La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– ¡Qué bien que hayas venido a buscarme! Pero hazme un favor y quítate esa horrible cosa de la cabeza. No te queda ni la mitad de bien que tu pelo natural. Y seguro que con ella te suda tanto la cabeza que te va a afectar al cerebro.
Félix no entendía muy bien qué había de malo en la peluca. Se la había puesto especialmente para la ocasión, y con ello sólo quería demostrar lo que había crecido y el éxito que había alcanzado en ese tiempo. León debía sentirse orgulloso de él en lugar de reprenderle. Pero se la quitó.
– ¡Ah, es estupendo poder pisar tierra firme! Y notar de nuevo este brutal calor. Cuando salimos de Southhampton había diecinueve grados bajo cero. ¿Puedes imaginártelo, Félix? Hacía tantísimo frío que había placas de hielo flotando por el puerto. El frío era tan increíble que la saliva se te helaba en la boca si la dejabas un rato abierta.
No, Félix no podía imaginárselo. En el invierno más duro que había vivido las temperaturas apenas rozaron los diez grados… sobre cero, por supuesto. Había pasado mucho frío y había tenido una horrible tos que tardó semanas en curarse. No podía ni quería imaginar un frío mayor, y no entendía por qué los blancos ricos viajaban continuamente a países con un clima tan inhumano. Al parecer, en Inglaterra, Francia, Estados Unidos, incluso en Portugal, cuando llovía en invierno no caían gotas del cielo, sino pequeños trocitos de hielo. Nieve. Había visto la fotografía de un paisaje nevado, pero no le había encontrado ningún encanto. Félix sólo recordaba cómo se le habían quedado los pies cuando pisó un charco y tuvo que estar todo el día con los zapatos mojados sentado en su escritorio, sobre el piso enlosado y frío de la oficina. No, la nieve no le parecía romántica o bella, la encontraba sumamente desagradable. El infierno, con toda probabilidad, no era el fuego abrasador; en el infierno debían de helarse los pecadores.
León sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se secó las gotas de sudor de la frente. En la segunda mitad de la travesía, cuando pasaron las Islas Canarias y cruzaron el Atlántico, el sol ya calentaba con fuerza, aunque el viento de la marcha impedía que sintieran calor. Allí, en el puerto de Río de Janeiro, no soplaba ni una pequeña brisa. Había al menos treinta y ocho grados, y después de año y medio en Londres y París no estaba acostumbrado a aquellas temperaturas tan sofocantes.
Tampoco estaba preparado para la imagen que ofrecía la ciudad. Al entrar en la bahía de Guanabara la impresionante belleza del escenario natural le había desbordado. Ahora contemplaba asombrado el espectáculo del puerto. ¿Había sido siempre tan salvajemente caótico, una explosión divina e infernal a la vez de colores, ruidos y olores? ¿Había sido siempre el cielo tan profundamente azul, habían tenido las palmeras del paseo tantos cocos antes de su partida, vestía antes la gente con tantos colores que parecían papagayos? ¡Qué maravilloso era todo! ¡Y cuánto lo había echado de menos! En aquel momento León sintió que era enteramente sudamericano, que no estaba hecho para los grises inviernos ingleses, por muy agradables que fueran las veladas con un brandy y una pipa junto a la chimenea. Al lado de esto, todo lo demás no valía nada. ¡Por fin en casa!
Félix y León se abrieron paso entre la multitud, pasaron junto a un puesto en el que se vendían mangos, papayas, piñas y bananas.
– Félix, ¿tienes algo de dinero? Yo no tengo un solo vintén, tengo que cambiar.
Félix hurgó en el bolsillo de su pantalón y sacó una moneda de cien réis que le dio a León.
León observó la moneda con detenimiento.
– Tendré que acostumbrarme de nuevo a nuestra moneda. Con nuestro precioso idioma me he familiarizado de nuevo en el barco, gracias a Dios.
Le dio la moneda al vendedor de fruta y agarró del cesto un mango, disfrutando mientras comprobaba su grado de madurez.
Cuando se iba a marchar, el frutero le gritó:
– Con lo que me ha pagado puede coger ocho piezas de fruta más.
– ¡Está bien! Póngame un par de ellas de cada variedad.
Félix tomó las frutas y las puso sobre una de las maletas de León. Su amo le sorprendía. ¿Se podía olvidar realmente la lengua propia? ¿Se podía olvidar el manejo del dinero de tu país? ¿Y qué le parecía tan fascinante en un mango normal? Esas frutas crecían por todos lados, en algunos sitios eran tan abundantes que nadie las recogía, sino que caían al suelo, donde se pudrían y hacían los caminos muy resbaladizos.
León, por su parte, se sorprendió de lo bajos que eran los precios. Por cinco vintéms en Inglaterra habría comprado sólo dos manzanas. Sacó del bolsillo una moneda de seis peniques y se la dio a Félix.
– Toma, para ti. Al cambio vale quinientos réis, quizás algún día te sea útil. De lo contrario, te la cambiaré.
Félix sabía que nunca utilizaría aquella moneda, pues lo último que deseaba era hacer un viaje a Inglaterra. No obstante, la conservaría. Una moneda tan exótica se había ganado un sitio en su pequeña caja, que era casi idéntica a la que tenía antes de fugarse. La nueva caja de cigarros también la guardaba como un gran tesoro, y la llenaba con todo tipo de cachivaches que le parecían dignos de ser conservados. Félix sabía que ya era demasiado mayor para esas chiquilladas, pero nadie tenía por qué enterarse.
Con mucha suerte y con la afortunada intervención de Félix, consiguieron un coche de caballos. Cuando abandonaron la zona del puerto en dirección sur, León se alegró de que Félix no pudiera hablar. Disfrutó de la panorámica de la ciudad en silencio. ¡Cuánto había cambiado! En la Rúa da Misericordia habían levantado un gigantesco palacio, la Rúa do Ouvidor tenía un pavimento nuevo, en la Praca Tiradentes había abierto sus puertas un nuevo teatro y en el paseo marítimo de Gloria habían plantado palmeras nuevas. Si Río seguía creciendo a aquel ritmo, pronto podría hacer la competencia a Londres y París.
El carruaje avanzaba tranquilamente por las calles.
– ¡Eh, cochero! ¿Se ha dormido?
El cochero miró a León sin comprender. Iba a la misma velocidad que los demás. Félix también lanzó a León una mirada llena de perplejidad.
León se dio cuenta de que sus prisas estaban fuera de lugar.
– ¿Sabes, Félix? En Europa todo sucede más deprisa que aquí. Todos tienen siempre prisa. Tengo que acostumbrarme de nuevo a que en Brasil los relojes van más despacio.
No obstante, León le pidió al cochero que fuera más deprisa. Quería llegar a casa. Tenía la imperiosa necesidad de lavarse, cambiarse de ropa y volver a estar activo. Durante los veintiocho días de travesía había escrito un poco, pero por lo demás se había visto condenado a la inactividad. Y había mucho trabajo por hacer.
Su empeño en abolir la esclavitud había dado sus frutos en Inglaterra. La élite, que se vanagloriaba de su altruismo, le recibió con los brazos abiertos, le escuchó con gran entusiasmo, le apoyó y le dotó de medios económicos para continuar su lucha. Llegó como corresponsal del Jornal do Commércio, se marchó como héroe de una causa sagrada. Pero también como un hombre sumamente inseguro. Pues lo que León Castro vio en Inglaterra era peor que las condiciones que se daban en su país: minas en las que se mataban a trabajar niños llenos de piojos y demacrados, cuyos rostros cubiertos por una espesa capa de polvo negro parecían tan viejos como el mundo mismo; fábricas de tejidos en las que familias enteras se dejaban los dedos trabajando, sin ganar lo suficiente para llevar con dignidad un vida modesta; imprentas, fundiciones de acero o aserraderos en los que una gran parte de los obreros trabajaba con la mirada apática y las extremidades agarrotadas en máquinas cuyo funcionamiento ininterrumpido era más importante que el bienestar de los trabajadores; muchachas apenas mayores de doce años y mujeres ajadas que vendían su cuerpo medio desnudas por las calles de Londres, combatiendo el frío y la humedad sólo con la ayuda del aguardiente. Los ingleses presionaban a Brasil para que acabara con la vergonzosa esclavitud… mientras esclavizaban a su propio pueblo. ¡Qué asquerosa hipocresía! A pesar de todo, León hizo frente a sus dudas internas y continuó, si bien a disgusto, convenciendo a ricos y poderosos de que debían intensificar su presión sobre Brasil. Una potencia económica como Inglaterra podía conseguir mediante un par de sanciones más que tres millones de negros a los que se había privado del pensamiento y la voluntad.