El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– ¿Alguna novedad para nosotros? -preguntó el joven iraquí.
Makeiev asintió.
– ¿Dónde está Michael?
– Le espera á usted.
Rashid le condujo a la biblioteca, donde le aguardaba Aroun de pie junto a la chimenea. Lucía un esmoquin negro, porque acababa de regresar de la ópera.
– ¿Qué pasa? -preguntó-. ¿Ha ocurrido algo?
– Acaba de telefonear Dillon desde Inglaterra. Ha pedido que vayas a la finca de St. Denis en avión mañana por la mañana, y dice que él acudirá por la misma vía más tarde.
Aroun palideció de nerviosismo.
– ¿Qué sucede? ¿Qué se propone?
Aroun llenó una copa de coñac para el ruso, y Rashid se la sirvió.
– Dice que planea un ataque contra el gabinete de Guerra británico en Downing Street.
Hubo un silencio sepulcral. El rostro de Aroun era la viva imagen de la perplejidad.
– ¿El gabinete de Guerra? ¿Todos juntos? Eso es imposible, ¿cómo se le ocurre semejante cosa?
– No tengo ni idea -dijo Makeiev-. Me limito a repetirte lo que ha dicho él, que el gabinete de Guerra se reúne a las diez de la mañana y que él dará el golpe ahí.
– ¡Dios es grande! -exclamó Aroun-. Si lo consiguiese ahora, en plena guerra y antes del comienzo de la ofensiva terrestre, la repercusión en todo el mundo árabe sería increíble.
– Así lo creo.
Aroun avanzó un paso y agarró a Makeiev por la solapa.
– ¿Puede hacerlo, Josef? ¿Puede?
– Parece muy seguro de sí mismo -dijo Makeiev, soltándose-. Yo sólo te repito lo que él ha dicho.
Aroun se volvió y se quedó mirando las llamas de la chimenea. Luego ordenó a Rashid:
– Despegaremos a las nueve del Charles de Gaulle, con la Citation. No nos llevará mucho más de una hora.
– A tus órdenes -contestó Rashid.
– Llama al Château St. Denis ahora y habla con el viejo Alphonse. Dale permiso desde la hora del desayuno en adelante. Que se tome un par de días de vacaciones. No quiero tenerle por allí.
Rashid asintió y salió de la biblioteca, y Makeiev preguntó:
– ¿Alphonse?
– El mayordomo. En esta temporada del año está solo en el castillo. Cuando necesita servicio lo contrata de entre el personal de la aldea, todos gente de confianza.
Makeiev dijo:
– Me gustaría acompañaros, si no te importa.
– Por supuesto, Josef -Aroun llenó otras dos copas de coñac.
– Dios me perdone por beber precisamente en estos momentos, pero voy a hacer una excepción -alzó la copa-. Por Dillon, y que todo salga como él se propone.
Eran la una de la madrugada cuando Dillon entró en la cuadra; Fahy estaba en su banco, trabajando con una de las botellas de oxígeno.
– ¿Cómo va?
– Espléndido -contestó Fahy-…Sólo faltan ésta y otra más. ¿Qué tal el tiempo?
Dillon se acercó a la puerta abierta.
– Ya no cae nieve, pero dicen que viene más. He estado viendo la previsión del teletexto en tu televisor.
Fahy transportó el cilindro hasta la Ford Transit, entró y se puso a montarlo con gran precaución. Mientras Dillon miraba, entró Angel con una cafetera y dos tazones.
– Qué amable -su tío le tendió uno de los tazones para que ella lo llenara de café.
Luego Dillon hizo lo mismo y dijo:
– He pensado mucho en lo del garaje donde ibas a esperarme con la camioneta, Angel. Ahora no estoy seguro de que sea una buena idea.
Fahy hizo un alto en su trabajo, con la llave de tuercas en la mano, y alzó la vista.
– ¿Por qué no?
– Allí encerraba el coche la mujer rusa, mi contacto. Ahora la policía lo sabrá, seguramente, y quizá tengan controlado el garaje lo mismo que vigilan el piso.
– Entonces, ¿qué propones?
– ¿Recuerdas el hotel de Bayswater Road donde estuve alojado? Hay un supermercado en la misma calle, con una gran zona de estacionamiento en la parte de atrás. Eso servirá, para el caso da lo mismo -se volvió hacia Angel-. Cuando vayamos allá te lo enseñaré.
– Como tú digas, Sean.
Angel se quedó para ver cómo terminaba Fahy el montaje del improvisado obús y luego regresó hacia el banco.
– Estaba pensando en ese lugar de Francia, ¿St. Denis se llama?
– Sí, ¿qué pasa con eso?
– ¿Volarás directamente hacia ese lugar cuando hayas dado el golpe?
– Eso es.
Ella contestó con precaución:
– ¿Cómo quedamos nosotros entonces?
Fahy se incorporó para limpiarse las manos.
– La chica tiene razón en eso, Sean.
– Quedáis de perlas los dos -replicó Dillon-. Es un golpe limpio, Danny, el más limpio que yo haya organizado en mi vida. Nunca lo relacionarán con vosotros ni con este lugar. Si salen bien las cosas mañana, que sí saldrán, estaremos otra vez aquí a las once y media a más tardar, y con eso habrá terminado todo.
– Si tú lo dices -contestó Fahy.
– Claro que sí, Danny, y si es el dinero lo que te preocupa, quédate tranquilo que tendrás tu parte. Mi cliente puede transferir dinero a cualquier parte del mundo. Lo recibirás aquí o en cualquier lugar de Europa que te convenga.
– Por supuesto, y además ya sabes que no lo hago por el dinero, Sean -contestó Fahy-. Lo digo sólo por si hubiese alguna posibilidad, la más mínima, de que algo saliese mal. Pensando en Angel, a ver si me entiendes -se encogió de hombros.
– No te preocupes. Si hubiese algún peligro, yo sería el primero en deciros que os largarais conmigo. Pero no será necesario. -Dillon rodeó con el brazo los hombros de la chica-. Estás nerviosa, ¿verdad?
– Tengo unos retortijones de estómago que no me dejan tranquila, Sean.
– Acuéstate-la empujó hacia la puerta-. La hora de salida será a las ocho.
– No podré pegar ojo.
– Inténtalo. Ahora, vete. Es una orden.
Ella salió de mala gana. Dillon encendió otro cigarrillo y se volvió hacia Fahy.
– ¿Puedo ayudarte en algo?
– No, en nada. Acabo dentro de media hora. Ve tú también a acostarte, Sean. En cuanto a mí, me pasa lo mismo que a Angel. No creo que vaya a conciliar el sueño. Otra cosa -agregó Fahy-. He encontrado un traje antiguo de motorista para ti. Está allá, echado sobre la BSA.
Era una cazadora de cuero con pantalones y botas del mismo material, todo ello bastante usado. Dillon sonrió.
– Me recuerda los tiempos de mi juventud. Voy a probármelo.
Fahy interrumpió el trabajo y se pasó la mano por los ojos en un ademán de fatiga.
– Oye, Sean, ¿tiene que ser mañana?
– ¿Hay algún problema?
– Como te dije, me gustaría soldar unas aletas sobre los cilindros para darles más estabilidad en su trayectoria. Pero ahora no tendremos tiempo para hacerlo -arrojó la llave de tuercas sobre el banco-. Todo esto es muy precipitado, Sean.
– Échale la culpa a Martin Brosnan y a sus amigos, Danny, no a mí -replicó Dillon-. Vienen pisándome los talones. Estuvieron a punto de atraparme en Belfast, y sólo Dios sabe cuándo aparecerán otra vez. No, Danny, ha de ser ahora, o nunca.
Se volvió para salir, y Fahy recogió de mala gana la llave y siguió trabajando.
El traje de cuero no estaba nada mal, y Dillon se contempló en el espejo del armario mientras subía la cremallera de la cazadora.
– ¿Qué te parece esto? -se dijo en voz baja-. Como a los dieciocho años, cuando el mundo era joven y todo parecía posible.
Bajó la cremallera de la cazadora, se la quitó y luego abrió su portafolios y desplegó el chaleco antibalas que le había dado Tania la primera vez que se vieron. Se lo puso, lo alisó con cuidado, lo abrochó con los cierres de velero y se endosó la cazadora encima.
Sentado al borde de la cama, sacó la Walther del portafolios, la examinó y le atornilló el silenciador Carswell en el cañón. Luego comprobó la Beretta y la guardó en el cajón de la mesita de noche, al alcance de la mano. Guardó el portafolios en el armario y luego apagó la luz y permaneció tendido sobre la cama, mirando al techo en medio de la oscuridad. Nunca se emocionaba y tampoco lo hizo en aquellos momentos, pese a la inminencia del golpe más grande de su vida.