La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– ¡Qué panorama! -dijo Loreta, maravillada.
– Sí, es espectacular. Por otra parte, tampoco hay que olvidar las vistas al mar. Si esta casa fuera mía, habría puesto otro balcón en la fachada oriental.
– ¡Qué idea tan descabellada! ¿Qué se puede ver desde allí? Sólo agua.
– Las olas, que rompen en la playa con el sonido de la eternidad; el reflejo de la luna en la ondulante superficie; un horizonte que parece no tener fin; el sol, que por las mañanas tiñe el cielo de color violeta; los barcos que salen y entran, llevando la pesada carga de la esperanza.
Joana calló. De repente se avergonzó de aquella aparición involuntaria de su vena melancólica.
Loreta no dijo nada, sino que siguió mirando fijamente las escarpadas cimas del oeste, sobre las cuales brillaba clara la luna llena.
– ¿Entramos? Tengo sed -dijo Joana, en un intento de desviar la atención de su mundo afectivo. Tomó a su nueva amiga del brazo y entró con ella en el salón.
Aaron, Charles y Pedro estaban juntos; a todos se les había aflojado tanto el nudo de la corbata como la lengua. Estaba claro que los tres habían mirado mucho dentro del vaso.
– … entonces no tiene más remedio que presentármelo -mascullaba Charles.
– Naturalmente, lo haré encantado.
– ¿A quién, querido? -intervino Loreta, colocándose junto a su marido.
– Imagínate, el joven senhor da Silva es amigo de León Castro. ¡Quién lo habría pensado! Y nosotros, unos ingenuos extranjeros, pensando que los fazendeiros se llevan a matar con los abolicionistas.
– En muchos casos es así. Pero la gente civilizada tiene en cuenta otras cualidades, y yo le aseguro que León Castro tiene todo lo que uno puede desear en un buen amigo.
– ¡Me sorprende! Yo en su lugar tendría miedo de que clandestinamente ayudara a escapar a los esclavos. -Charles Witherford gruñó de placer, y se ruborizó. El tema de conversación era muy de su agrado. Le gustaban las historias en las que podía demostrar su profundo conocimiento de lo absurdo de la vida diaria brasileña. Aunque él, como todos los ingleses que vivían en Río, se quejara permanentemente de la situación inestable, el espantoso clima y la dejadez de los brasileños, dentro de la firma había una especie de rivalidad por ver quién se adaptaba mejor al país, quién penetraba mejor en la esencia brasileña y quién conseguía el mejor contacto para llegar hasta lo más alto de la sociedad brasileña. Esta historia haría que nadie pudiera superar a Charles Witherford como profundo conocedor de los brasileños: ¡el hijo de un negrero era amigo de un abolicionista! ¡Increíble!
– Creo que tenemos que despedirnos. Estoy tan cansada que apenas me tengo en pie -Loreta acarició a su marido en la mejilla-. Y a ti, querido, creo que te pasa lo mismo.
El grupo se disolvió después de intercambiarse todo tipo de cortesías y promesas de una próxima reunión.
Joana, Pedro y Aaron abandonaron la casa de los Moreira poco después de los Witherford. Mientras esperaban a que llegara su carruaje, Pedro se quitó la corbata y se desabrochó el botón del cuello de la camisa.
– ¿Hace realmente tanto calor o me ha contagiado ese Witherford con su cara colorada y sus exasperantes movimientos con el pañuelo quitándose el sudor? En cualquier caso, era muy entretenido, ¿no es cierto?
– Sí, y no tan tonto como quería hacernos creer -opinó Aaron.
– Su mujer también era muy agradable. ¿Cómo es que no hemos coincidido antes con ellos?
Pero antes de que Pedro pudiera responder a Joana, un negro llamó su atención. Pasó más cerca de ellos de lo que era conveniente a aquella hora de la noche. No había nadie más en la calle, por lo que no había el más mínimo motivo para no mantener la distancia que establecían las normas. Pedro sospechó que podría tratarse de un ladrón. Un ladrón estúpido, porque ¿qué podría hacer contra tres personas?
Cuando el negro se encontraba ya muy cerca de ellos, se llenó con furia la boca de saliva y les escupió a los pies.
– ¡Eh!, ¿qué te ocurre? -gritó Pedro.
El negro les miró con descaro.
– Yo escupo donde y cuando quiero. Muy pronto voy a ser libre como vosotros. Aquí van a cambiar muchas cosas. León Castro va a volver pronto al país, y os va a enseñar a los señoritos finos lo que es bueno.
Capítulo trece
Félix estaba en el muelle e intentaba, dando pequeños saltos, ver a los pasajeros. Acercarse era impensable, y el silbato sólo lo utilizaría en caso de extrema necesidad. Como siempre, Fernanda tenía razón: era una estupidez ir a recoger a León sin saber exactamente cuándo llegaba. León les escribió que quería estar de vuelta en diciembre como muy tarde, y Félix había deducido que sería mejor antes que después. Al viajar solo siempre podía tomar un barco anterior al que correspondía a su pasaje. Siempre había pasajeros que no podían emprender el viaje a causa de una enfermedad o cualquier otro imprevisto.
Y aunque León llegara en aquel barco, no contaba con que fueran a recogerle. Saldría lo antes posible y tomaría uno de los coches de caballos que esperaban al pie de la escalerilla. Y él, Félix, habría ido en vano y se habría arriesgado sin motivo a ser reprendido de nuevo por seu Nelson. A pesar de todo, Félix seguía dando saltos para ver más allá de las cabezas del resto de personas que esperaban en el muelle. ¡Allí! ¿No era ése el inconfundible pelo liso de su amo? Félix siguió saltando y recibiendo las imprecaciones de los que le rodeaban. ¡Sí, era él! No había más remedio: Félix tenía que utilizar el silbato.
León estaba en medio de un grupo de pasajeros que se dirigía precipitadamente hacia la salida, cuando oyó el silbato. Se asomó por la borda e instintivamente creyó ver a Félix entre la multitud que esperaba a los recién llegados. Él mismo le había regalado el silbato al muchacho para que pudiera hacerse notar, y probablemente asociaba ya siempre aquel sonido con Félix. Pero no, nadie conocía la fecha exacta de su regreso. ¡Qué tontería por su parte pensar que Félix podría ir a recogerle!
Un negro que llevaba una peluca rubia y se comportaba como un perro rabioso llamó su atención. Hacía señas claramente en su dirección. «Dios mío, en Río la gente está ya tan nerviosa como en París», pensó León. El loco, que entretanto había creado ya un pequeño tumulto a su alrededor, llamó su atención. Y entonces lo reconoció. Le devolvió el saludo y se alegró de tener que tardar todavía un rato en llegar abajo y estar junto a Félix. Así el muchacho no notaría su sorpresa. ¿Pero cómo que el muchacho? En el año y medio que él había estado fuera, Félix se había convertido en un hombre joven. Había crecido y su rostro había perdido la expresión de infantil inocencia que antes le caracterizaba. Si León no le conociera tan bien, se habría asustado. Parecía uno de los muchos matones que hacían la ciudad tan insegura: negros, grandes, fuertes, libres… pero generalmente borrachos y llenos de agresividad. ¡Y esa estúpida peluca! León sabía que se había convertido en una moda entre los negros. Les parecía que el pelo claro y liso era un adorno bonito, y una peluca era un objeto de prestigio. Aunque, en realidad, intentando copiar inútilmente los ideales de belleza blancos, los negros se humillaban aún más. León sintió rechazo y compasión a la vez. Y tuvo remordimientos: había dejado a su gente demasiado tiempo sola.
A Félix se le iluminó la cara cuando estuvo por fin ante León. No podía abrazarle, como tampoco podía decirle lo mucho que se alegraba. Aunque no era necesario. León lo vio en sus ojos.