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El Ojo Del Huracan

Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:

Una feroz guerra subterránea… y el más audaz de los atentados. Sean Dillon es un asesino. Quizá su atracción por la violencia surgiera de la convicción política cuando formó parte del IRA. Pero ya ha perdido las referencias y los escrúpulos. Dillon es un sicario, un carísimo sicario. Tan caro que sólo un magnate iraquí del petróleo puede pagarle. Son los tiempos de la guerra del Golfo, y un magnicidio puede afectar el equilibrio de los aliados. Se trata de un extraordinario desafío, que sólo Dillon puede abordar. Y él mismo fijará el blanco: el primer ministro británico, John Major.
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
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McGuire se puso en pie.

– Voy a echarla de aquí. Será sólo un momento.

Bajó corriendo la escalera de hierro y conforme se acercaba a la puerta, extrajo de una cartera muy manoseada un billete de cinco libras. Abrió la puerta y sacó el dinero.

– Anda, toma esto y lárgate.

La mano de Dillon salió de la bolsa de plástico esgrimiendo la Colt.

– ¡Cinco libras! Tommy, muchacho, la edad te hace pródigo.

Lo empujó hacia el interior y cenó la puerta. McGuire estaba aterrorizado.

– Pero ¿esto qué es?

– La Némesis -dijo Dillon-. El castigo de tus pecados en vida, Tommy. A todos nos alcanza. ¿Recuerdas aquella noche del setenta y dos, cuando tú, yo y Patrick abatimos a los Stewart que salían corriendo del incendio?

– ¿Dillon? -susurró McGuire-. ¿Eres tú?

Empezó a volverse y de improviso gritó:

– ¡Devlin!

Dillon le disparó dos tiros en la espalda, que le destrozaron la columna vertebral y lo derribaron de bruces. Mientras abría la puerta apareció Devlin en el rellano disparando al mismo tiempo con la Luger. Dillon disparó tres tiros seguidos, que rompieron el cristal de la oficina, y saltó afuera cerrando de un portazo.

En el momento en que echaba a correr aparecieron procedentes de la calle mayor dos Land Rover descubiertos, transportando cada uno cuatro soldados. Era que el ruido de los disparos había sembrado la alarma. La situación no podía ser más comprometida para Dillon, pero él no titubeó. Acercándose a una reja de ventilación de las alcantarillas, fingió tropezar y dejó caer la automática Colt a través de los barrotes.

Cuando se incorporaba alguien le gritó:

– ¡Quédate quieta donde estás!

Estaba todo lleno de paracaidistas con uniformes de camuflaje, chalecos antibalas y boinas rojas, todos con el fusil a punto. Dillon los obsequió con la mejor actuación de su vida. Trastabilló hacia delante, quejándose, y aferró por las solapas al joven teniente.

– Jesús! Señor, ocurre algo terrible dentro de ese almacén. Yo estaba ahí guareciéndome del frío y esa gente se ha liado a tiros.

El teniente olfateó el hedor a whisky y se quitó a la anciana de encima.

– ¡Sargento! Registre la bolsa.

El sargento revisó el contenido de la bolsa de plástico.

– Una botella de morapio y unos periódicos, señor.

– Muy bien, quédate ahí y espera.

El oficial empujó a Dillon hacia la acera de enfrente, detrás de uno de los coches, y sacó de éste un altoparlante.

– ¡Los de dentro! Echad las armas por la puerta y salid de uno en uno y con las manos en alto. Os damos dos minutos, o entraremos a por vosotros.

Todos los integrantes de la patrulla estaban en posición de alerta, con la atención fija en la puerta del almacén. Dillon retrocedió hacia el patio, se ocultó detrás del taxi de Devlin y luego echó a correr cautelosamente hasta encontrar lo que buscaba, una tapadera de alcantarilla. La levantó y empezó a bajar por la escalerilla de hierro, sin olvidarse de volver a tapar la boca de acceso. Muchas veces, en los viejos tiempos, por ese camino se había salvado de ser apresado por el ejército británico y todavía recordaba a la perfección el plano del alcantarillado en la zona de Falls Road.

El túnel era de reducidas dimensiones y estaba muy oscuro. Él avanzó a tientas, escuchando hacia dónde corría el agua, y salió a otro túnel mayor, en pendiente, que correspondía al desagüe de la calle principal. Él sabía que éste daba a unos vertederos del canal paralelo a Belfast Lough. Arrojó a la corriente la falda y la peluca, y usó el pañuelo para frotarse con fuerza los labios y el rostro. Luego siguió caminando con rapidez por el andén hasta que halló otra escalerilla de hierro. Empezó la ascensión hacia los rayos de luz que se colaban por los agujeros de la tapa de hierro y, tras escuchar unos momentos, la levantó. Estaba en una calleja adoquinada junto al canal; al otro lado se veían los patios traseros de una hilera de casas desvencijadas. Colocó en su lugar la tapadera de la alcantarilla y enfiló hacia Falls Road andando con toda la celeridad que pudo.

En el almacén, el teniente estaba de pie junto a McGuire caído en el suelo y examinaba los documentos de identidad de Mary Tanner.

– Son perfectamente auténticos. Puede verificarlo -decía ella.

– ¿Y esos dos?

– Vienen conmigo. Escuche, teniente. Recibirá usted una explicación de mi jefe, que es el brigadier Charles Ferguson, del Ministerio de Defensa.

– De acuerdo, capitana -se justificó el otro-. Nos limitamos a cumplir con nuestro deber. No es como en los viejos tiempos, ¿sabe? Ahora la policía del Ulster nos marca de cerca. Todas las muertes deben investigarse a fondo, o nos meten un paquete.

Entró el sargento.

– El coronel está al teléfono, mi teniente.

– Bien -respondió éste, y salió.

Brosnan se volvió hacia Devlin.

– ¿Cree que era Dillon?

– De lo contrario sería mucha coincidencia. ¡Una mendiga! -meneó la cabeza Devlin-. ¡Quién lo habría adivinado!

– Sólo Dillon sería capaz de eso.

– ¿De veras creen que ha venido ex profeso desde Londres? -preguntó Mary.

– Pudo averiguar por Gordon Brown lo que nos proponíamos, y ¿cuánto dura el vuelo regular entre Londres y Belfast? -preguntó Brosnan-. ¿Una hora y cuarto?

– Lo que significa que tendrá que volver allá -dijo ella.

– Quizás -asintió Liam Devlin-. Pero no hay nada absoluto en esta vida, muchacha. Ya lo aprenderás, y has de saber que nos enfrentamos con un hombre capaz de burlar a la policía de toda Europa durante veinte años o más.

– Va siendo hora de echarle el guante a ese bastardo -miró atentamente a McGuire-. No tiene muy buen aspecto, ¿verdad?

– Donde hay violencia hay muertes. Andar en compañía del diablo nunca conduce a buen fin -dijo Devlin.

Dillon entró por la puerta trasera del hotel a las dos y cuarto exactamente, y subió corriendo a su habitación. Allí se quitó los vaqueros y el suéter, los guardó en la maleta y encerró ésta en el estante superior del armario. Se lavó con rapidez la cara y luego se vistió de camisa blanca y corbata, traje oscuro y gabardina Burberry azul. A los cinco minutos de su llegada bajaba por la escalera posterior con el portafolios en la mano y salía por el callejón a Falls Road, por donde echó a andar con rapidez. Antes de cinco minutos detuvo un taxi y se hizo conducir al aeropuerto.

El oficial responsable del servicio de información militar para la zona de Belfast era un coronel llamado McLeod, a quien no hizo demasiado feliz la situación que se le planteaba.

– Sus explicaciones no bastan, capitana Tanner -dijo-. No se puede tolerar que aparezcan ustedes por aquí como unos energúmenos y se pongan a actuar por iniciativa propia -se volvió hacia Devlin y Brosnan-. Y menos en compañía de personas con unos antecedentes tan dudosos. La situación aquí es muy delicada y hay que tener en cuenta las atribuciones del Royal Ulster Constabulary, que naturalmente considera esto como terreno suyo.

– Tiene usted toda la razón, pero dejémoslo por ahora -dijo Mary-. El sargento de ustedes que está ahí fuera ha tenido la amabilidad de consultar para mí los horarios de los vuelos a Londres. Hay uno a las cuatro y media, y otro a las seis y media. ¿No cree que sería buena idea que registrásemos a fondo a los pasajeros de esos vuelos?

– No somos del todo estúpidos, capitana. Hemos tomado ya nuestras medidas al respecto, pero estoy seguro de que no hará falta que le recuerde que no somos un ejército de ocupación. Aquí no ha habido ninguna declaración de ley marcial, y no tengo autoridad para cerrar los aeropuertos. Todo lo que puedo hacer es notificar a la policía y a los agentes de la seguridad del aeropuerto en la forma habitual, y como usted misma ha dicho, en lo que concierne a ese individuo, Dillon, no hay mucho que explicarles -el teléfono del militar sonó y él lo descolgó y dijo-: ¿Brigadier Ferguson? Lamento tener que molestarle, señor. Aquí el coronel McLeod, del cuartel general de Belfast. A lo que parece, tenemos un problema.

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