La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– ¿Qué hay tan interesante ahí fuera? ¿Me estás oyendo?
– Claro que te oigo. Me concentro mejor en lo que me cuentas si no te miro.
– Siempre resultas sorprendente, Aaron. En este aspecto pronto podrás competir con mi hermana.
– Ya me gustaría competir con ella…
Pedro suspiró y prosiguió su resumen de la situación de los Moreira. No había que hacer mucho caso a Aaron en su fascinación por su hermana, pues entonces estarían toda la noche oyendo sus alabanzas a Vita. Desde que Aaron se había quedado solo en el mundo ya no había motivo para regresar a Sao Paulo y casarse con Ruth. Pero eso no significaba que tuviera que seguir prendado por Vita. Pedro no se lo quería decir claramente a su amigo, pero la verdad era que Vita le rechazaría y que sus padres tampoco le querrían como yerno. Él mismo pensaba que Aaron se merecía una mujer mejor que Vita, una mujer que quizá no fuera tan bonita e inteligente, pero sí menos testaruda y menos desconsiderada.
Pedro le contó a Aaron todo lo que sabía sobre la empresa de Gustavo Moreira. Enumeraba datos y cifras como si hubiera crecido en aquel negocio.
– El hombre es muy trabajador. Y es astuto. La hija mayor se casa dentro de poco con el hijo de un prestigioso tostador de café de Alemania. De esta forma, el senhor Gustavo quedará al margen de la enorme presión de la competencia, ya que su mejor cliente será su yerno.
– ¿Tiene más hijos? -preguntó Aaron.
– Sí, tres chicos. El mayor debe de tener unos veinte años. Un holgazán que a menudo se mete en problemas, ya que le gusta beber y frecuentar a las prostitutas. El segundo tiene unos diecisiete años. Apenas le conozco, le he visto una o dos veces pero me causó buena impresión. Hasta donde yo sé, está haciendo prácticas en la empresa del padre. El más joven no debe tener más de catorce años, y sobre él no te puedo contar nada. ¿Por qué te interesas por ellos?
– Nunca se sabe. Quizá en algún momento sea oportuno decirle a la madre algo agradable sobre sus hijos. O quizá pueda convencer al padre de mi capacidad cuando, de manera totalmente casual, aluda a mi experiencia defendiendo a jóvenes borrachos. Ya veremos.
– ¡Qué calculador eres, Aaron! No conocía esa faceta tuya -dijo Joana desde el oscuro rincón del carruaje desde donde había estado oyendo a los dos hombres durante todo ese tiempo.
– Soy abogado. En esta profesión es imprescindible una cierta dosis de previsión. Más aún cuando el oponente te subestima, lo que me pasa a menudo, ya que la gente se deja engañar por mi apariencia descuidada y piensa que no valgo para nada.
Joana comprendió.
– Es un truco ¿no? Tu vestimenta, tu vivienda… todo ello tiene un fin: convencer a todos de que eres inofensivo.
– No del todo. Realmente no tengo mucho dinero y no me puedo permitir una vivienda mejor. Y no me queda mucho para comprarme ropa elegante. Pero en principio tienes razón.
– ¿Pero eso no te perjudica? Quiero decir que con esa actitud tus clientes tampoco confiarán mucho en ti, y tus honorarios serán más reducidos que los de otros abogados.
– Sí, Joana, sí. Pero yo pretendo no perder ni un solo caso. Muy pronto se dirá que Aaron Nogueira es un abogado muy perspicaz, y la gente vendrá a mí y me pagará lo que les pida.
– Bien, y entonces me harás caso y te buscarás una nueva casa. Y tendrás un vestuario adecuado.
– ¿Y una mujercita encantadora?
– Exactamente.
Pedro suspiró resignado. Los dos lo habían conseguido: habían vuelto de nuevo al tema de siempre.
Durante la velada, las conversaciones de los hombres se centraron sobre todo en la manera de ganar dinero, y las de las mujeres, en la manera de gastarlo. Joana se iba acostumbrando poco a poco a ello. En el ambiente de hombres de negocios en el que Pedro se movía debido a su trabajo, lo normal era hablar de dinero. A ella le había resultado difícil al principio. En casa de sus padres no se consideraba elegante hablar de ese asunto. Sin embargo, aquí las mujeres decían sin miramientos lo que habían pagado por un sombrero. Presumían de cómo habían conseguido que el comerciante les hiciera una rebaja y de cómo regateaban a la baja cada vintém en la compra. Todo esto lo veían más bien como un desafío deportivo, pues a ninguna se le podía acusar de avara o de ahorradora. Sus casas eran sumamente opulentas, y sus vestuarios, exquisitamente refinados. A sus invitados les servían las viandas más caras y viajaban en carruajes principescos. No obstante, según ellas, no malgastaban el dinero, porque, naturalmente, eran más hábiles para los negocios que sus maridos.
Joana no era una mujer que se dejara intimidar o impresionar fácilmente, pero estas conversaciones no la dejaban totalmente indiferente. ¿Acaso derrochaba ella el dinero de su marido porque había pagado por un vestido el doble que dona Rosa por el suyo, que era tres veces más complicado? ¿Corría ella el peligro de perder de vista la realidad -y los precios reales-, porque el patrimonio de los da Silva le permitía despreocuparse? Pero no, eso no era así. Durante su última visita a Boavista dona Alma se la había llevado aparte y le había dicho que no fuera tan ahorradora, que Pedro tenía derecho a tener una casa elegante y una mujer bonita. ¡Cualquier cosa que hiciera estaba mal!
Se acercó a un grupo de mujeres jóvenes, de las que sólo conocía a una, dona Flora, la mujer de un hotelero de origen francés, que rápidamente la tomó bajo su protección.
– Déjenme que les presente. Joana da Silva… Fernanda Campos, Eufrasia de Guimaráes, Vania Jobim, Loreta Witherford.
Joana saludó a todas, intentando acordarse de los nombres.
– Senhora Loreta, encantada. ¿Puedo preguntarle si es inglesa o americana?
– Mi marido es inglés, y yo seré siempre brasileña. Y dígame, senhora Joana, ¿está emparentada con el barón Eduardo da Silva?
– Es mi suegro.
– ¡Qué emocionante! -intervino otra señora de cabello castaño cuyo peinado tenía el aspecto de un nido abandonado sobre su pequeña cabeza-. ¿Es cierto lo que se dice sobre la legendaria riqueza de estos cultivadores de café?
– Por favor, Fernanda, qué preguntas más indiscretas haces -dijo Loreta.
Sin embargo, Joana ya tenía preparada la respuesta.
– Sí, todo lo que se dice por Río de Janeiro sobre estos campesinos es verdad. Son ruidosos, no tienen modales refinados, comen en platos de oro y gastan enormes sumas en ropa que no saben llevar con elegancia. Basta con que vean a mi marido -dijo, señalando en dirección a Pedro-, es el mejor ejemplo.
Todas las mujeres miraron a Pedro da Silva, que presentaba un aspecto impecable con su levita hecha a medida.
Dona Fernanda se puso colorada, y las otras dos, que hasta entonces no habían dicho nada, miraron al suelo. Sólo Loreta sonrió.
– Y por lo que se ve, esa gente horrible no tiene pelos en la lengua.
– Así es -contestó Joana, riendo también. Encontraba a Loreta Witherford francamente simpática.
– Venga, senhora Joana, le voy a presentar a otras personas que estoy segura le interesará conocer.
Cuando se habían alejado del grupo, acercó su cabeza al oído de Joana.
– Me alegro de que me haya dado un pretexto para apartarme de esas tontas.
– Y yo me alegro de que usted me haya liberado de su compañía. ¡Ah, por favor, llámeme Joana!
– De acuerdo, siempre que usted me llame Loreta.
Las dos mujeres tuvieron la sensación de ser dos viejas y buenas amigas de toda la vida. Estuvieron hablando largo y tendido y sin tapujos sobre la profesión de sus maridos, sobre sus propias obligaciones y preocupaciones, sobre sus preferencias para ocupar su tiempo libre, el arte moderno y los crecientes peligros en las calles de la ciudad. Descubrieron tantas afinidades que, cada una por su cuenta, llegó al convencimiento de que aquello podría ser el comienzo de una verdadera amistad, siempre que cuidaran la relación con esmero.