brazo.
– ¿Estaba enfadado contigo?
– ¿El hermano mayor? No. Se mostró más bien indiferente. Ha pagado la deuda que contrajo y supongo que ya ha dejado de odiar. Dio la impresión de que mi presencia le daba igual, le parecía lo mismo. Está intentando superar todo lo que le ha ocurrido. No ha debido de resultarle fácil.
Aquello dio pie a un debate sobre Charles Baker y sobre el error que había cometido James al corregirle la carta.
– ¿Te preocupa ese tal Baker? -preguntó Vicki.
– No -contestó Alex. Era mentira.
– Pero ¿y si viene por aquí? Prometiste al hermano pequeño que no ibas a meter en esto a la policía.
– Yo no le he prometido nada -replicó Alex-. Además, no tiene sentido preocuparse de eso ahora.
Se estaba bien con Vicki, desnudos en la cama, conversando como hacía una temporada que no conversaban. Le habló de su tímido plan de entregar las riendas del negocio a Johnny, y ella se alegró y se abrazó a él con fuerza, y reconoció que ella también estaba asustada. Le preguntó qué iba a suceder después de que él dejase a su hijo el control de la cafetería.
– Aún soy joven -dijo Alex-. De verdad. Me quedan todavía otros veinte años de trabajo, puede que más. Esta vez no voy a hacer nada por obligación, sino por pasión.
– Pero ¿qué vas a hacer?
A oscuras, Alex fijó la vista en el techo, que tenía una tonalidad blanquecina a causa del resplandor de la luna que se filtraba por las persianas.
Una vez que Vicki se hubo dormido, Alex se levantó de la cama y se fue a la cocina, donde se sirvió una copa de vino tinto. Se lo llevó al cuarto de estar y se sentó en su sillón preferido. Su intención era quedarse allí sentado, con la copa de vino en las manos, y esperar a que llegara Johnny a casa. Volver al piso de arriba nada más oír el coche de Johnny en la entrada, para no avergonzarlo. Un joven de la edad de Johnny no necesitaba saber que su padre todavía se quedaba despierto por la noche, preocupado por su hijo.
Habiendo perdido ya un hijo, costaba trabajo permitir que el otro fuera autónomo. Pero sabía que tendría que permitirlo para que Vicki y él pudieran seguir adelante. La ventana se estaba cerrando. Conforme iban pasando los años, Alex tenía la sensación de que el tiempo avanzaba más deprisa. Deseaba librarse de aquello, del pellizco en el hombro que llevaba treinta y cinco años molestándolo. Y ahora parecía posible. Ahora quería librarse de ello y echar a correr hacia lo que viniera a continuación.
Se alegraba de que Ray Monroe hubiera acudido a su cafetería. Se alegraba de haber visto a James. En cierto modo, era como si las nubes se hubieran disipado, aunque sólo fuera un poco.
Pensó en los Monroe, en la conversación que habían tenido unas horas antes en el taller. Los temas típicos de que hablan los hombres, las canciones tarareadas, el ligero pique que se da siempre entre hermanos. Una expresión que había cruzado por el semblante de Ray Monroe.