El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
Estudió el resultado frente al espejo del armario. Cerró los ojos, se concentró en el papel y cuando volvió a abrirlos ya no había allí ningún Dillon, sino una vieja mendiga decrépita y deforme.
Apenas necesitó ningún maquillaje, sólo un poco de fondo para dar el tono marchito al cutis y un trazo de lápiz labial rojo violento, completamente fuera de lugar pero que entraba en el estilo del disfraz. Tomó del portafolios una petaca de whisky y se echó una cantidad en las manos, frotándose la cara y echándose otro poco en la pechera de la gabardina. Luego guardó el Cok, un par de periódicos y la botella de whisky en una bolsa de plástico y se dispuso a salir.
Contempló en el espejo la extraña figura de anciana vagabunda.
– ¡A escena! -dijo en voz baja, y salió con precaución.
La escalera estaba desierta. Salió al patio, cerrando la puerta cuidadosamente a su espalda, y se encaminó hacia la salida que daba al callejón. La había alcanzado ya cuando se abrió detrás de él la puerta del hotel. Una voz exclamó:
– ¡Eh! ¿Adónde vas, si se puede saber?
Al volverse Dillon vio un cocinero con un mandil bastante sucio, que echaba una caja de cartón al cubo de la basura.
– ¡Vete a tomar por saco! -graznó Dillon.
– ¡Lárgate de aquí, vieja bruja! -replicó el otro.
Dillon cerró la verja a su espalda.
«Diez sobre diez, Sean», se dijo, satisfecho, mientras echaba a andar por la calle.
Salió a Falls Road arrastrando los pies, y tan extraño era su aspecto que los transeúntes se hacían a un lado para no tropezarse con él.
Era casi la una y en el bar del hotel Europa, Brosnan y Mary Tanner pensaban ya en ir a almorzar cuando hizo su aparición un botones.
– ¿Señor Brosnan?
– Soy yo.
– Su taxi ha llegado, señor.
– ¿Taxi? -dijo Mary-. No hemos pedido ningún taxi.
– Sí lo hemos pedido -replicó Brosnan.
La ayudó a ponerse el abrigo y cruzaron la recepción siguiendo al botones, hasta la salida principal y escalinata abajo, donde esperaba un coche negro de alquiler. Brosnan dio una libra al botones, y subieron. El conductor, separado de los pasajeros por un cristal, usaba gorra de lana y guardapolvo a la antigua.
– Si puede saberse adónde vamos… -dijo ella.
– Desde luego que sí, querida -sonrió Liam Devlin, y sin apenas volverse metió la primera y arrancó.
Poco después de la una y media, Devlin enfilaba Canal Street con el taxi.
– Está al fondo. Vamos a estacionar al otro lado, en ese patio.
Tras apearse del coche cruzaron la calle y se acercaron a la entrada.
– Portaos bien que estamos saliendo en la televisión -dijo él al tiempo que alargaba la mano para accionar el timbre que se veía junto a la maciza puerta reforzada por un marco de hierro.
– No queda muy hogareño -comentó Mary.
– Con los antecedentes que tiene Tommy McGuire, esta fortaleza le hacía más falta que un chalé adosado en alguna urbanización de moda -Devlin se volvió hacia Brosnan-. ¿Vas cargado, hijo?
– No -respondió Brosnan-. Pero ella sí, ¿no es cierto?
– Llamémoslo prudencia innata, o tal vez deformación de la mala vida.
El altavoz que estaba al lado de la puerta crujió y dijo:
– ¿Eres tú, Devlin?
– ¿Y quién si no, idiota? Viene conmigo Martin Brosnan y una señorita amiga suya, así que abre la puerta, que estamos helados de frío.
– Os habéis adelantado. Quedamos a las dos.
Se oyeron pasos al otro lado y al abrirse la puerta apareció un hombre alto, de sesenta y tantos años y de aspecto algo esquelético. Llevaba un grueso jersey y unos pantalones vaqueros muy raídos, y esgrimía un subfusil ametrallador Sterling.
Devlin entró sin aguardar invitación, empujándole a un lado.
– Y qué se supone que vas a hacer con ese trasto, ¿empezar otra guerra?
McGuire cerró la puerta y la atrancó.
– Sólo si no hay más remedio -los observó con desconfianza y por último alargó una mano-. ¿Martin? Cuánto tiempo sin vernos.
Luego se volvió hacia Devlin:
– En cuanto a ti, viejo diablo, si supiera cómo no estás todavía en la tumba, patentaría el sistema y me haría rico. ¿Y usted quién es? -concluyó mirando a Mary.
– Una amiga, conque vamos al grano -cortó Devlin.
– De acuerdo, pasen por aquí.
El almacén estaba completamente vacío, excepto en un rincón donde tenía una camioneta. Se accedía por una escalera de hierro a un altillo, donde antes se alojaban unos despachos acristalados. McGuire precedió a sus invitados y entró en el primer despacho, que contenía un pupitre y una mesa de control de televisión. Uno de los monitores mostraba la calle y el otro la entrada. Depositó la Sterling sobre el pupitre.
– ¿Vives aquí? -preguntó Devlin.
– En el piso de arriba. He reformado la vivienda del almacenero para mí. Vamos al asunto, Devlin. ¿Qué queréis de mí? Antes mencionaste a Sean Dillon.
– Está otra vez en pie de guerra -dijo Brosnan.
– Creí que había acabado mal. Quiero decir, después de tanto tiempo sin saber nada de él -McGuire encendió un cigarrillo-. En cualquier caso, ¿qué tiene que ver conmigo?
– Intentó liquidar a Martin en París, y mató por error a la novia de éste.
– ¡Jesús! -exclamó McGuire.
– Ahora anda suelto por Londres y quiero echarle el guante -intervino Martin.
McGuire miró de nuevo a Mary.
– Y ¿dónde encaja ésa?
– Soy capitana del ejército inglés y me llamo Tanner -se presentó ella, lacónica.
– ¡Por el amor de Dios, Devlin! ¿Qué pasa aquí? -se espantó McGuire.
– Tranquilo -respondió Devlin-. No viene para detenerte, aunque todos sabemos que si Tommy McGuire se hallase todavía en el mundo de los vivos, no le caerían menos de veinticinco años.
– ¡Viejo cabrón! -exclamó McGuire.
– No seas insensato -le aconsejó Devlin-. Sólo necesitamos que nos contestes a un par de preguntas, luego podrás seguir jugando a llamarte George Kelly.
McGuire alzó una mano, como excusándose.
– Vale, entendido. ¿Qué necesitáis saber?
– Mil novecientos ochenta y uno. La campaña de colocación de bombas en Londres -dijo Brosnan-. Tú eras el control de Dillon.
McGuire miró a Mary y luego dijo:
– Correcto.
– Sabemos que Dillon tendría las habituales dificultades para aprovisionarse de armas y explosivos, señor McGuire -dijo Mary-. Y tengo entendido que en tal situación, él prefería recurrir a sus contactos con el hampa, ¿es así?
– Sí, solía trabajar de esa manera -respondió McGuire de mala gana, sentándose.
– ¿Sabría usted a quién recurrió en Londres, en mil novecientos ochenta y uno? -insistió Mary.
McGuire puso cara de sentirse acorralado.
– ¿Cómo voy a saber eso? Pudo recurrir a cualquiera.
Devlin perdió la paciencia.
– Estás mintiendo, bastardo. Me consta que lo sabes -sacó la mano derecha del guardapolvo, empuñando una anticuada Luger, y apoyó la boca del cañón en el entrecejo de McGuire-. ¡Habla en seguida, o de lo contrario…!
McGuire apartó el arma a un lado.
– Está bien, Devlin. Tú ganas -encendió otro cigarrillo-. Operaba con un tipo de Londres llamado Jack Harvey, un gran traficante, un verdadero gángster.
– ¡Vaya! Veo que no ha sido tan difícil, ¿no te parece? -dijo Devlin.
En ese instante llamaron con insistencia a la puerta de abajo y todos se volvieron hacia la pantalla del monitor. Era una vieja mendiga que estaba al lado de la puerta y cuyas palabras salieron con claridad por el altavoz:
– Si es usted tan amable, señor Kelly. ¿Querría dar una limosna a una pobre desvalida?
McGuire habló al micrófono:
– Lárgate de ahí, vieja pedigüeña.
– ¡Dios nos asista, señor Kelly! Con este frío tan terrible me moriré delante de su puerta y lo verá todo el mundo.