Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
La Fragancia De La Flor Del Café - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 142
Перейти на страницу:

– Déjalo, Bia, es suficiente. Me gusta -León dudó un instante, y luego prosiguió-. Dime, seguro que vosotros tenéis alubias guisadas. Sírveme un plato.

Bia se quedó sin habla. Claro que los negros tenían alubias, Carlos y ella las comían todos los días. Pero que un senhor -y para ella León Castro lo era, aunque le pagara un salario y no la tratara como a una esclava- quisiera comer ese modesto plato, no le había ocurrido nunca. Pero si él quería… Se fue a la cocina, pescó en el puchero un par de trozos de carne y tocino, y le llevó el plato. Luego observó desde la puerta cómo su amo devoraba la feijoada con sumo gusto.

– En Europa no tienen nada tan delicioso como esto, Bia.

La negra estaba segura de que su señor quería tomarle el pelo, e hizo un gesto que, si bien debía expresar su satisfacción, realmente reflejaba su recelo. León lo interpretó correctamente.

– No te preocupes, Bia, no me he vuelto loco. A lo sumo estoy loco de alegría de estar de nuevo aquí.

Mientras tanto, Félix había regresado a la oficina, que ya empezaba a odiar. Era el único negro que trabajaba allí, y su mudez era un motivo más para convertirlo en objetivo de las maldades de los demás. Pasar todo el día en aquel oscuro despacho, expuesto a lo que se les ocurriera a sus colegas y a sus jefes, no era nada agradable. Además, no podía permitirse cometer ninguna falta ni dar muestras de insubordinación. En las últimas semanas había renunciado a la pausa de mediodía para poder ir por la tarde, cuando llegaban normalmente los barcos procedentes de Europa, al puerto a esperar a León. Hoy, por fin, estaba León a bordo, y la alegría de Félix no tenía límites. Sólo cuando volvió al despacho se acabó su buen ánimo.

– ¿Dónde has estado tanto tiempo, holgazán? ¿Crees que puedes tomarte esas libertades porque has llegado aquí gracias a la protección del honorable León Castro? -Seu Nelson montó en cólera-, ¿Acaso creías que te íbamos a compadecer por tu defecto? ¿Crees que porque eres diferente te puedes comportar también de un modo diferente? ¿O es que piensas que porque el patrao te elogió una vez puedes permitirte ahora cualquier tontería? -La voz de Nelson García era cada vez más fuerte y estridente-. ¿Acaso piensas eso, negro inútil?

Los demás empleados simulaban estar sumamente concentrados en sus papeles, pero se reían para sus adentros. ¡Por fin! Aquel arrogante diablo se lo merecía. Desde que él trabajaba en las oficinas del comerciante de tabaco Bosi, la vida del resto de empleados ya no era la de antes. El muchacho era ambicioso, trabajador y listo. Trabajaba el doble que los demás por un modesto salario, y aunque el contable jefe, seu Nelson, ocultaba como podía los méritos del joven ante Jorge Bosi, el patrao ya se había fijado en Félix. Desde entonces todos tuvieron que trabajar mucho más, se acabaron las incontables pausas para ir a tomar café a la Confeitaria Francisco y los horarios relajados.

Félix miró al suelo y sacudió la cabeza. ¡Qué preguntas más tontas le hacía seu Nelson! ¿Cómo podía pensar alguien que él se creía mejor que los demás cuando todos los días le repetían con insistencia que no valía para nada en absoluto?

– Esta tarde te quedarás más tiempo, ¿entendido?

Félix asintió.

– Vas a fregar la oficina, vaciarás las escupideras y harás por fin los trabajos para los que has nacido.

Félix se permitió levantar la mirada.

– Y si me sigues mirando con ese descaro seguirás haciendo ese trabajo durante los próximos meses.

A Félix le costaba contener las lágrimas de rabia. ¿Por qué no le dejaban en paz? ¿Por qué no podía hacer tranquilamente su trabajo, que ya era un castigo en sí? ¿Por qué parecía que a todos les molestaba que supiera escribir y hacer cuentas? Los blancos no soportaban que un negro demostrara tener cerebro, mientras que los negros le envidiaban por realizar un trabajo que supuestamente era mejor. Sus vecinos de Quintino, un asentamiento de chabolas al noroeste de la ciudad, se metían con él continuamente diciendo que se estaba afeminando, que sus músculos se estaban aflojando, que sus pies ya no servían para ir descalzo, que con los trajes de empleado de oficina parecía un payaso. Nada de eso era cierto, pero le dolía. Si no fuera por Fernanda, que vivía en su mismo morro, el barrio pobre en la ladera de la montaña, y que tenía que luchar contra los mismos prejuicios, Félix se habría rendido hacía tiempo para hacer lo que los demás esperaban de él. Habría buscado un trabajo para el que hiciera falta mucha fuerza y poco seso, se habría emborrachado todas las tardes y habría hecho hijos al mayor número de mujeres posible.

Por suerte León estaba de nuevo allí. A Félix le resultaría más fácil aguantar, pues aparte de Fernanda no recibía el apoyo de nadie. Sólo una palabra de reconocimiento o elogio por parte de León compensaría todas las angustias y humillaciones. Y, quién sabe, quizás su ídolo tuviera incluso la posibilidad de buscarle trabajo en otra firma, en algún sitio donde le dejaran en paz, donde quizás no fuera el único negro y donde se le valorara por sus aptitudes. Al fin y al cabo, había otros hombres que debían estar en la misma situación que éclass="underline" mestizos ilegítimos de piel de color marrón claro que habían sido reconocidos por padres blancos y habían recibido una cierta educación; viejos que habían montado un pequeño negocio tras la entrada en vigor de una polémica ley según la cual había que conceder la libertad a todos los esclavos cuando hubieran cumplido los sesenta años de edad; negros que habían aprendido a leer y escribir en los orfanatos católicos; o aquellos que, como él mismo, con mucho esfuerzo y un poco de suerte habían conseguido vivir en libertad. ¿Pero dónde estaban? Félix sabía que había poetas, comerciantes, músicos, funcionarios, conductores de tren, empleados de banca y periodistas de origen africano, pero no conocía a ninguno.

Se sentía inmensamente solo en el mundo, más desamparado de lo que se había sentido nunca en Esperança. ¡Jesús! ¿Cómo pudo desear alguna vez querer salir de allí? Sólo ahora veía con claridad que, a pesar de las privaciones y las hostilidades, había pasado una época maravillosa en la fazenda de los fugitivos, una época sin las necesidades económicas que aquí en Río mostraban su peor cara, sin tener que luchar cada día para sobrevivir y en la que se había podido sentir como alguien especial.

Esperança, de la que figuraban como propietarios los Azevedo porque León les pagaba por ello, daba unos considerables beneficios. También prosperaba la fazenda del sur de Brasil que León había heredado de su padre y cuya dirección había dejado en manos de un administrador. León, con apenas veintinueve años de edad, era rico. Además, durante su estancia en Europa se había hecho tan famoso que por sus artículos de prensa le pagaban el doble que antes, y como protegido de la princesa Isabel no le iban a faltar encargos.

Estaba por fin en condiciones de dejar de depender del Jornal do Commércio y escribir para otras publicaciones. El redactor jefe había rechazado siempre enérgicamente las solicitudes de León en este sentido, pero ahora tendría que aceptar si no quería perder por completo al famoso periodista. Ya tenía ofertas de la Gazeta Mercantil, del Jornal do Brasil y de la Folha de Sao Paulo. Pero no quería tomar una decisión en aquel momento. Lo más importante ahora era plantearse el modo de actuación en otro asunto muy diferente.

En su escritorio reinaba un caos indescriptible después de haber estado horas mirando papeles. Pero no le importaba. Se estiró satisfecho en su silla giratoria y se pasó la mano por el pelo. Sí, no sabía muy bien cómo debía hacerlo, pero estaba claro que iba a hacerlo. Esta vez iba a hacer por fin lo que casi dos años antes su posición le había impedido hacer: iba a pedir la mano de Vitória.

1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 142
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)