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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– Es de Boston -respondió la señora Boslicki.

Gabriella se puso repentinamente nerviosa. El profesor Thomas había enseñado en Harvard y probablemente conocía bien la ciudad, mientras que ella no.

– Mi madre vive en California.

– ¿Dónde exactamente? -preguntó una mujer que tenía una hija en Fresno.

– En San Francisco -contestó Gabriella como si hubiera hablado con su madre el día antes.

– Las dos son ciudades maravillosas -comentó el profesor Thomas mirando a Gabriella.

Aquella muchacha tenía algo que le conmovía, algo profundo y triste, y tremendamente desamparado. La señora Boslicki lo habría atribuido a la añoranza, pero era algo más ahondo y crudo, y el anciano percibía en la joven un aura de tragedia.

La dulzura de Gabriella contuvo a todos. Después de hablar con cada uno de los huéspedes, subió a su curto con un juego de toallas limpias que la señora Boslicki le entregó.

– Qué muchacha tan encantadora -opinó la señora Rosenstein, y otra mujer comentó que le recordaba a su nieta de California-. Está muy bien educada. Debe de tener unos padres muy cultos.

– No necesariamente -le contradijo el profesor Thomas-. Algunos de mis mejores estudiantes, y los más agradables, provenían de familias más cafres que Atila, y entre los más inteligentes los había con padres increíblemente estúpidos. Los genes pueden dar muchas sorpresas.

A Gabriella le habría aliviado oír eso. Llevaba toda la vida temiendo descubrir en su personalidad aspectos de su madre, pero hasta ahora, y para su tranquilidad, no había aparecido ninguno. Por eso, hasta que conoció a Joe, nunca había querido tener hijos.

– Es una muchacha muy agradable. Espero que se quede con nosotros una temporada -dijo el anciano con cariño.

– dudo que se vaya de aquí ahora que ha encontrado trabajo -tranquilizó a señora Boslicki a sus inquilinos. Todos agradecían la presencia de un alma joven en la casa, si bien Gabriella era una muchacha muy reservada-. Me parece que no tiene amigos. Sus padres no la han llamado en toda la semana y nunca pregunta si hay mensajes para ella. Tengo la impresión de que no espera ninguna llamada.

Los inquilinos, en su mayoría jubilados, se fijaban en todo, pues no tenían nada mejor que hacer con su tiempo. De vez en cuando llamaba a la puerta un huésped joven, pero sólo se quedaba hasta que ahorraba un poco de dinero y se iba a otro lugar. Actualmente, el residente más joven aparte de Gabriella era un vendedor de cuarenta y pocos años recién divorciado. El hombre no había pasado por alto el atractivo de Gabriella cuando se detuvo en la sala de estar para dar las buenas noches camino del cine. Gabriella, sin embargo, apenas le prestó atención, pues estaba hablando con el profesor Thomas.

– Me gustaría tener más conversaciones con ella -dijo el profesor Thomas y la señora Rosenstein sonrió.

– Si tuvieras cincuenta años menos me preocuparía.

Llevaba muchos años enamorada de él, pero su relación era estrictamente platónica.

– ¿Debería tomármelo como un cumplido? -el profesor miró a la señora Rosenstein por encima de las gafas-. Me pregunto qué hace una muchacha con esa cabeza y con un diploma de Columbia trabajando de camarera.

– Hoy día no es fácil encontrar trabajo -dijo la señora Boslicki, pero el profesor intuía que había algo más.

Al día siguiente la vio salir y se detuvo a hablar con ella. Gabriella se dirigía a su nuevo trabajo y llevaba el mismo vestido que el día anterior. Era tan feo que estaba ridícula, y sólo conseguía aumentar el contraste con su belleza. Con lo bonita que era, se dijo el profesor, podía ponerse hasta un plumero en la cabeza.

– ¿Adónde vas? -preguntó el anciano.

Gabriella todavía estaba pálida y parecía cansada, y él se preguntó si había dormido bien.

– Al restaurante Baum’s -respondió ella con una sonrisa.

El profesor llevaba el pelo más crispado que nunca, como si hubiese metido un dedo mojado en un enchufe.

– Estupendo. Iré a verte más tarde y me sentaré en una de tus mesas.

– Gracias -dijo Gabriella, conmovida por su interés.

Y al salir la señora Boslicki la saludó con la mano desde la ventana de la sala de estar. Estaba regando las plantas y uno de sus numerosos gatos se le había subido a la espalda. Era una casa extraña, se dijo Gabriella, llena de personas mayores y raras, pero le gustaba. Era un buen lugar para vivir después del acogedor convento. Y aunque hubiera podido permitirse un apartamento, sabía que en él se habría sentido muy sola.

Llegó al restaurante Baum’s con diez minutos de antelación y procedió a ponerse un delantal limpio mientras la señora Baum le explicaba cómo funcionaban las cosas. El señor Baum, como siempre, estaba comprobando la caja registradora, y se alegró de ver el agradable aspecto de su nueva empelada. El vestido, aunque feo, estaba limpio y la joven había sacado brillo a sus zapatos y se había recogido el pelo con una diadema. Todavía le tenía muy corto, pero lo llevaba lavado y bien peinado.

En opinión de los Baum, era perfecta. Y por la tarde estaban más que encantados con ella. Gabriella era educada con todos los clientes, anotaba meticulosamente los pedidos y no se había confundido ni una sola vez de plato. Para colmo, era rápida y capaz de atender varias mesas a la vez. En cierto modo era como servir las mesas del convento. Había que ser rápida y organizada, y Gabriella lo era. Y cuando el profesor Thomas y la señora Rosenstein entraron en el restaurante ya se sentía como en casa.

La pareja pidió pastel de manzana, tarta de ciruela y dos cafés con crema, y dejaron una generosa propina que Gabriella, turbada, acabó por aceptara y agradeció profusamente. Antes de marcharse se detuvieron a charlar con el señor Baum y le alabaron el pastel de manzana.

A partir de ese momento el profesor Thomas y la señora Rosenstein acudían al restaurante cada día y a la misma hora. Se había convertido en una suerte de ritual, pero Gabriella se negaba a aceptarles la propina. Decía que el simple hecho de tenerles en el restaurante era propina suficiente.

El lunes, al regresar de la lavandería, se encontró con la señora Rosenstein que volvía del dentista. La mujer la invitó a sentarse con ellos esa noche en la sala de estar, y más tarde comentó a la señora Boslicki que Gabriella tenía mejor aspecto. Parecía bastante recuperada y ya no estaba tan pálida. Y esa noche el profesor Thomas advirtió menos tristeza en su cara. Él y Gabriella estaban charlando afablemente mientras los demás jugaban a cartas cuando de repente, con voz queda, el anciano le preguntó algo que la dejó perpleja.

– El señor Baum me dijo que eras monja.

Gabriella no había contado con que el señor Baum pudiera decírselo a alguien. Únicamente había mencionado ese hecho para conseguir el trabajo, pues era su única experiencia sirviendo mesas. El profesor se preguntó si ésa era la razón de su tristeza o si había algo más.

– Postulante -aclaró Gabriella-. No es lo mismo.

– Sí lo es -sonrió é-. Simplemente eras un renacuajo en lugar de una rana.

Gabriella se echó a reír.

– Dudo que las hermanas aprobaran semejante comparación.

– Yo siempre solía tener uno o dos curas en mis clases de Harvard, la mayoría jesuitas, y me caían muy bien. Eran educados, inteligentes e imparciales. ¿Cuánto tiempo viviste en el convento?

Gabriella vaciló antes de contestar. Había mucho que explicar y no quería hacerlo. El solo hecho de recordar lo que había perdido le hacía sufrir. El profesor advirtió el dolor en su mirada, pero a Gabriella le caía tan bien que quiso ser sincera con él.

– Doce años. Crecí en él.

– ¿Eras huérfana? -inquirió Thomas con ternura, y Gabriella sintió que se lo preguntaba por interés auténtico y no por el deseo de contárselo luego a los demás. El profesor era un hombre dulce y sensible.

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