Sin Retorno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
Cuando llegó a la escalera, encontró en ella a Kruger apuntando con la pistola a Dixon, que estaba de pie junto a la puerta de su apartamento con las manos en alto. Kruger tenía el rostro congestionado por la emoción, el acné se le había vuelto amarillo claro y resaltaba en contraste con el sonrosado de la piel. Dixon tenía la boca abierta y temblaba visiblemente. Baker subió hasta el rellano.
– Baja las manos, chico -dijo Baker-. Vamos adentro, rápido.
– ¿Para qué? -preguntó Dixon.
– No te he dicho que hables -replicó Baker-. Tú mete la llave.
Una vez que hubieron entrado, Baker cerró la puerta y se ocupó de echar el cerrojo. El apartamento era tal como él suponía y esperaba que fuera. Mobiliario un poco superior a lo que se compra en las grandes superficies, un televisor de gran tamaño montado igual que un cuadro en la pared, un bar portátil abastecido de toda clase de bebidas alcohólicas, un agitador de martinis, exprimidores y cortadores de fruta colocados sobre una encimera de cristal. Aquel complejo de viviendas ajardinadas mostraba una apariencia exterior corriente y casi ruinosa. En cambio Dixon había decorado su cueva con gran lujo.
Un traficante de marihuana que estuviera triunfando no hacía exhibición de nada. El Chrysler estaba bien pero no era de relumbrón, lo bastante chulo para atraer la atención de las hembras, pero no de la policía. Baker no le había visto a Dixon joyería cara en los dedos ni en las muñecas, ni tampoco en el cuello. Sí, Dominique Dixon era listo, y ello, más que impresionarlo, lo irritaba. ¿Por qué había tanta gente que supiera mucho mejor que él cómo hacer para triunfar? Podría haber preguntado cosas a aquellos tipos tan listos, haber aprendido algo, a lo mejor. Pero en vez de eso, sólo sentía el impulso irreprimible de joderlos.
– Sienta el puto culo ahí -dijo Baker señalando el sofá tapizado de rojo. Y a continuación le ordenó a Kruger-: Que no se mueva de ahí. Quiero echar un vistazo a la casa.
Baker le pasó a Kruger la llave del Honda y después tomó el pasillo para dirigirse a un dormitorio. En él había una cama muy grande con un sencillo cabecero rectangular detrás, y dos mesillas de noche a juego, todo tocando la moqueta y de diseño liso. También había una cómoda del mismo diseño que las mesillas y cuya madera era del mismo tono oscuro. Baker vio un ejemplar de Maxim en el suelo y otra revista claramente porno junto a la cama. De modo que al muchacho sí que le gustaban las mujeres. Pero ¿por qué se vestía y actuaba como una de ellas? Baker había pasado demasiado tiempo entre rejas, no entendía este mundo nuevo.
Hurgó en la cómoda de Dixon, introdujo la mano por debajo de los vaqueros y deshizo las bolas de calcetines. Encontró doscientos dólares en billetes de veinte entre los pliegues de los calzoncillos de Dixon y se los guardó. En una caja acolchada halló un reloj Omega de esfera azul y un anillo de ónice, y se metió ambas cosas en el otro bolsillo del pantalón. Después entró en el cuarto de baño, olfateó la colonia de Dixon, que olía a árboles, y se echó un poco por la cara. El envase tenía un bonito color verde, varonil, y examinó el tapón para ver si era hermético. Acto seguido se lo guardó en el bolsillo interior de su vieja cazadora de cuero color caramelo.
Por fin regresó por el pasillo, pensando: «Esto es lo que se siente cuando se tiene dinero.» Pero aún no estaba satisfecho ni había terminado.
Kruger seguía en el cuarto de estar, con el arma apuntada obedientemente a Dixon, que todavía estaba sentado en el sofá. A Baker le entraron ganas de echarse a reír al ver a Kruger sosteniendo la Glock de lado, como en aquellas peliculillas de poca monta, pero se contuvo, porque el chico era tan obediente que hasta llegaba a conmoverlo. Hacía mucho que nadie le hacía tanto caso como Kruger.
– ¿Había algo? -preguntó Kruger.
– No -repuso Baker-. Nada. No he encontrado ni un dólar.
Baker se acercó al bar sobre ruedas y examinó las botellas. No era muy dado a beber alcohol del fuerte, porque prefería el control que le proporcionaban los previsibles efectos de la cerveza. Pero la ocasión requería tomar alguna cosilla. Dejó a un lado una botella de vodka que tenía unos pajaritos blancos en la etiqueta y escogió un whisky escocés, Glen-no-sé-qué, de quince años. Con manos torpes, vertió unos cuantos dedos en un vaso y lo probó; sabía a humo y picaba un poco. Después se fue con él hasta un sillón colocado enfrente del sofá. Hacía juego con éste, tenía la misma tapicería roja, y se fijó en lo alto que era, y en que sería un buen sitio en el que situar al muchacho cuando hubiera que hablar de otra cosa.
– Bueno -empezó Baker, haciendo girar el whisky en el vaso-. Vamos a lo que nos ha traído aquí.
– No es justo -se quejó Dixon con rencor-. Me habéis obligado a entrar en mi propia casa a punta de pistola.
– Tú y yo nos llevaríamos mejor si no te las dieras tanto de importante y chuleta. Porque los dos sabemos que no eres de ésos. -Baker miró a Kruger-. Baja el arma, Cody. No la necesitamos. Eso creo, al menos. ¿Me equivoco, Dominique?
– ¿Qué queréis? -dijo Dixon, al que se le habían bajado todos los humos.
– Ahora voy a eso. Antes quiero contarte una historia. -Baker dio un buen trago al whisky y depositó el vaso sobre el cristal de la mesa que tenía delante-. Cuando estaba en Jessup, conocí a un montón de tíos de Baltimore. Lo que tienen allí es una clase de criminales distinta. No estoy diciendo que sean más violentos que los de D.C, sino simplemente diferentes. Porque hacen cosas de lo más antinatural con tal de conseguir lo que quieren. Conocí a un tipo que disparaba a sus víctimas con una pistolita del calibre veintidós. Les disparaba todas las veces en el mismo sitio, al lado de un hueso especial que tenemos en el cuello. Decía que así la oscuridad estaba garantizada. Había otro tío, un tal Nathan Williams, conocido como Nate el Negro, que se cargaba a los camellos haciendo restallar un látigo contra la acera. Estoy diciendo que aquel tío no llevaba ninguna arma de fuego, sólo un látigo. Lo llevaba arrollado en la cadera, igual que un pistolero la funda de la pistola. Los chavales que vendían en las esquinas abandonaban inmediatamente, dejaban los paquetes a sus pies. Así era Nate el Negro.
»Pero había uno que los barría a todos. Voy a llamarlo Júnior. Cuando Júnior era un adolescente se juntaba con raterillos, genios en el arte de mangar y salir corriendo que robaban a camellos de la droga. Con el tiempo, el resto de su equipo acabó mal o terminó yendo a la cárcel, de modo que decidió formar un equipo propio. Júnior sólo se dirigía a los grandes, nunca a los que trabajaban en la calle. Lo que quería era descubrir dónde estaba el dinero, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera por conseguir dicha información. Amenazar a un colega con matarlo no siempre salía bien, porque ellos saben que de todas maneras están muertos si delatan al banco o a su contacto. Y torturarlos es un asco y llama mucho la atención.
Así que Júnior se puso a sodomizar a hijoputas para hacerlos hablar. Sabes lo que significa esa palabra, ¿no, Dominique?
– Lo sé -respondió Dixon con un ligero temblor en la comisura del labio.
– Sí. A eso sí que reacciona un colega. Uno le dice que le va a robar la virilidad, y te contesta a cualquier pregunta que le hagas, puede pasarse así un día entero.
– ¿Qué es lo que quieres?
– Quiero tu inventario, tío. Quiero tu lista de clientes. Quiero tener todos estos lujos que tienes tú. No mereces seguir teniéndolos, porque yo soy más fuerte que tú. La ley de la selva, ¿no? Sé que conoces a Darvon.
Dixon afirmó con la cabeza. Conocía el nombre al que pretendía llegar Baker, pero no lo corrigió.