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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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En Francia no había mucho interés entre la clase alta por un país en el que todavía existía la esclavitud. Aquí, en la cuna de las modernas ideas occidentales de los derechos humanos y civiles, no se prestaba mucha atención a un país tan lejano como Brasil, y mucho menos a los negros. Aquí existía verdadera pasión por los placeres materiales. Se adoraba a los grandes cocineros como si fueran dioses, sus locales eran visitados con más devoción que una iglesia. León también sucumbió al goce de las exquisiteces que preparaban cocineros como el legendario Escoffier o Philéas Gilbert, tampoco él se podía resistir a un hígado de ganso trufado servido con un excelente Cháteau d' Yquem. Pero nunca olvidó dónde estaban sus prioridades.

A los parisinos sólo los podía vencer con sus propios medios, de eso se dio cuenta enseguida. Así, cuando se reunía con la gente en los cafés o en sus casas, les dibujaba con los colores más vivos las penalidades que debían soportar los recolectores de café o los cortadores de caña de azúcar para que los europeos pudieran disfrutar en sus lujosos salones del incomparable placer de aquellos productos importados. Todo eso no había servido de mucho. En cambio, sus encendidos discursos sí atrajeron la atención de las damas, que habrían incorporado con agrado a su colección de amantes a aquel exótico y atractivo hombre procedente de un país salvaje. Alguna incluso lo consiguió, aunque León perdió enseguida el interés por la dama en cuestión.

Había tenido que esperar a cumplir casi treinta años para experimentar lo que significaba el amor. Estaba enamorado de Vita hasta la médula. Ninguna otra mujer consiguió hechizarle como aquella criatura de su lejano país. Sí, en Europa había grandes bellezas que también tenían el pelo negro y los ojos claros, el cuerpo bien formado y la piel blanca y suave como la seda, los labios jugosos y las mejillas rosadas. ¿Pero de qué servían esas tentaciones si detrás de la bonita fachada no había una chispa de inteligencia, un poco de valor o el más mínimo orgullo? ¿Cómo podía haber pretendido a mujeres que eran menos arrogantes y tenían menos arrojo que Vita?

¡Qué mujer sería aquella joven algún día! Se la imaginaba ante sí cuando la inseguridad juvenil hubiera dado paso a la serenidad de una mujer adulta, cuando la rebeldía infantil fuera sustituida por la fría lógica y el recatado coqueteo por el ardiente deseo. Sólo pensar en su cabello, que formaba un pico en el centro de la frente, y en el pequeño lunar que adornaba su barbilla, llenaba a León de una dolorosa nostalgia. Y el recuerdo de sus dos hoyuelos, de la expresión de asombro y a la vez extasiada de su rostro, y del sonido de su piel sudorosa, caliente, rozando la suya, hacía correr una oleada de placer por todo el cuerpo de León. ¡Cielos, su sinhazinha había sido creada para el amor, y él le daría el suyo!

El hecho de que ella no hubiera respondido a ninguna de sus numerosas cartas no hizo disminuir su amor lo más mínimo, y tampoco le intranquilizaba demasiado. Sabía que ella estaba enfadada con él porque había emprendido aquel viaje repentinamente. También sabía que, si se hubiera quedado, ella le habría incorporado antes o después a la serie de admiradores cuyo único fin era cortejarla para luego, una vez satisfecha su vanidad, ser rechazados. Si quería dar consistencia a su relación, si quería asegurar su compañía para siempre, primero tenía que alejarse de ella, paradójicamente.

Había pensado que el tiempo de ausencia les vendría bien a los dos. Ella maduraría, sería más adulta, más inteligente, más sensual. Entretanto él haría lo posible para poder aparecer como su marido a los ojos de la sociedad conservadora. Y lo había conseguido: su nombre se había hecho famoso en Europa, y con ello se había convertido en Brasil en sinónimo de una causa a la que cada vez se apuntaban más conservadores. Se había confirmado de nuevo que nadie es profeta en su tierra hasta que se reconocen sus méritos en el extranjero.

La propia princesa Isabel, la hija del monarca, que se hacía cargo de los asuntos oficiales de su padre cuando éste estaba de viaje, le había rogado a León Castro que regresara.

Si antes había sido un ave del paraíso que adornaba las fiestas, pero al que nunca se confiaría a la propia hija, gracias a esta distinción, unida al cambio del clima espiritual en Brasil, se había convertido en un hombre cuya amistad se valoraba. Desde que algunos fazendeiros estaban también a favor de la abolición de la esclavitud, porque se avergonzaban de esta prueba del atraso de Brasil -y porque también se conseguía mano de obra barata procedente de Europa-, se veían en León Castro sólo las cualidades más elevadas que se deseaban para un país moderno: valor, inteligencia, energía, progresismo.

El coche de caballos se detuvo ante la casa de cuatro plantas en Flamengo en la que León ocupaba toda la planta baja. Para sus necesidades le bastaban esas seis habitaciones, y no merecía la pena comprar una casa propia para él y sus dos empleados.

– ¡Senhor León! ¡Bienvenido a casa!

– ¡Bia, Carlos! -León estaba emocionado de la alegría que mostraban sus sirvientes-. ¡Ah, qué bien estar de nuevo aquí!

– ¡Así que el chico tenía razón! Félix lleva varios días yendo al muelle porque estaba convencido de que llegaría pronto. ¡Qué suerte que el chico tenga tanto instinto!

– ¡Sorprendente! -dijo León, y se admiró de que Félix le conociera tan bien-. Bueno, dejadme entrar para que pueda darme por fin una ducha, llevo siglos soñando con ella.

Tras la casa había un patio y un pequeño jardín que estaban reservados para su uso particular. Allí había una primitiva ducha a la que subía el agua mediante una palanca. Uno de los mayores placeres de León era salir al jardín los días de calor y allí, entre el aroma del jazmín y protegido de las miradas curiosas de los vecinos de las plantas superiores por la espesa capa de hojas de los árboles, dejar correr el agua templada por su piel. León dejó la bata en la repisa de una ventana, y llevando un jabón, se puso bajo la ducha a esperar. Carlos bombeaba el agua. ¡Las primeras gotas, las que el sol había calentado, eran las mejores!

León se tomó su tiempo para su aseo personal, que en el barco infestado de bichos no había sido muy esmerado. Mientras silbaba la marsellesa, se enjabonó de pies a cabeza y se quedó allí de pie y con los ojos cerrados, bajo el chorro de agua. La espuma había desaparecido ya y Carlos se preguntaba qué encontraría su señor en aquella ducha. ¿Quién querría estar más tiempo del necesario bajo el agua? Aparte de que ya le dolía el brazo de tanto bombear.

León podría haber estado horas bajo la ducha. Sólo cuando vio a Carlos con el sudor resbalando por la frente, decidió poner fin a su aseo. Se enrolló una toalla alrededor de la cintura, entró en la casa goteando y su poco decoroso aspecto sorprendió a Bia, que se fue corriendo por el pasillo cuando lo vio. Le había dejado la ropa limpia preparada sobre la cama. León se puso un pantalón, se peinó el pelo mojado hacia atrás y se situó con el torso desnudo ante el espejo. Con una brocha de afeitar se enjabonó la cara y se afeitó a conciencia. Luego se roció agua de colonia por la cara y el cuerpo, se puso una camisa fina y se dirigió, fresco y de buen humor, al comedor. Sabía que, aunque no la hubiera encargado, le servirían allí una comida ligera.

Bastante frugal, por cierto. Había sopa de gallina, pan, queso y un poco de fruta.

– Senhor León, no contábamos realmente con que regresara hoy. Por eso sólo tenemos en casa lo más indispensable.

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