La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Por supuesto. Levántate.
Camille obedeció.
– Me aterras -dijo Robespierre. Luego se sentó en la mesa donde había estado escribiendo una carta, se quitó las gafas y se frotó los ojos-. Las metáforas son muy útiles -dijo-. Me gustan las metáforas. Las metáforas no matan a la gente.
– Me matan a mí. Si vuelvo a oír a alguien hablando de mares embravecidos o edificios que se desmoronan, me tiraré por la ventana. No lo soporto. El otro día me encontré a Laclos. Me sentía tan enojado que decidí hacer algo.
Robespierre cogió la pluma y añadió una frase a la carta.
– Temo que estallen motines civiles -dijo.
– ¿Por qué? Yo espero que así sea. A Mirabeau ya sabemos que le guían sus propios intereses, pero si tuviéramos un líder con un nombre intachable…
– No sé si existe un hombre así en la Asamblea.
– Tú -respondió Camille.
– ¿Eso crees? A Mirabeau le llaman «La Antorcha de Provenza». ¿Sabes cómo me llaman a mí?: «La Vela de Arras».
– Pero con el tiempo, Max…
– Sí, el tiempo todo lo arregla. Opinan que debería frecuentar la compañía de vizcondes y cultivar su retórica florida. Con el tiempo quizá lleguen a respetarme. Pero no quiero que me acepten con aire de benevolencia. No quiero promesas, ni cargos, ni comisiones, ni mancharme las manos de sangre. Me temo que no soy su hombre predestinado.
– ¿Pero no crees que en el fondo eres el hombre predestinado?
Robespierre examinó la carta que estaba escribiendo. Tenía que añadir una posdata.
– No más que tú -contestó.
Domingo, 12 de julio: son las cinco de la mañana.
– No existen respuestas a esas preguntas, amigo Camille -dijo D’Anton.
– ¿No?
– No. Mira, ha amanecido. Un día más. Lo has conseguido.
Camille insistió en sus preguntas:
– Supongamos que consigo a Lucile, ¿cómo voy a seguir sin Annette? ¿Por qué no he logrado nunca nada, ni una sola cosa? ¿Por qué se niegan a publicar mi panfleto? ¿Por qué me odia mi padre?
– De acuerdo -contestó D’Anton-. Te responderé brevemente. ¿Por qué has de seguir con Annette? ¿Acaso pretendes acostarte con las dos? Supongo que eres capaz de hacerlo. No sería la primera vez que ocurre en la historia del mundo.
– Parece que nada te escandaliza -dijo Camille.
– ¿Me dejas continuar? Nunca has conseguido nada porque siempre estás en posición horizontal. Quiero decir que nunca estás en el lugar apropiado en el momento indicado. La gente dice que eres muy distraído, pero yo sé la verdad. Empiezas el día lleno de buenas intenciones, pero de pronto te encuentras con alguien y te vas a la cama con esa persona.
– Y así malgasto los días -contestó Camille-. Tienes razón.
– ¿Qué clase de fundamento para una carrera…? Déjalo, no importa. ¿Por dónde iba? Se niegan a publicar tu panfleto porque no es el momento adecuado. En cuanto a tu padre, no te odia, probablemente te quiere mucho, lo mismo que yo y otras personas. Me agotas, Camille.
El viernes, D’Anton había pasado todo el día en los tribunales, y el sábado había trabajado sin parar. Estaba extenuado.
– Hazme un favor -dijo, levantándose y acercándose a la ventana-. Si decides suicidarte déjalo para el miércoles, cuando haya concluido el caso que llevo entre manos.
– Regreso a Versalles -respondió Camille-. Tengo que hablar con Mirabeau.
– Es un infeliz -dijo D’Anton, bostezando-. Va a hacer un calor sofocante.
Al abrir los postigos, la luz inundó la habitación.
El problema de Camille no era permanecer despierto sino recoger sus efectos personales. Hacía algún tiempo que se había mudado. Se preguntaba si D’Anton era capaz de comprender sus problemas. Cuando uno se presenta de improviso en un sitio donde ha vivido antes, es muy difícil decir a los actuales ocupantes: «Quítenme las manos de encima. Sólo vengo a recoger una muda.» No te creen. Piensan que es un pretexto.
Además, Camille siempre anda de un lado para el otro. El viaje de París a Versalles suele llevar tres horas. Pese a sus problemas, ha llegado a casa de Mirabeau a la hora en que las personas normales están desayunando. Después de afeitarse, peinarse y cambiarse de ropa, ofrecía el aspecto de un joven y modesto abogado que espera ser recibido por el gran hombre.
Al abrirle la puerta, Teutch puso los ojos en blanco y dijo:
– Han formado un nuevo gabinete. Y él no está incluido.
Mirabeau se paseaba por la habitación como un tigre enjaulado.
– ¡Por fin has llegado! -exclamó al ver a Camille-. ¿Has estado follando con Philippe?
La habitación estaba atestada de gente con expresión de enojo y preocupación. El diputado Pétion apoyó una sudorosa mano en su hombro y dijo:
– Tiene buen aspecto, Camille. Yo me he pasado la noche en vela. ¿Sabe que han destituido a Necker? El nuevo gabinete se reúne esta mañana, si consiguen hallar a un ministro de Finanzas. Tres personas han rechazado el cargo. Necker es muy popular, esta vez han metido la pata.
– ¿Cree que María Antonieta tiene la culpa?
– Eso dicen. Algunos de los diputados que están aquí temen ser arrestados.
– Los arrestos se producirán más tarde.
– Creo que algunos de nosotros deberíamos ir a París -dijo Pétion-. ¿No está de acuerdo, Mirabeau?
Mirabeau lo miró enfurecido por haberlo interrumpido en medio de una frase.
– Sí, hágalo -contestó, fingiendo haber olvidado el nombre de Pétion.
En cuanto llegue la noticia al Palais-Royal…, pensó Camille. Se dirigió hacia el conde y dijo:
– Debo irme, Gabriel.
Mirabeau lo agarró del brazo, sonriendo, y le apartó el pelo de la cara de un manotazo. Uno de sus anillos le rozó el labio inferior.
– Maître Desmoulins quiere asistir a una pequeña revuelta. Es domingo por la mañana, Camille, ¿por qué no has ido a misa?
Camille abandonó la habitación y bajó apresuradamente la escalera. Al llegar a la calle se giró y vio a Teutch corriendo tras él.
– ¿Acaso me envía el conde algún consejo? -le preguntó.
– Sí, pero ahora no me acuerdo -respondió Teutch-. Ah, sí, dice que procure que no lo maten.
Son casi las tres cuando la noticia de la destitución de Necker alcanza el Palais-Royal. La reputación del financiero suizo se ha ido construyendo con gran diligencia, sobre todo durante la última semana, cuando su caída parecía inminente.
Todo el populacho parece haberse volcado en las calles y las plazas, bajo el sofocante calor, avanzando hacia los jardines públicos con sus hermosas avenidas llenas de castaños y conexiones orleanistas. El precio del pan acaba de subir nuevamente. Las tropas extranjeras han acampado en las afueras de la ciudad. Los guardias franceses han desertado de sus puestos para defender sus intereses como trabajadores. Los agitadores clandestinos han salido a la luz; sus anémicos rostros están marcados por imágenes nocturnas de ahorcamientos, u otras soluciones últimas. El sol reluce implacablemente, como un hirviente ojo tropical.
Bajo ese ojo se derrama vino, los ánimos se inflaman y estallan. Han acudido todos, peluqueros y oficinistas, aprendices, pequeños tenderos, cerveceros, pañeros, curtidores y porteros, afiladores, cocheros y prostitutas, los restos de Titonville. La muchedumbre se desplaza hacia adelante y hacia atrás, impulsada por los rumores y el nerviosismo, regresando siempre al mismo lugar. Comienzan a sonar las campanadas del reloj.
Hasta ahora esto ha sido una broma, un deporte violento, un combate pugilístico. La multitud está llena de mujeres y niños. Las calles apestan. ¿Por qué tiene el tribunal que esperar a que se verifique el proceso político? Los soldados alemanes de caballería podrían conducir al populacho por estrechos callejones y matarlos como si fueran cerdos. ¿Por qué tienen que esperar de brazos cruzados a que suceda eso? ¿Se atreverá el Rey a profanar el domingo? Mañana es fiesta, la gente puede morir de muerte natural. El reloj da las tres. Es la hora de la crucifixión, como todos sabemos. Estaba escrito que un hombre moriría por todos nosotros, y en 1757, antes de que naciéramos, un hombre llamado Damiens atacó al Rey con una navaja. La gente todavía habla de su ejecución, un día de gritos y aclamaciones, una fiesta de tormento. Han pasado treinta y dos años, y ahora han aparecido los alumnos del verdugo, dispuestos a organizar otro sangriento festejo.