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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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Aunque se había encaminado al aeropuerto, Dillon no tenía ninguna intención de tomar el vuelo de Londres. Habría podido intentarlo, pero se dijo que era una locura, desde el momento en que disponía de otras alternativas. Eran poco después de las tres cuando se volvió hacia el mostrador de salidas. Acababa de perder el vuelo de Manchester, pero el de Glasgow, anunciado para las tres y cuarto, salía con retraso.

Se acercó al mostrador e interpeló a la azafata:

– Esperaba atrapar el vuelo a Glasgow, pero he llegado tarde. Ahora veo que tiene retraso.

Ella tecleó en su terminal y contempló la pantalla.

– Sí, media hora de retraso, señor, y sobran plazas. ¿Quiere tomar pasaje?

– Desde luego que sí -aceptó él en tono de agradecimiento, y sacó el dinero de la cartera mientras ella extendía el billete.

Allí no había ningún control especial, y por otra parte el contenido de su portafolios era totalmente inocuo. Los pasajeros habían sido llamados a bordo ya, por lo que se encaminó derecho al avión y ocupó un asiento próximo a la cola. Muy satisfactorio. Sólo una cosa había salido maclass="underline" Devlin, Brosnan y la mujer se habían presentado antes que él en casa de McGuire. Una lástima, porque eso planteaba el problema de lo que él les hubiese contado o no. Lo de Harvey, por ejemplo. Sería preciso actuar con celeridad, por si acaso.

Sonrió con simpatía cuando la azafata de vuelo le preguntó si quería una copa.

– Preferiría una taza de té -dijo, al tiempo que desplegaba un periódico tomado de su portafolios.

McLeod hizo que condujeran a Brosnan, Mary y Devlin al aeropuerto. Llegaron justo cuando los altavoces llamaban a los pasajeros del vuelo de las cuatro treinta a Londres. Un inspector de la policía del Ulster les ayudó a obviar los formulismos del control de equipajes.

– Sólo treinta pasajeros, como pueden ver. A todos los hemos investigado a fondo.

– Me parece que estamos dando palos de ciego -comentó McLeod.

Cuando los altavoces llamaron a los pasajeros, Brosnan y Devlin se situaron junto a la puerta mirando con atención, una a una, a todas las personas que pasaban. Después del último, Devlin dijo:

– Aquella monja vieja, Martin. ¿No se te habrá ocurrido cachearla?

McLeod terció con impaciencia:

– ¡Por el amor de Dios! ¡Apresúrense!

– Qué mal carácter tiene ese hombre -comentó Devlin cuando se hubo alejado el coronel-. Debieron abusar de la vara con él en su colegio, o algo de ese género. ¿Se vuelven ustedes a Londres?

– Sí, será mejor seguir sobre el asunto -dijo Brosnan.

– ¿Y usted, señor Devlin? -preguntó Mary-. ¿No tendrá ningún inconveniente?

– ¡Ah! A decir verdad, hace años Ferguson me extendió un aval. Por servicios prestados a los servicios secretos británicos. Estaré bien -se despidió de ella con un beso en la mejilla-. Ha sido un placer, de veras.

– Para mí también.

– Cuida a este muchacho. Dillon sabe muchos trucos.

Habían llegado a la salida de embarque. Devlin sonrió y desapareció de repente, sumergido entre la multitud. Brosnan respiró hondo.

– En fin, ¡a Londres! Démonos prisa -y la tomó del brazo para enfilar con ella el acceso.

El vuelo a Glasgow duró sólo cuarenta y cinco minutos. Dillon aterrizó a las cuatro y media. El aparato del puente aéreo con Londres despegaba a las cinco y cuarto. Adquirió su pasaje en la taquilla y lo primero que hizo luego fue apresurarse hacia el otro lado del vestíbulo, en busca de una cabina, para llamar a Danny Fahy en Cadge End. Fue Angel la que se puso.

– Que se ponga tu tío Danny, soy Dillon -ordenó él.

Danny dijo:

– ¿Eres tú, Sean?

– El mismo. Estoy en Glasgow esperando el avión. Llegaré a la terminal número uno de Heathrow a las seis y media, ¿podrías ir a recogerme? Tienes el tiempo justo.

– No hay problema, Sean. Me acompañará Angel.

– Eso está bien, y otra cosa, Danny. Quizá tendremos que trabajar toda la noche. Mañana puede ser el gran día.

– ¡Jesús!, Sean -dijo Fahy, pero Dillon colgó sin escuchar nada más.

Luego telefoneó al despacho de Harvey en la empresa de pompas fúnebres de Whitechapel. Fue Myra la que descolgó.

– Aquí Peter Hilton. Estuvimos hablando ayer. Querría tener una palabra con su tío.

– No está. Tiene un entierro en Manchester y no volverá hasta mañana por la mañana.

– Qué contrariedad -dijo Dillon-. Me prometió tener mi mercancía en el plazo de veinticuatro horas.

– ¡Ah! La tiene aquí -contestó Myra-. Pero se exige pago al contado.

– Así será -miró su reloj mientras calculaba el tiempo que le llevaría el viaje de Heathrow a Bayswater para recoger el dinero-. Me pasaré por ahí hacia las ocho menos cuarto.

– Le espero.

En el momento de colgar llamaron a los pasajeros y Dillon corrió a sumarse a la cola de los que embarcaban.

Myra, de pie junto a la chimenea del despacho de su tío, tomó una decisión. Sacó del escritorio la llave de la habitación secreta, y luego salió al rellano.

– ¿Estás ahí, Billy?

Él subió al cabo de unos momentos.

– ¿Qué quieres?

– ¿Otra vez te habías metido en las capillas? Ven acá, que te necesito.

Ella anduvo por el pasillo hasta la puerta del fondo, la abrió y apartó el tabique falso. Luego le indicó una de las cajas de Semtex.

– Lleva eso a la oficina.

Cuando fue a reunirse con él, la caja estaba colocada sobre el escritorio.

– Pesa una barbaridad, ¿qué es?

– Es dinero, Billy, en lo que a ti te concierne. Ahora óyeme, y escucha bien. ¿Te acuerdas de aquel individuo bajito que te machacó ayer?

– ¿Qué pasa con él?

– Vendrá hoy, a las ocho menos cuarto, para darme un puñado de dinero a cambio de lo que contiene esta caja.

– ¿Y qué?

– Quiero que estés en la calle a las siete y media, llevando ese uniforme de cuero tan bonito que tienes, y con tu BMW a punto. Cuando él salga, Billy, le sigues. Hasta el puñetero Cardiff si hace falta -le dio una palmadita en la cara-. Y si le pierdes la pista, cielito, no hace falta que vuelvas por aquí.

Nevaba un poco en Heathrow cuando Dillon salió por la terminal número uno. Le esperaba Angel, que agitó la mano con animación.

– Glasgow. ¿Qué hiciste allí? -dijo ella.

– Averiguar qué llevan los escoceses debajo de las faldas…

Ella soltó la carcajada y se colgó de su brazo.

– ¡Eres terrible!

Salieron pisando la alfombra de nieve y se reunieron con Fahy en la furgoneta Morris.

– Me alegro de verte, Sean. ¿Adónde vamos?

– A mi hotel de Bayswater -dijo Dillon-. Me llevo mis cosas de la habitación.

– ¿Te vienes con nosotros? -preguntó Angel.

– Sí -asintió Dillon-. Pero antes vamos a una empresa de Whitechapel, a recoger un regalo para Danny.

– ¿Qué va a ser eso, Sean? -preguntó Fahy.

– ¡Ah! Unas cincuenta libras de Semtex.

La furgoneta patinó y coleó en medio de la calzada, mientras Fahy procuraba recobrar el dominio del vehículo.

– ¡Virgen Santísima! -exclamó.

En la compañía de pompas fúnebres, el portero de noche dejó pasar a Dillon por la puerta principal.

– ¿El señor Hilton? La señorita Myra le espera.

– No se moleste en acompañarme, conozco el camino.

Dillon subió por la escalera, recorrió el pasillo y abrió la puerta del despacho. Myra le esperaba.

– Entre -dijo.

Llevaba un traje negro con pantalones y fumaba un cigarrillo. Myra fue a sentarse detrás del escritorio y dio una palmada sobre la caja.

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