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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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Estudió el resultado frente al espejo del armario. Cerró los ojos, se concentró en el papel y cuando volvió a abrirlos ya no había allí ningún Dillon, sino una vieja mendiga decrépita y deforme.

Apenas necesitó ningún maquillaje, sólo un poco de fondo para dar el tono marchito al cutis y un trazo de lápiz labial rojo violento, completamente fuera de lugar pero que entraba en el estilo del disfraz. Tomó del portafolios una petaca de whisky y se echó una cantidad en las manos, frotándose la cara y echándose otro poco en la pechera de la gabardina. Luego guardó el Cok, un par de periódicos y la botella de whisky en una bolsa de plástico y se dispuso a salir.

Contempló en el espejo la extraña figura de anciana vagabunda.

– ¡A escena! -dijo en voz baja, y salió con precaución.

La escalera estaba desierta. Salió al patio, cerrando la puerta cuidadosamente a su espalda, y se encaminó hacia la salida que daba al callejón. La había alcanzado ya cuando se abrió detrás de él la puerta del hotel. Una voz exclamó:

– ¡Eh! ¿Adónde vas, si se puede saber?

Al volverse Dillon vio un cocinero con un mandil bastante sucio, que echaba una caja de cartón al cubo de la basura.

– ¡Vete a tomar por saco! -graznó Dillon.

– ¡Lárgate de aquí, vieja bruja! -replicó el otro.

Dillon cerró la verja a su espalda.

«Diez sobre diez, Sean», se dijo, satisfecho, mientras echaba a andar por la calle.

Salió a Falls Road arrastrando los pies, y tan extraño era su aspecto que los transeúntes se hacían a un lado para no tropezarse con él.

Era casi la una y en el bar del hotel Europa, Brosnan y Mary Tanner pensaban ya en ir a almorzar cuando hizo su aparición un botones.

– ¿Señor Brosnan?

– Soy yo.

– Su taxi ha llegado, señor.

– ¿Taxi? -dijo Mary-. No hemos pedido ningún taxi.

– Sí lo hemos pedido -replicó Brosnan.

La ayudó a ponerse el abrigo y cruzaron la recepción siguiendo al botones, hasta la salida principal y escalinata abajo, donde esperaba un coche negro de alquiler. Brosnan dio una libra al botones, y subieron. El conductor, separado de los pasajeros por un cristal, usaba gorra de lana y guardapolvo a la antigua.

– Si puede saberse adónde vamos… -dijo ella.

– Desde luego que sí, querida -sonrió Liam Devlin, y sin apenas volverse metió la primera y arrancó.

Poco después de la una y media, Devlin enfilaba Canal Street con el taxi.

– Está al fondo. Vamos a estacionar al otro lado, en ese patio.

Tras apearse del coche cruzaron la calle y se acercaron a la entrada.

– Portaos bien que estamos saliendo en la televisión -dijo él al tiempo que alargaba la mano para accionar el timbre que se veía junto a la maciza puerta reforzada por un marco de hierro.

– No queda muy hogareño -comentó Mary.

– Con los antecedentes que tiene Tommy McGuire, esta fortaleza le hacía más falta que un chalé adosado en alguna urbanización de moda -Devlin se volvió hacia Brosnan-. ¿Vas cargado, hijo?

– No -respondió Brosnan-. Pero ella sí, ¿no es cierto?

– Llamémoslo prudencia innata, o tal vez deformación de la mala vida.

El altavoz que estaba al lado de la puerta crujió y dijo:

– ¿Eres tú, Devlin?

– ¿Y quién si no, idiota? Viene conmigo Martin Brosnan y una señorita amiga suya, así que abre la puerta, que estamos helados de frío.

– Os habéis adelantado. Quedamos a las dos.

Se oyeron pasos al otro lado y al abrirse la puerta apareció un hombre alto, de sesenta y tantos años y de aspecto algo esquelético. Llevaba un grueso jersey y unos pantalones vaqueros muy raídos, y esgrimía un subfusil ametrallador Sterling.

Devlin entró sin aguardar invitación, empujándole a un lado.

– Y qué se supone que vas a hacer con ese trasto, ¿empezar otra guerra?

McGuire cerró la puerta y la atrancó.

– Sólo si no hay más remedio -los observó con desconfianza y por último alargó una mano-. ¿Martin? Cuánto tiempo sin vernos.

Luego se volvió hacia Devlin:

– En cuanto a ti, viejo diablo, si supiera cómo no estás todavía en la tumba, patentaría el sistema y me haría rico. ¿Y usted quién es? -concluyó mirando a Mary.

– Una amiga, conque vamos al grano -cortó Devlin.

– De acuerdo, pasen por aquí.

El almacén estaba completamente vacío, excepto en un rincón donde tenía una camioneta. Se accedía por una escalera de hierro a un altillo, donde antes se alojaban unos despachos acristalados. McGuire precedió a sus invitados y entró en el primer despacho, que contenía un pupitre y una mesa de control de televisión. Uno de los monitores mostraba la calle y el otro la entrada. Depositó la Sterling sobre el pupitre.

– ¿Vives aquí? -preguntó Devlin.

– En el piso de arriba. He reformado la vivienda del almacenero para mí. Vamos al asunto, Devlin. ¿Qué queréis de mí? Antes mencionaste a Sean Dillon.

– Está otra vez en pie de guerra -dijo Brosnan.

– Creí que había acabado mal. Quiero decir, después de tanto tiempo sin saber nada de él -McGuire encendió un cigarrillo-. En cualquier caso, ¿qué tiene que ver conmigo?

– Intentó liquidar a Martin en París, y mató por error a la novia de éste.

– ¡Jesús! -exclamó McGuire.

– Ahora anda suelto por Londres y quiero echarle el guante -intervino Martin.

McGuire miró de nuevo a Mary.

– Y ¿dónde encaja ésa?

– Soy capitana del ejército inglés y me llamo Tanner -se presentó ella, lacónica.

– ¡Por el amor de Dios, Devlin! ¿Qué pasa aquí? -se espantó McGuire.

– Tranquilo -respondió Devlin-. No viene para detenerte, aunque todos sabemos que si Tommy McGuire se hallase todavía en el mundo de los vivos, no le caerían menos de veinticinco años.

– ¡Viejo cabrón! -exclamó McGuire.

– No seas insensato -le aconsejó Devlin-. Sólo necesitamos que nos contestes a un par de preguntas, luego podrás seguir jugando a llamarte George Kelly.

McGuire alzó una mano, como excusándose.

– Vale, entendido. ¿Qué necesitáis saber?

– Mil novecientos ochenta y uno. La campaña de colocación de bombas en Londres -dijo Brosnan-. Tú eras el control de Dillon.

McGuire miró a Mary y luego dijo:

– Correcto.

– Sabemos que Dillon tendría las habituales dificultades para aprovisionarse de armas y explosivos, señor McGuire -dijo Mary-. Y tengo entendido que en tal situación, él prefería recurrir a sus contactos con el hampa, ¿es así?

– Sí, solía trabajar de esa manera -respondió McGuire de mala gana, sentándose.

– ¿Sabría usted a quién recurrió en Londres, en mil novecientos ochenta y uno? -insistió Mary.

McGuire puso cara de sentirse acorralado.

– ¿Cómo voy a saber eso? Pudo recurrir a cualquiera.

Devlin perdió la paciencia.

– Estás mintiendo, bastardo. Me consta que lo sabes -sacó la mano derecha del guardapolvo, empuñando una anticuada Luger, y apoyó la boca del cañón en el entrecejo de McGuire-. ¡Habla en seguida, o de lo contrario…!

McGuire apartó el arma a un lado.

– Está bien, Devlin. Tú ganas -encendió otro cigarrillo-. Operaba con un tipo de Londres llamado Jack Harvey, un gran traficante, un verdadero gángster.

– ¡Vaya! Veo que no ha sido tan difícil, ¿no te parece? -dijo Devlin.

En ese instante llamaron con insistencia a la puerta de abajo y todos se volvieron hacia la pantalla del monitor. Era una vieja mendiga que estaba al lado de la puerta y cuyas palabras salieron con claridad por el altavoz:

– Si es usted tan amable, señor Kelly. ¿Querría dar una limosna a una pobre desvalida?

McGuire habló al micrófono:

– Lárgate de ahí, vieja pedigüeña.

– ¡Dios nos asista, señor Kelly! Con este frío tan terrible me moriré delante de su puerta y lo verá todo el mundo.

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