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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– Mis padres me dejaron allí. Es el único hogar que he conocido.

Sin embargo lo había abandonado. El profesor, no obstante, se abstuvo de preguntarle el motivo, pues intuía que la joven no quería hablar de ello.

– La vida de monja debe de ser muy dura. El celibato nunca ha sido mi fuerte -dijo el anciano con un guiño-, hasta ahora. -miró a la señora Rosenstein, que estaba jugando al bridge, y él y Gabriella se echaron a reír. Durante cuarenta años el profesor Thomas sólo había tenido ojos para su esposa, y aunque gozaba de buenas amigas aquí, nunca había querido casarse con otra mujer-. Solía tener charlas muy interesantes con mis jesuitas sobre ese tema, pero nunca me convencieron de la validez de esa teoría. -Gabriella pensó en Joe y el profesor vio dolor en su cara-. ¿He dicho algo inoportuno? -preguntó.

– No, no… Es sólo que echo mucho de menos a las hermana s-explicó ella con lágrimas en los ojos-. Fue muy duro dejarlas.

Hablaba como si la hubieran obligado a ello, y el profesor decidió que era el momento de cambiar de tema.

– Háblame de tus relatos -dijo.

– Hay poco que contar -Gabriella le sonrió agradecida-. De vez en cuando escribo alguna cosilla. Nada de lo que valga la pena hablar, y desde luego, nada comparable al nivel al que usted estaba acostumbrado en Harvard.

– Los mejores escritores suelen decir esas cosas, mientras que los peores siempre insisten en lo magnífica que es su obra. Cuídate del escritor que te asegure que su novela te va a encantar. Te habrás dormido antes de terminar el primer capítulo. -Gabriella rió mientras el profesor agitaba un dedo para dar énfasis a su teoría-. Y dicho esto ¿cuándo podré ver algo de su obra, señorita Harrison? -era amable pero insistente, y en opinión de Gabriella estaba dando a su trabajo más importancia de la que merecía.

– No la tengo aquí.

– Entonces escribe algo. Solamente necesita papel, un bolígrafo y un poco de inspiración. -y tiempo, perseverancia y alma, un alma que Gabriella creía extinguida desde la muerte de Joe-. Te aconsejo que mañana te compres un cuaderno. -el profesor acababa de tocar otra herida, y comprendió que hablar con Gabriella era como caminar por un campo de minas-. ¿Has escrito alguna vez un diario? -preguntó inocentemente y frunció el entrecejo al ver la cara de pena de Gabriella.

– Sí… pero lo he dejado.

Consciente de que era un tema doloroso, el profeso no le preguntó por qué. Gabriella tenía muchas heridas para ser tan joven y algunas parecían muy recientes.

– ¿Qué te gusta más: la poesía o el relato corto?

Le gustaba hacerla hablar, como también estar sentado junto a ella. Era tan joven y bonita. El estar a su lado le transportaba un pasado muy lejano, cuando Charlotte y él estudiaban en la Universidad de Washington. Le contó a Gabriella que se casaron una semana después de graduarse, y lo único que el profesor lamentaba era no haber podido tener hijos. Pero durante cuarenta años sus estudiantes habían sido sus hijos. Ella enseñaba música, teoría y composición, y solía escribirle canciones con letras preciosas.

– Debió de ser una mujer extraordinaria -dijo Gabriella con una sonrisa.

– Lo era. Algún día te enseñaré una foto. Charlotte era muy guapa de joven y yo, la envidia de todos. Nos comprometimos cuando teníamos veinte años.

y tras averiguar que Gabriella tenía veintidós, el profesor sonrió yle dio unas palmaditas en la mano con sus dedos nudosos.

– No tienes ni idea de lo afortunada que eres, querida. No pierdas el tiempo lamentándote por los lugares y la personas que has perdido. Tienes toda una vida que llenar, muchos momentos, años y personas buenas por delante. Debes correr a su encuentro.

Gabriella, sin embargo, no podía correr. Apenas conseguía arrastrarse, pero aquellas palabras le llegaron muy hondo.

– A veces es difícil no mirar atrás -murmuró y en su caso los recuerdos eran muchos, no todos ellos agradables.

– Todos tendemos a eso, pero el secreto está en no hacerlo muy a menudo. Quédate con los buenos momentos y deja atrás los malos.

Pero Gabriella tenía demasiado de lo último y los momentos buenos habían sido excesivamente breves y escasos salvo durante los años tranquilos del convento. Y ahora hasta ese recuerdo le resultaba doloroso. Admiraba al profesor. Aunque se hallaba prácticamente al final de sus días, seguía contemplando la vida con entusiasmo e interés. Le gustaba hablar con Gabriella y mantenerse en contacto con la juventud y todavía conservaba la ilusión de vivir y el sentido del humor. Gabriella estaba impresionada. El hombre era un buen ejemplo para los demás huéspedes que tanto se quejaban de su salud, sus dolencias, su pensión, los amigos fallecidos, el estado de las aceras de Nueva York y los excrementos de perro que las cubrían. Al profesor Thomas todo eso le traía sin cuidado. Estaba más interesado en Gabriella y en la vida que ésta tenía por delante. Le estaba ofreciendo un mapa cuyos caminos llevaban hacia la felicidad y la libertad.

Esa noche hablaron largamente. El profesor nunca jugaba al bridge con los demás huéspedes porque lo detestaba, pero al final jugó al dominó con su nueva amiga. Ganó todas las partidas pero Gabriella aprendió mucho de él, y al final, cuando subió a su habitación, había pasado una noche encantadora. Lo que compartía con el profesor eran pequeños placeres, mas de repente tuvo la sensación de que su vida estaba llena de nuevas aventuras. Había pasado la noche hablando con un anciano de ochenta años mucho más interesante que la gente de cuarenta o veinte. Estaba impaciente por volver a conversar con él. Gabriella hasta le había prometido que pasaría a verle antes de ir al trabajo y que compraría un cuaderno.

Al día siguiente, cuando el profesor Thomas llegó solo al restaurante porque la señora Rosenstein tenía hora con el urólogo, preguntó a su joven amiga si lo había hecho.

– ¿Si he hecho qué? -había tenido una tarde muy movida y estaba algo distraída.

– Comprar un cuaderno.

– Oh -sonrió victoriosa, sorprendida por la insistencia del anciano-. Sí.

– Estoy impresionado de ti. Debes empezar a llenarlo esta misma noche, cuando llegues a casa.

– Por las noches estoy demasiado cansada para escribir.

Todavía estaba débil por la hemorragia sufrida durante el aborto, pero no quería que nadie lo supiera. El médico había dicho que tardaría varios meses en recuperarse y Gabriella empezaba a creerle. El profesor, no obstante, no aceptó sus excusas.

– Entonces escribe por la mañana. Quiero que escribas cada día. Es bueno para el corazón, el alma, l mente, la salud y el cuerpo. Si de verdad eres escritora, la escritura es un soporte vital sin el cual no puedes ni debes vivir. Escribe cada día -insistió, y fingiendo dureza añadió-: Y ahora ve por mi pastel de manzana.

– Sí, señor.

El profesor Thomas era como el abuelo benevolente que Gabriella no había tenido, una figura con la que ni siquiera había podido soñar. Siempre había estado demasiado concentrada en sus padres. La presencia del anciano en su vida era una auténtica bendición.

Venía a verla cada día, y los lunes, el día libre de Gabriella, adoptó la costumbre de llevarla a cenar. Le hablaba de sus días en la universidad, de su mujer, de su infancia en Washington. Había pasado muchísimo tiempo, y sin embargo el profesor era una persona moderna y muy enterada de lo que ocurría en el mundo actual. A Gabriella le encantaba charlar con él, pero lo que más le gustaba era escucharle. Y hablaban, sobre todo, de literatura. Gabriella habría escrito finalmente un relato que dejó impresionado al profesor. Y tras hacerle algunas correcciones, éste le explicó cómo desarrollar la trama de forma más efectiva y le aseguró que tenía verdadero talento. Gabriella trató de desestimar sus cumplidos. El anciano se enfurruñó y agitó su famoso dedo. Era un gesto que siempre había intimidado a sus estudiantes, pero Gabriella no temía al profesor Thomas. Todo lo contrario. Cada día le quería más.

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