El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– Vas a escribir historia con esto, Sean -murmuró en voz baja-. ¡Historia!
Cerró los ojos y al poco se quedó dormido.
Durante la noche volvió a nevar y con la última campanada de las siete, Fahy salió por el sendero para ver cómo estaba la carretera. Cuando regresó vio que Dillon estaba en la puerta de la granja, comiéndose un bocadillo y con un tazón de té en la otra mano.
– No sé cómo lo consigues -comentó Fahy-. Yo no sería capaz de tragar bocado, o lo devolvería todo.
– ¿Tienes miedo, Danny?
– Muerto de miedo es lo que estoy.
– Eso es bueno. Aguza tus sentidos y te pone alerta. Puede suponer toda la diferencia.
Cruzaron hacia las cuadras y se detuvieron junto a la Ford Transit.
– Está a punto como nunca lo ha estado -le anunció Fahy.
Dillon apoyó una mano en su hombro.
– Has hecho maravillas, Danny, ¡maravillas!
Angel apareció a sus espaldas, completamente vestida para salir con sus pantalones raídos, las botas, el anorak, el suéter y la gorra de lana.
– ¿Nos vamos?
– En seguida -dijo Dillon-. Antes debemos meter la BSA en la furgoneta.
Abrieron las puertas traseras de la Morris, colocaron una plataforma de madera en plano inclinado y empujaron la motocicleta hasta meterla. Dillon la montó en el trípode y Fahy entró la plataforma. Luego le pasó un casco. -Para ti. Yo tengo otro en la Ford -titubeó antes de agregar-: ¿Vas armado, Sean?
Dillon le mostró la Beretta que portaba debajo de la cazadora.
– ¿Y tú?
– Jesús! Ya sabes que aborrezco las pistolas, Sean.
Dillon se guardó de nuevo la Beretta y subió la cremallera. Luego cerró las puertas de la furgoneta y se volvió. -¿Todos contentos?
– ¿Estamos listos para salir? -preguntó Angel.
Dillon consultó su reloj.
– Aún no es hora. Creo que podríamos salir a las ocho. No conviene anticiparse demasiado. Vamos a tomar otra taza de té.
Cruzaron hacia la casa y Angel puso el agua a calentar. Dillon encendió un cigarrillo y se apoyó en el fregadero, contemplándola.
– ¿Es que no tienes nervios? -preguntó ella-. A mí me late el corazón a cien por hora.
Fahy llamó desde la sala de estar.
– Ven a ver esto, Sean.
Dillon se acercó. Desde un rincón, el televisor mostraba con las primeras noticias de la mañana la nevada que había caído sobre Londres durante la noche. Los árboles de las plazas, las estatuas, los monumentos, estaban revestidos de un manto blanco, y lo mismo muchas aceras.
– ¡Malo! -comentó Fahy.
– Deja de preocuparte. Las calzadas estarán limpias -dijo Dillon mientras Angel entraba con la bandeja-. Un buen tazón de té, Danny, bien cargado de azúcar para darte energía, y luego nos vamos.
En el piso de Lowndes Square, Brosnan estaba en la cocina preparando unos huevos pasados por agua y vigilando la tostadora cuando sonó el teléfono. Mary fue a descolgar y al cabo de un instante entró.
– Es Harry, quiere decirte unas palabras.
Brosnan tomó el aparato.
– ¿Cómo estás?
– Estupendamente, amigo. Era sólo para avisaros de que salimos en seguida.
– ¿Cómo vamos a llevar el asunto?
– No habrá más remedio que improvisar, aunque quizá tendremos que ponernos un poco violentos.
– Eso pensaba yo -dijo Brosnan.
– ¿Me equivoco al suponer que eso le creará alguna dificultad a Mary?
– Temo que así es.
– Pues entonces, que no entre ella. Cuando estemos allí veré lo que hacemos. Déjamelo a mí. Hasta luego.
Brosnan colgó y regresó a la cocina, donde Mary estaba disponiendo los huevos y las tostadas, y sirviendo el té.
– ¿Qué ha dicho? -preguntó ella.
– Nada de particular. Nos preguntábamos cuál sería la mejor manera de actuar.
– Supongo que tú opinas que lo mejor sería darle a Harvey en la cresta con un bastón muy pesado.
– Algo por el estilo.
– ¿Y por qué no aplicarle tornillos en los pulgares? -¿Por qué no, en efecto? -Alcanzó una tostada-. Si resulta necesario…
Aquella mañana la circulación avanzaba muy lenta en la carretera de Horsham a Dorking y hasta Londres, debido al estado de la calzada. Angel y Dillon iban delante en la Morris y Fahy los seguía de cerca en la Ford Transit. La tensión de la muchacha era visible; tenía los nudillos blancos sobre el volante, pero conducía muy bien de todas maneras. Pasaron Epsom, luego Kingston y cruzaron el Támesis por Putney Bridge. Eran ya las nueve y cuarto cuando enfilaron Bayswater Road en dirección al hotel.
– Ahí enfrente tienes el supermercado -dijo Dillon-. Al lado está la entrada del estacionamiento.
Ella giró el volante, metió la primera y entró a paso de hormiga en el estacionamiento, que estaba ya bastante lleno.
– Allá al fondo hay sitio -dijo Dillon-. Nos conviene.
Estaba junto a un gigantesco remolque cubierto con un plástico, sobre el que se había acumulado la nieve. Ella condujo la camioneta hacia el costado más oculto y Fahy estacionó la suya al lado. Dillon se apeó de un salto, se puso el casco de motorista y fue a abrir las puertas traseras. Colocó la plataforma en posición y sacó la BSA con ayuda de Angel. Mientras él se colocaba a horcajadas en el sillín, ella metió la plataforma y cenó las puertas. Dillon dio el contacto y el motor de la BSA arrancó al instante, con poderoso ronquido. Consultó el reloj. Las nueve y veinte. Descansó la máquina sobre la pata de cabra y se acercó a la Ford, donde estaba Fahy.
– Recordad que la sincronización es esencial. No podemos dar demasiadas vueltas alrededor de Whitehall porque si se fija alguien parecerá sospechoso. Si llegamos demasiado pronto, procura ganar tiempo en el muelle Victoria. Finges una avería, y yo me detendré como para ayudarte. Pero desde el muelle Victoria hasta la avenida Horse Guards esquina con Whitehall no podemos tardar más de un minuto, no lo olvides.
– ¡Jesús, Sean! -Fahy parecía aterrorizado.
– Tranquilo, Danny, tranquilo -le pidió Dillon-. Todo saldrá bien, ya lo verás. Ahora, ¡en marcha!
Volvió a montar en la BSA y Angel dijo:
– Anoche recé por ti, Sean.
– Siendo así, no podemos fallar. Hasta pronto -y arrancó la moto maniobrando para colocarse detrás de la Ford Transit.
13
Harry Flood y Mordecai aguardaban sentados en el Mercedes, conducido por Salter. Un taxi se detuvo frente a la funeraria de Whitechapel y se apearon Brosnan y Mary, que caminaron con precaución sobre la nieve que recubría la acera. Flood les abrió la puerta del coche y consultó el reloj.
– Faltan segundos para las nueve y media. Entremos.
Se sacó una Walther del interior de la americana y accionó la corredera.
– ¿Necesitas algo, Martin? -preguntó.
– No sería mala idea -asintió Brosnan.
Mordecai abrió la guantera, sacó una Browning y la pasó por encima del respaldo.
– ¿Le parece bien, profesor?
Mary exclamó:
– ¡Por el amor de Dios! ¡Ni que nos dispusiéramos a comenzar la tercera guerra mundial!
– Tal vez se trata de evitarla -dijo Brosnan-. ¿A que no habías pensado en eso?
– Vamos allá -dijo Flood al tiempo que se apeaba del coche, Brosnan le imitó y Mordecai salió por el otro lado. Cuando Mary quiso hacer lo mismo, Flood le dijo:
– Aquí no, querida. Le dije a Myra que acudiría acompañado por mi contable y eso explicará la presencia de Martin. En cuanto a Mordecai, siempre viene conmigo. Es lo que ellos esperan ver.
– Espere un momento -dijo ella-. Yo soy la autoridad encargada del caso, la representante oficial del ministerio.