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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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Al llegar al cruce de Horse Guards con Whitehall maniobró la camioneta y la detuvo en la posición calculada de antemano. Al otro lado de la calle, en Horse Guards Parade, dos soldados de la guardia montada, como de costumbre, permanecían inmóviles con los sables en posición de presentando armas.

Algo más allá un guardia urbano se volvió y reparó en la camioneta. Fahy cortó el contacto, puso en marcha los temporizadores y se caló el casco de motorista. Cuando salió y echó llave a la puerta de la furgoneta el policía le interpeló desde lejos y echó a correr hacia él. Dillon frenó la BSA al lado de Fahy, éste se subió a horcajadas en el asiento trasero y la moto reanudó la marcha, describiendo un círculo alrededor del asombrado guardia y enfilando a toda velocidad hacia Trafalgar Square. La primera detonación se oyó en el mismo instante en que Dillon se confundía con la circulación que entraba en la plaza. Luego hubo otra, o quizá dos, y por último todo pareció fundirse en la gigantesca explosión que destruyó automáticamente la Ford Transit.

Dillon continuó no demasiado deprisa, pasando por Admiralty Arch y la avenida del Mall; diez minutos más tarde cruzaba Marble Arch y doblaba hacia Bayswater Road, y poco después entraba en la zona de estacionamiento del supermercado. Angel se apeó de la camioneta al verlos, abrió las puertas traseras y colocó la plataforma en posición. Dillon y Fahy metieron la moto y cenaron las puertas sin pérdida de tiempo.

– ¿Ha funcionado? -preguntó Angel-. ¿Ha salido todo bien?

– No te preocupes por eso ahora. Tú sube y conduce -ordenó Dillon; mientras ella se disponía a obedecer, los dos hombres subieron a su lado.

Un minuto después salían otra vez a Bayswater Road.

– Ahora nos volvemos por donde hemos venido, y sin correr demasiado -dijo Dillon.

Fahy conectó la radio y se puso a buscar entre las diferentes sintonías de la BBC.

– Nada, ¡maldita sea! Sólo música y cháchara.

– Déjala encendida y ten paciencia -ordenó Dillon-. No tardará en salir.

Encendió un cigarrillo y se arrellanó en el asiento, silbando quedamente.

Mordecai Fletcher estaba tendido sobre un quirófano en la pequeña sala de operaciones de la clínica próxima a la carretera de Wapping. Un indio canoso, con gafas redondas de montura de acero, el doctor Aziz, examinaba su pierna.

– Amigo Harry, ¿no habíamos convenido que no volveríamos a correr este género de aventuras? -dijo-. Henos aquí otra vez como después de una noche de algaradas en Bombay.

Flood se había quitado la americana y estaba sentado en una silla, mientras una joven enfermera india se ocupaba de su brazo. Había recortado la manga de la camisa y le limpiaba la herida con unos algodones. Brosnan y Mary, de pie, contemplaban la cura.

Flood pregunto a Aziz:

– ¿Cómo está?

– Permanecerá ingresado dos o tres días. Necesito anestesiarlo para extraer esos perdigones, y además han afectado a una arteria. A ver lo tuyo, ahora.

Sosteniendo el brazo de Flood, lo exploró cuidadosamente con unas pinzas, mientras la enfermera acercaba una bandeja esmaltada. Aziz dejó caer en ella un perdigón, luego dos, mientras Flood hacía muecas de dolor. El indio localizó otro perdigón.

– Creo que ya está, Harry, pero tendré que sacar una radiografía.

– Por ahora véndalo y ponme un cabestrillo -dijo Flood-.

Volveré más tarde.

– Si te empeñas…

Vendó el brazo con habilidad, ayudado por la enfermera. Luego abrió un armario y halló una caja de viales de morfina, de los cuales inyectó uno a Flood.

– Como en Vietnam, Harry -comentó Brosnan.

– Esto te aliviará el dolor -dijo Aziz a Flood mientras la enfermera le ayudaba a ponerse la americana-. Te espero por la tarde; no lo demores más.

La enfermera pasó el cabestrillo por la nuca de Flood. Estaba poniéndole el abrigo sobre los hombros cuando se abrió la puerta de golpe y entró Charlie Salter de estampida.

– Hay un jaleo de mil demonios. Acabo de oírlo en la radio. Ataque de mortero contra el diez de Downing Street.

– ¡Dios mío! -exclamó Mary Tanner.

Flood la tomó del brazo y la condujo hacia la salida, al tiempo que ella se volvía hacia Brosnan.

– Vámonos, Martin. Al fin ya sabemos adónde ha ido el muy bastardo.

El gabinete de Guerra estuvo más concurrido que otras veces aquella mañana. Eran quince, contando al primer ministro. Apenas había dado principio la reunión en la sala del Gabinete, situada hacia la parte posterior del edificio, cuando cayó el primer obús, describiendo una gran parábola de unos doscientos metros de alcance, desde la esquina de Horse Guards con Whitehall donde estaba la furgoneta. Hubo una explosión tremenda, tan fuerte que se escuchó con toda claridad en el despacho del brigadier Charles Ferguson, del lado del ministerio que daba a la avenida Horse Guards.

– ¡Cristo! -exclamó Ferguson, y al igual que la mayoría de los funcionarios del ministerio, corrió hacia la ventana más próxima.

En la sala del gabinete de Downing Street, los cristales especiales de las ventanas se quebraron, pero la mayor parte de la onda expansiva quedó absorbida por las cortinas blindadas. La primera bomba arrancó un cerezo y dejó un cráter en el jardín. Las otras dos cayeron más lejos del blanco, en Mountbatten Green, donde se hallaban estacionadas algunas unidades móviles de la radio. Sólo una de ellas estalló, pero al mismo tiempo se produjo la explosión de la furgoneta, al actuar el dispositivo de autodestrucción programado por Fahy. Cosa sorprendente, hubo poco pánico en la sala del gabinete. Todos se agacharon y algunos buscaron refugio debajo de la mesa. Hubo una corriente de aire procedente de las ventanas rotas y una confusión de voces distantes.

El primer ministro se puso en pie y forzó una sonrisa, diciendo luego con extraordinaria tranquilidad:

– Caballeros, me parece que será menester que nos reunamos en otra parte -y salió de la habitación mostrando el camino a los demás.

Mary y Brosnan ocuparon los asientos posteriores del Mercedes, y Harry Flood iba al lado de Charlie Salter, que luchaba por abrirse paso entre la aglomeración.

– He de ponerme en comunicación con el brigadier Ferguson -estaba diciendo Mary-. Es indispensable.

Cruzaban Putney Bridge y Flood se volvió para consultar con la mirada a Brosnan, quien asintió.

– De acuerdo -dijo Flood-. Haga lo que le parezca mejor.

Usando el teléfono portátil, ella llamó al Ministerio de Defensa, pero Ferguson estaba ilocalizable. Parecía reinar bastante confusión en el ministerio; ella comunicó el número del portátil a la telefonista y desconectó.

– Estarán corriendo de un lado para otro, como todo el mundo -dijo Brosnan, encendiendo un cigarrillo.

Flood ordenó a Salter:

– Pues ya lo sabes, Charlie. Hacia Dorking, pasando por Epsom, y tomamos luego la carretera de Horsham. Pisa a fondo.

Los pasajeros de la furgoneta Morris escucharon el boletín de la BBC, emitido en el habitual tono tranquilo, desprovisto de toda alarma. Anunciaba que hacia las diez de la mañana se había producido un atentado con bombas contra el diez de Downing Street, que el edificio había sufrido algunos daños pero que el primer ministro y los integrantes del gabinete de Guerra reunidos a la misma hora habían salido ilesos.

La camioneta patinó de repente mientras Angel gemía:

– ¡Oh, no! ¡Dios mío!

Dillon retuvo el volante con una mano.

– Tranquila, muchacha. Tú sigue conduciendo -pidió con calma.

Fahy parecía a punto de desmayarse.

– Si me hubieras dado tiempo para montar esos estabilizadores, el resultado habría sido bien distinto. Tenías demasiada prisa, Sean. Dejaste que Brosnan te comiera los nervios y eso ha sido fatal.

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