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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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– La fiebre baja. ¡Gracias a Dios! -dijo el doutor Vieira.

Dona Alma se santiguó.

– ¿Cuántos días llevo aquí? -susurró Vitória.

Dona Alma y el médico se miraron como si les hubiera hablado un muerto.

– ¡Vita, cariño, estás despierta!

– Sí, y tengo hambre.

– ¡Doutor, la niña tiene hambre! ¿No es maravilloso?

Vitória no entendía qué había de maravilloso en ello.

Dona Alma tiró del cable de la campanilla y poco después apareció Miranda por la puerta.

– Trae enseguida algo de comer. Un caldo de gallina, fruta, pan blanco. ¡Vitória tiene hambre!

Dona Alma estaba loca de alegría.

– Nunca había visto una evolución tan mala de la fiebre amarilla -dijo el doctor-, y nunca curada del todo, si me permiten decirlo. En este caso han hecho falta realmente todos mis conocimientos médicos para curar a la joven.

¿Fiebre amarilla? El cerebro de Vitória comenzó a trabajar de nuevo, y sabía que no era la fiebre amarilla lo que la había postrado en la cama, sino otra enfermedad muy distinta que ella conocía. ¿Cómo podía haber llegado el doctor a aquel diagnóstico?

– ¿Cuántos días llevo enferma?

– Tres semanas, mi querido tesoro, tres semanas hemos estado temiendo por tu vida.

Debía de hacer al menos quince años que dona Alma no la llamaba “mi querido tesoro”. ¡Tres semanas! Vitória se tocó instintivamente la tripa. ¿Había salido todo bien? Si no, seguro que se le notaba ya un ligero abultamiento, ¿o no?

– Sí, no es extraño que tengas hambre, niña -interpretó dona Alma el gesto de Vitória de tocarse la tripa-. En todo este tiempo sólo has recibido alimentos líquidos. Y has adelgazado al menos cinco kilos. Ahora tenemos que procurar que te pongas fuerte.

– Sí, propongo que le demos a la señorita Vitória un poco de la bebida que a usted, estimada dona Alma, le sienta tan bien. Casualmente tengo una botellita aquí.

El médico abrió la mencionada botella y se la dio a Vitória. Esta tomó un trago, se estremeció y se la devolvió al doutor Vieira. Aquella bebida diabólica tenía al menos 40 grados de alcohol.

– Yo no bebo alcohol.

El médico miró a Vitória consternado y guardó de nuevo la medicina en su cartera.

– Apenas de vuelta entre los vivos ya es otra vez la insolente de siempre -intentó bromear.

– Cierre la boca, doutor -dijo dona Alma.

Vitória no podía creer que en tres semanas todo hubiera cambiado tanto.

Un par de días después ya se levantó. Inspeccionó Boavista como si nunca hubiera estado allí. Todo le parecía distinto, nuevo, excitante. Aunque no había cambiado nada en la fazenda. Todo seguía su curso habitual. Luiza molestaba a los esclavos de la cocina, Miranda trabajaba muy despacio, José sacaba brillo al coche de caballos, aunque éste no lo necesitaba, y Zélia seguía chismorreando por el patio.

Vitória la llevó a un lado.

– ¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo no ha notado nada el doctor?

– No ha sido difícil. Es un tonto y un charlatán. Te di extracto de caroteno para que se te pusiera la piel amarilla. Eso le ha confundido. De las hemorragias se han ocupado Luiza y Miranda, el doctor ni siquiera imaginó que el origen de tu enfermedad estuviera tan abajo.

– Yo… te estoy muy agradecida. Toma, coge esto, creo que con ello estás bien pagada.

Luego se giró y volvió a casa a toda prisa.

Zélia la miró con gesto de incredulidad. Nunca había tenido en la mano una joya tan hermosa como aquel colgante en forma de rama de café.

LIBRO DOS

1886-1888

Capítulo doce

Pedro y su mujer paseaban por la arena agarrados de la mano. Iban descalzos y cada uno llevaba sus zapatos en la mano que le quedaba libre. ¡Qué fresco era el aire en Copacabana! ¡Qué gusto daba respirar la fina niebla marina que cubría la costa! El ruido del oleaje era fuerte, y a veces tenían que esquivar alguna ola que avanzaba más que otras por la arena seca. Cada vez que la espuma blanca del agua rozaba sus pies, Joana daba un pequeño grito y se echaba en brazos de Pedro. Él se reía y se sentía a gusto en su papel de protector, aunque sabía que Joana no tenía miedo del agua. Pero aquello formaba parte de su ritual dominical, al igual que la posterior comida en el merendero que un avispado mesonero había abierto en medio de las pobres cabañas de pescadores dispersas por la zona y que los sábados y los domingos siempre estaba lleno. Pedro había oído que algunas familias se estaban construyendo casas en este lugar para pasar el verano, y que si aquello seguía así, Copacabana se convertiría algún día en un auténtico pueblo. ¿Debía comprar allí un terreno? Los precios eran tan bajos que con aquella inversión no arriesgaría mucho.

– Qué pena que hoy no podamos bañarnos. Ya me había acostumbrado a zambullirme una vez a la semana en el agua salada. Me sienta bien.

– Sí -contestó Pedro-, a mí también me sienta bien. Y es agradable, ¿no te parece? Pero, aunque sé nadar, la fuerza de las olas y las corrientes a veces me dan miedo. Un día va a ocurrir una desgracia. La gente es muy confiada, la mayoría no sabe nadar y a pesar de ello se meten mar adentro.

– ¡Ay, siempre tienes que verlo todo negro! -dijo ella, al tiempo que le revolvía a Pedro su pelo rizado y le daba un beso en la mejilla-. Si hubiera sabido que eras tan pesimista, no me habría casado contigo.

– Seguro que lo habrías hecho, pues aparte de mí no había nadie que te quisiera.

– ¡Por favor! Estás en un grave error. No te he contado nada sobre la legión de admiradores que tenía porque no soporto verte sufrir.

Pedro se detuvo de repente y Joana se acercó a él. Él la tomó en sus brazos, la besó y dio varias vueltas llevándola en volandas mientras ella gritaba feliz. ¡Cómo adoraba a su mujer, tan menuda y elegante, con su suave cuerpo redondo y su cara tan graciosa, con aquella nariz grande que no parecía encajar mucho en su rostro, pero que hacía que él la quisiera aún más! Cuando ella sonreía como ahora y veía su rosada lengua detrás de sus blancos dientes, recorría su cuerpo tal sentimiento de felicidad que creía morir. A veces la miraba y pensaba que tenía una mujercita muy dulce, hasta que ella decía algo sumamente sensato con su profunda voz, y entonces él la idolatraba.

Cuando la dejó en el suelo, se puso seria.

– ¿Sabes una cosa? Si tú no me hubieras querido, no me habría ido con ningún otro. Entiendo a Vita, yo haría exactamente lo mismo. O tengo al hombre adecuado o no tengo a ninguno.

Pedro la miró fijamente a sus grandes ojos oscuros.

– No puedes seguir animándola a comportarse como una mula terca. Ella no sabe quién es el hombre perfecto para ella. ¿Acaso León Castro?

– Naturalmente.

– Claro que no. Además, pareces olvidar que ya no está en Brasil.

– ¿No eres tú quien me ha contado que pronto regresará? Yo sigo creyendo que es el hombre perfecto para ella. Él la ama, y ella también le quiere a él. Todavía no he visto a dos personas en las que eso sea tan evidente.

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