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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– Y yo -respondió Gabriella con una sonrisa.

Al principio lo había temido, pero ahora ya no le parecía tan terrible. Había perdido muchas cosas, pero también había encontrado algo, un diamante fulgurante en la nieve. Y mientras subía a su cuarto pensando en el profesor, se dijo cuán triste habría sido habérselo perdido.

17.-

El día de Acción de Gracias fue una fiesta muy hermosa para todos. Un grueso manto de nieve cubría las calles y la ciudad entera se había detenido. La gente esquiaba en Central Park y los niños hacían muñecos de nieve en la calle. La señora Boslicki preparó un pavo inolvidable. Era tan grande que a duras penas había cabido en el horno. Y como cada año, el profesor Thomas fue el encargado de trincharlo. Todo el mundo tenía alguna historia divertida que contar acerca de otras celebraciones donde todo había salido al revés, de familiares espantosos o de detalles absurdos sobre la infancia.

Y después de comer salieron a dar un paseo. El restaurante Baum’s había cerrado ese día y Gabriella se alegraba de pasarlo con los demás huéspedes. Era como la hija, la sobrina o la nieta favorita de cada uno de ellos. En los dos meses escasos que llevaba en la casa, todos le habían tomado un gran cariño.

Y el resto del fin de semana lo pasaron hablando de las compras de Navidad. La señora Boslicki y la señora Rosenstein fueron de compras a Macy’s y aseguraron que no cabía un alfiler. Y Gabriella, que tenía el fin de semana libre, lo pasó en su habitación escribiendo un relato, y el domingo por la noche dejó cae el cuaderno en el regazo del profesor con expresión altanera.

– ¡Toma! Para que no te quejes más.

– Vale, vale… Y ahora, veamos qué has escrito.

Hasta él se quedó atónito esta vez. Era un relato navideño brillante, lleno de dramatismo y de escenas conmovedoras. Estaba elegantemente escrito, y el sorprendente giro del final era genial. Cuando hubo terminado de leerlo el profesor dejó escapar un silbido de admiración. Gabriella le había estado observando desde un rincón, sobre una cómoda butaca, con los brazos cruzados.

– ¿Te ha gustado? -preguntó con nerviosismo.

– ¿Qué si me ha gustado? ¡Me ha encantado!

El `profesor estaba entusiasmado e insistió en que había que publicarlo. Esta vez no iba a permitir que Gabriella lo negara.

– Todavía tengo que pulirlo.

– ¿Qué tal si te hago algunas correcciones primero? -sugirió el profesor, y se guardó el cuaderno en el bolsillo antes de que ella protestase.

Luego le propuso una partida de dominó para distraerla, y Gabriella estaba tan contenta que hubiera hecho cualquier cosa por complacerle. Había trabajado duro y estaba muy satisfecha con el resultado. Incluso ella tenía que admitir, aunque regañadientes, que era su mejor relato. Esa noche ganó al profesor al dominó y se fue a dormir con una profunda sensación de victoria y feliz de haber terminado el relato. Había estado trabajando en él hasta las tres de la madrugada. Era la primera vez que sentía un dominio pleno del tema, y la sensación resultaba embriagadora.

Al día siguiente fue al trabajo con la alegría todavía a flor de piel. Después de haber cerrado durante el fin de semana, el señor Baum había decidido abrir el lunes. El profesor Thomas seguía visitando a Gabriella cada día, unas veces acompañado de otro inquilino y otras solo, y esa tarde, antes de marcharse del restaurante, Gabriella le rogó que fuera con cuidado. La nieve se había helado y el suelo estaba resbaladizo.

Los clientes se hallaban de muy buen humor ese día y todos hablaban de los preparativos de Navidad. Incluso los Baum, tras haber pasado el día de Acción de Gracias con sus tres hijas, estaban más habladores de lo normal y recibían a sus clientes con una alegría impropia de ellos. Preguntaron a Gabriella cómo había pasado las fiestas, lo cual tampoco era normal, pues en realidad la veían como una simple trabajadora y no parecían interesados en saber de ella.

Y esa noche, cuando Gabriella llegó a casa, la señora Boslicki asomó la cabeza por el vestíbulo y le hizo señas para que se acercara. Gabriella temió que al profesor le hubiese ocurrido algo, pero la casera parecía muy animada para ser la portadora de malas noticias.

– Tenemos un nuevo huésped -dijo con aire triunfal. Llevaba varias semanas intentando alquilar la habitación del viajante.

– Estupendo -la felicitó Gabriella, aliviada.

En a penas dos meses el profesor se había convertido en alguien muy importante para ella. Era su única familia, y a veces Gabriella se preocupaba tanto por él que hasta tenía pesadillas. Todavía dormía a los pies de la cama, y aún más desde que dejó el convento.

– Es muy guapo -añadió la señora Boslicki.

– Qué bien -dijo Gabriella sin entender qué tenía que ver eso con ella.

La señora Boslicki, sin embargo, parecía encantada. Gabriella sonrió y se preguntó si habría tenido un flechazo con el nuevo inquilino.

– Tiene veintisiete años y es muy inteligente. Ha ido a la universidad.

Gabriella sonrió de nuevo, ligeramente divertida. Los hombres le traían sin cuidado, por muy inteligentes o atractivos que fueran. El único hombre que necesitaba hora en su vida era el profesor.

– Buenas noches, señora Boslicki.

Había tenido un día duro, pero las propinas habían sido generosas. Últimamente se había comprado algo de ropa y sospechaba que los Baum se alegraban tanto como ella, pues más de una vez habían hecho comentarios sobre sus horribles vestidos. Ahora casi siempre vestía faldas y jerseys. También se había comprado un collar de perlas falsas, y un día que se miró al espejo temió que estuviera empezando a parecerse a su madre, pero al profesor le encantaba su aspecto y no dudaba en hacérselo saber. Siempre le decía que era idéntica a Grace Kelly.

Gabriella se alegraba de que la habitación del nuevo huésped estuviera en la segunda planta y de que no tuviera que compartir el cuarto de baño con él. Su baño era sólo para mujeres. Y confió en que pasara mucho tiempo antes de encontrárselo.

Pero al día siguiente tropezó con él cuando salía hacia el trabajo envuelta en un grueso abrigo gris, una de sus últimas adquisiciones, y unas orejeras blancas. El nuevo huésped estaba en la puerta ayudando a la señora Boslicki con una bolsa de comestibles y sonrió amablemente a Gabriella.

– Hola, soy Steve Porter -dijo-, el nuevo niño del barrio.

– Hola -dijo ella, alegrándose inconscientemente de que no le resultara tractivo.

Steve Porter era un joven de cabello negro y espeso y ojos oscuros, y alto y delgado aunque de espalda ancha. Tenía un aspecto muy distinguido, pero Gabriella notó algo en él que no le gustaba, y camino del trabajo dedujo que era su arrogancia. Se sentía muy seguro de sí mismo y se tomaba demasiadas confianzas. Era muy distinto de Joe, que para ella se había convertido en un modelo de perfección. Desde el primer momento había notado que el nuevo huésped no le agradaba, y así se lo hizo saber al profesor durante una partida de dominó.

– ¡No seas quisquillosa! -le espetó el anciano-. Es un muchacho agradable. Es guapo y probablemente lo sabe, pero eso no le convierte en un villano.

– No me gusta -insistió Gabriella.

– Lo que pasa es que tienes miedo de que vuelvan a hacerte daño. Has de saber que no todos mueren o se marchan, ni todos van a herirte -repuso él.

Gabriella sacudió la cabeza, y negándose a continuar con la conversación, mostró un súbito interés por ganar, pero ambos sabían que fingía. El profesor tuvo la sensación de que estaba asustada. La presenciad e Steve Porter en la casa constituía una amenaza para ella, lo cual no era de extrañar después de haber pasado toda su adolescencia en un convento.

– No te preocupes más -le tranquilizó el profesor-. Es probable que él tampoco esté interesado en ti.

Advirtió que Gabriella ponía cara de alivio, pero en el fondo esperaba estar equivocado y que Steve acabara interesándose por ella. Parecía un buen tipo y el anciano opinaba que sería bueno para Gabriella tener una auténtica cita. La joven no mostraba interés por ver a nadie salvo a él, lo cual resultaba muy halagador pero poco saludable para ella. Decidió que a lo mejor, si dejaba el tema de lado, los dos jóvenes acabarían encontrándose.

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