El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– ¿Y ese asunto que mencionaste, el viaje a Belfast?
– Todo resuelto. Y todos los sistemas en marcha, Josef.
– ¿Cuándo será?
– El gabinete de Guerra se reúne a las diez de la mañana en Downing Street. Entonces daremos el golpe.
– Pero ¿cómo?
– Ya lo leerás en los periódicos. Lo que importa ahora es que le digas a Michael Aroun que vuele a su refugio de St. Denis mañana por la mañana. Tengo previsto llegar por la tarde, no sé a qué hora.
– ¿Tan pronto?
– No supondrás que voy a entretenerme por aquí, ¿verdad? ¿Tú qué harás, Josef?
– Creo que lo mejor sería acompañar a Aroun y a Rashid en el vuelo de París a St. Denis.
– Bien. Hasta la vista, pues, y no dejes de recordarle a Aroun lo del segundo millón.
Dillon colgó, encendió un cigarrillo y luego volvió a descolgar para llamar al campo de aviación de Grimethorpe. Al cabo de un rato logró la comunicación.
– Bill Grant aquí -parecía algo embriagado.
– Soy Peter Hilton, señor Grant.
– ¡Ah, sí! -dijo Grant-. ¿En qué puedo servirle?
– Esa excursión a Land's End que teníamos prevista. Será mañana, creo.
– ¿A qué hora?
– Si pudiera tener la máquina preparada a partir de mediodía, ¿le parece bien?
– Siempre y cuando no arrecie la nevada. Si cuaja mucho podría crearnos dificultades.
Grant colgó despacio, alargó la mano para hacerse con la botella de whisky escocés y se sirvió un generoso trago. Luego abrió el cajón de la mesa. Tenía allí un viejo revólver Webley de reglamento, con una caja de munición del 38. Lo largó y lo devolvió al cajón.
– Muy bien, señor Hilton. Pronto sabremos lo que se trae usted entre manos -y apuró el whisky de un trago.
– ¿Que si conozco a Jack Harvey? -se echó a reír Harry Flood, sentado detrás de su escritorio, y luego se volvió hacia Mordecai Fletcher-. ¿Le conocemos, Mordecai?
El gigantón miró sonriendo a Brosnan y a Mary, que estaban de pie delante de ellos, con los abrigos puestos.
– Sí, creo que podría decirse que conocemos bastante bien al señor Harvey.
– Sentaos, por el amor de Dios, y contadme qué ha pasado en Belfast -dijo Flood.
Se pusieron cómodos y Mary hizo un rápido resumen de todo el asunto. Por último preguntó:
– ¿Cree posible que Harvey fuese proveedor de armas para Dillon allá por el ochenta y uno?
– Viniendo de Jack Harvey nada me sorprende. Él y su sobrina Myra dirigen un pequeño imperio muy bien organizado y que comprende toda clase de actividades delictivas: mujeres, drogas, atracos a mano armada y a gran escala, lo que usted quiera. Aunque…, ¿armas para el IRA? -se volvió hacia Mordecai-. ¿Tú qué opinas?
– Sería capaz de desenterrar la momia de su abuela para venderla, si creyera que iba a ganar algo con eso -dijo.
– Muy justo -Flood se volvió hacia Mary-. Ahí tiene la contestación.
– Bien, y si Dillon recurrió a Harvey en el ochenta y uno, cabe la posibilidad de que lo haga otra vez.
Flood objetó:
– Con lo que contáis no hay suficiente para que la policía empapele a Harry. Saldría por la puerta grande.
– Imagino que el profesor estará pensando algún planteamiento más sutil para hacer cantar a ese bastardo -dijo Mordecai, al tiempo que descargaba el puño derecho contra la palma izquierda.
Mary miró a Brosnan, quien se encogió de hombros.
– Si no sugieres tú otra cosa,… De individuos como Harvey no se consigue nada con amabilidades.
– Tengo una idea -ofreció Harry Flood-. Últimamente Harvey anda muy empeñado en querer formar sociedad conmigo. ¿Y si le pidiera una reunión para comentar el asunto?
– Espléndido -dijo Brosnan-. Pero que sea cuanto antes. No tenemos tiempo que perder, Harry.
Cuando llamó Flood, Myra estaba sentada tras el escritorio de su tío, repasando las cuentas de sus salas de espectáculos.
– Hola, Harry. Qué sorpresa tan agradable.
– Esperaba poder hablar con Jack.
– Imposible, está en Manchester asistiendo a una reunión de no sé qué club social de la comarca.
– ¿Cuándo volverá?
– Temprano. Tiene quehacer aquí durante la mañana, así que madrugará para coger el puente aéreo de las siete y media en Manchester.
– ¿Así que estará aquí sobre las nueve?
– Más bien a las nueve y media, por lo cargada que está la circulación para entrar en Londres. Pero oye, Harry, ¿a qué viene todo esto?
– Estaba pensando, Myra, que a lo mejor he sido un poco estúpido. En lo de la sociedad, quiero decir. Puede que Jack tenga razón. Juntos podríamos hacer muchas cosas.
– Estoy segura de que le agradará saberlo -dijo Myra.
– Iré a veros con mi contable, mañana por la mañana a las nueve treinta en punto -añadió Flood, y colgó.
Myra se quedó un rato contemplando el teléfono, luego lo descolgó, llamó al hotel Midland de Manchester y preguntó por su tío. Jack Harvey, con mucho champaña y más de una copa de aguardiente en el cuerpo, estaba de excelente humor cuando descolgó el aparato en la recepción del hotel.
– Myra, cariño, ¿qué pasa? ¿Hay fuego o se ha producido una aglomeración de difuntos?
– Más interesante aún. Acaba de telefonear Harry Flood.
Le contó lo ocurrido, y Harvey se serenó al instante.
– ¿Así que quiere vernos a las nueve y media?
– Exacto. ¿Qué te parece?
– Creo que todo es mentira. ¿Por qué iba a cambiar de opinión, así de repente? A primera vista no me agrada.
– ¿Le llamo para cancelar la reunión?
– No, no, al contrario. Nos reuniremos, sólo que vamos a tomar nuestras precauciones, eso es todo.
– Escucha -dijo ella-. También llamó el tal Hilton, o como se llame, y reclamó su mercancía. Luego se pasó por aquí, pagó al contado y se la llevó. ¿Hice bien?
– Buena chica. Por lo que concierne a Flood, asegúrate de prepararlo todo por si fuese necesario hacerle un buen recibimiento, ¿me entiendes?
– Creo que sí, Jack, creo que sí.
– Nos veremos delante de la compañía de pompas fúnebres de Harvey un poco antes de las nueve y media. Me acompañará Mordecai, y usted puede hacerse pasar por mi contable -dijo Harry Flood dirigiéndose a Martin Brosnan.
– ¿Y yo qué hago? -preguntó Mary.
– Ya lo veremos.
Brosnan se puso en pie y se acercó a la puertaventana que miraba al río.
– Me gustaría saber qué estará haciendo ahora ese bastardo -añadió.
– Mañana, Martin -le contestó Flood-. El que sabe esperar se lleva el gato al agua.
Alrededor de la medianoche Billy estacionó la BMW en el patio trasero del local de Whitechapel y entró. Subió con fatiga las escaleras hasta el apartamento de Myra. Ella le oyó y fue a abrir en camisa de noche transparente, desnuda al contraluz.
– Hola, cielito. Lo conseguiste.
– Estoy congelado -replicó Billy.
Ella le hizo pasar, lo sentó en un sillón y empezó a descorrer cremalleras para quitarle las prendas de cuero.
– ¿Adónde ha ido?
Él alargó la mano hacia la botella de brandy, se sirvió una buena ración y la apuró de un trago.
– Como a una hora de Londres nada más, Myra, pero es una aldea perdida donde Cristo dio las tres voces.
A continuación lo explicó todo: Dorking, la carretera de Horsham, Grimethorpe, Doxley y Cadge End Farm.
– Estupendo, cielito. Lo que necesitas ahora es un buen baño caliente.
Pasó al cuarto de baño y abrió los grifos. Cuando regresó a la sala de estar Billy se había dormido en el sofá, con las piernas abiertas. Ella suspiró, fue a buscar una manta para taparlo y luego se acostó.
Makeiev llamó a la puerta del piso de la avenida Victor Hugo y Rashid le abrió.