El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– Pues peor para usted. Ocúpate de ella, Charlie -ordenó Flood a Salter, y se encaminó hacia la puerta, donde Mordecai llamaba ya al timbre.
El portero los recibió con modales obsequiosos.
– Buenos días, señor Flood. El señor Harvey les presenta sus excusas y les ruega que pasen a la sala de espera unos minutos. Está en camino, procedente de Heathrow.
– Muy bien -dijo Flood, siguiendo al cancerbero.
La sala de espera tenía una decoración discreta, con sillones de cuero negro y moqueta y empapelado de colores también oscuros. Unos falsos candelabros daban una tenue claridad, y se oía a través de un sistema de altavoces empotrados una música adecuada a la naturaleza del establecimiento.
– ¿Qué opinas? -preguntó Brosnan.
– Que está en camino, procedente de Heathrow -dijo Flood-. No nos pongamos nerviosos.
Mordecai escrutaba la entrada y luego curioseó en una de las capillas.
– ¡Flores! Es lo que más me molesta de estos establecimientos. Siempre he asociado las flores con la muerte.
– Lo recordaré cuando te toque la vez: no se admiten coronas -bromeó Flood.
Eran aproximadamente las nueve y cuarenta minutos cuando la Ford Transit se subió en una acera del Victoria Embankment. Fahy tenía las manos sudorosas. Por el retrovisor vio que Dillon detenía la BSA en la acera y se acercaba para asomarse a la ventanilla.
– ¿Va todo bien?
– De primera, Sean.
– Nos quedaremos aquí mientras sea posible. Un cuarto de hora sería lo ideal. Si se acerca un guardia de la circulación limítate a salir de frente y yo te seguiré. Seguiremos por el muelle poco menos de un kilómetro y luego damos la vuelta.
– De acuerdo, Sean -dijo Fahy, castañeteándole los dientes.
Dillon sacó un paquete de cigarrillos, se puso dos en los labios, los encendió y pasó uno a Fahy.
– Sólo para que veas que soy un loco romántico -y soltó una carcajada.
Cuando Harry Flood, Brosnan y Mordecai pasaron al antedespacho, Myra les aguardaba. Lucía su traje pantalón negro y las botas, y llevaba un legajo de documentos en la mano.
– Pareces muy ocupada, Myra -le dijo Flood.
– Así es, Harry. Yo me encargo de todo aquí -le besó en la mejilla y saludó con un ademán a Mordecai-. Hola, músculos.
Luego se volvió hacia Brosnan:
– ¿Y ése quién es?
– Mi nuevo contable, el señor Smith.
– ¿De veras? Jack os espera -los invitó a pasar, al tiempo que abría la puerta del despacho y los precedía.
En la chimenea chisporroteaba un buen fuego y el ambiente estaba caldeado y confortable. Harvey, sentado tras su escritorio, fumaba su acostumbrado puro. A la izquierda, sentado en el brazo de un sofá, se había situado Billy, con la gabardina doblada sobre una rodilla.
– Hola, Jack -dijo Harry Flood-. Me alegro de verte.
– ¿Realmente? -dijo Harvey, mirando a Brosnan-. ¿Y ése quién es?
– Es el nuevo contable de Harry, tío Jack -rodeó el escritorio Myra, quedándose de pie a espaldas de su tío-. El señor Smith.
– Nunca había visto a un contable con el aspecto del señor Smith; ¿y tú, Myra? -meneó la cabeza Harvey, y luego se volvió hacia Flood-. El tiempo es oro, Harry. ¿Qué te trae por aquí?
– Dillon -dijo Harry Flood-. Sean Dillon.
– ¿Dillon? -puso cara de total extrañeza Harvey-. ¿Y quién diablos es Dillon?
– Un tipo bajito -dijo Brosnan-. Irlandés, aunque sabe hacerse pasar por lo que él quiera. Usted le vendió armas y explosivos en mil novecientos ochenta y uno.
– Estuvo muy feo eso por tu parte, Jack -dijo Harry Flood-. Dillon hizo volar manzanas enteras de Londres, y sospechamos que ahora vuelve a las andadas.
– Y ¿a quién habrá recurrido para equiparse, si no a su viejo compinche Jack Harvey? -dijo Brosnan-. Parece lógico, ¿no?
Myra apretó los dedos sobre el hombro de su tío y Harvey, con el rostro encendido, dijo:
– ¡Billy!
Flood alzó una mano.
– Iba a decir que si es una escopeta recortada lo que esconde bajo la gabardina, será mejor que la tenga amartillada.
Billy disparó al instante a través de la gabardina y le acertó en el muslo izquierdo a Mordecai cuando el gigante se disponía a sacar la pistola. En rápido movimiento, Flood sacó la mano del bolsillo empuñando la Walther y le pegó a Billy un tiro en el pecho, derribándolo sobre el respaldo del sofá. Al mismo tiempo se disparó el otro cañón de la escopeta y Flood recibió parte de la perdigonada en el brazo izquierdo.
Jack Harvey abrió el cajón del escritorio y su mano apareció empuñando un revólver Smith & Wesson, pero Brosnan le disparó en el hombro con toda intención. Hubo unos instantes de caos; la habitación se llenó de humo y olor a cordita.
Myra se inclinó sobre su tío, que estaba derrumbado en el sillón, gimiendo. La sobrina gritó con furor, aunque su rostro no expresaba ningún temor:
– ¡Cabrones!
Flood se volvió hacia Mordecai.
– ¿Estás bien?
– Lo estaré cuando el doctor Aziz se haya ocupado de mí, Harry. Ese pequeño bastardo estuvo muy rápido.
Flood, sin soltar la Walther, se sujetó el brazo izquierdo y la sangre goteó entre sus dedos. Miró a Brosnan.
– Acabemos con eso.
En dos pasos se acercó al escritorio y alzó la Walther apuntando a Harvey.
– Te voy a dar entre los ojos si no nos cuentas lo que queremos saber. ¿Qué hay de Sean Dillon?
– ¡Que te parta un rayo!- replicó Jack Harvey.
Flood bajó un momento la Walther y luego apuntó con intención, a lo que Myra gritó:
– ¡No! Por favor, dejadle en paz. El hombre al que buscáis se hace llamar Peter Hilton. Es el mismo que hizo tratos con tío Jack en el ochenta y uno, y que entonces usaba el nombre de Michael Coogan.
– ¿A qué ha venido?
– Compró cincuenta libras de Semtex. Anoche las recogió y pagó al contado. Hice que Billy le siguiera por ahí con la BMW.
– ¿Y dónde dices que está?
– Aquí -les pasó un papel que tenía sobre el escritorio-. Lo había anotado todo para Jack.
Flood ojeó el papel y se lo pasó a Brosnan, sonriendo pese al dolor de la herida:
– Cadge End Farm, Martin. Parece prometedor. Vámonos de aquí.
Se volvió hacia la salida y Mordecai le siguió, arrastrando la pierna herida y goteando sangre. Myra se acercó a Billy, que empezaba a gemir en voz alta; luego se volvió y dijo en tono áspero:
– Me las pagaréis por esto.
– Nada de eso, Myra -replicó, Harry Flood-. Si tienes dos dedos de frente lo archivarás a título de experiencia. ¡Ah!, y no dejes de llamar a un médico de confianza.
Dicho lo cual se volvió y salió, seguido por Brosnan.
Faltaba poco para las diez cuando se subieron en el Mercedes, y Charlie Salter dijo:
– Por Dios, Harry, vais a poner el coche todo perdido de sangre.
– Tú conduce, Charlie. Ya sabes adónde tienes que ir.
Mary preguntó, ceñuda:
– ¿Qué ha ocurrido ahí dentro?
– Esto ha ocurrido -Brosnan le mostró el papel con las señas de Cadge End Farm.
Mary lo leyó y exclamó:
– ¡Dios mío! Será mejor que llame al brigadier.
– Nada de eso -dijo Flood-. Me figuro que ahora es asunto nuestro, después del jaleo que se ha armado y de haber puesto en juego nuestro propio pellejo, ¿no te parece, Martin?
– Desde luego que sí.
– Así que vamos a pasarnos por esa discreta residencia que tiene mi buen amigo el doctor Aziz en Wapping, para que remiende a Mordecai y le eche una ojeada a mi brazo. Luego nos vamos a Cadge End.
Cuando Fahy se sumó a la corriente de la circulación procedente del muelle Victoria, para entrar en la avenida Horse Guards delante del edificio del Ministerio de Defensa, sudaba a pesar del frío. Debido a la intensidad del tráfico rodado la calzada estaba limpia de la nieve que, en cambio, se acumulaba sobre las aceras, los árboles y los edificios a ambos lados. A través del retrovisor veía a Dillon, siniestro en su traje de cuero negro sobre la BSA. Era la hora de la verdad y todo se desarrolló en un abrir y cerrar de ojos.