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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– Te lo explicaré más tarde -dijo el profesor tras apurar el segundo vaso.

En ese momento apareció la señora Boslicki, alarmada por el revuelo causado en el vestíbulo.

– ¿Qué ocurre? ¿Estáis de fiesta y habéis olvidado invitarme?

– Tenemos algo que celebrar -dijo Gabriella riendo. Empezaba a sentirse algo achispada y no le importaba. Había sido un día duro, repleto de recuerdos desagradables, pero lo había superado y ahora se sentía más fuerte.

– ¿Y qué celebramos? -preguntó alegremente la señora Boslicki.

– Que me han despedido -respondió Gabriella con una risita.

– ¿Estás borracha? -la casera miró al profesor.

– Se lo ha ganado, créeme -repuso éste, y de pronto recordó que en realidad sí tenían algo que celebrar. Por eso había ido al restaurante. Sacó un sobre de su bolsillo y se lo tendió a Gabriella. Contrariamente a sus predicciones, la respuesta sólo había tardado dos semanas en llegar-. Si no estás demasiado achispada -dijo cariñosamente-, árelo y lee.

Gabriella lo hizo con gesto algo ebrio. Era la primera vez que bebía brandy y lo cierto era que la había calmado. Pero cuando empezó a leer la carta sus ojos se abrieron como platos y para cuando llegó al final ya estaba totalmente serena.

– ¡Oh, dios mío…! No me lo puedo creer. ¿Cómo lo hiciste?

Se volvió hacia el profesor y empezó a dar brincos.

– ¿Qué ocurre? -preguntó la señora Boslicki. Se habían vuelto todos locos. Probablemente llevaban rato bebiendo-. ¿le h tocado la lotería?

– Mejor aún -contestó Gabriella mientras abrazaba a su casera, a la señora Rosenstein y finalmente al profesor.

Sin decir nada, el anciano había enviado el último relato de Gabriella al New Yorker y la revista había decidido publicarlo en el número de marzo. En la carta le comunicaban que iban a enviarle un talón y preguntaban si tenía agente literario. Le pagarían mil dólares. De la noche a la mañana, gracias al profesor, Gabriella se había convertido en una escritora con una obra publicada.

– Nunca podré agradecértelo lo suficiente.

El profesor y la madre Gregoria tenían razón. Era buena. Podía hacerlo.

– Sólo quiero que me lo agradezcas escribiendo más. Yo seré tu agente, a meno que quieras buscarte uno de verdad.

Gabriella, no obstante, todavía no necesitaba agente, aunque el profesor estaba seguro de que con el tiempo lo necesitaría. Tenía talento para llegar a ser una gran escritora. Lo había visto claramente la primera vez que leyó uno de sus relatos.

– Puedes ser mi agente y lo que quieras. Es el mejor regalo de Navidad que he tenido en mi vida.

A Gabriella ya no le importaba haber perdido el trabajo. Ahora era escritora, y siempre podía trabajar de camarera en otro lado.

Una vez los demás se hubieron ido a la cama, ella y el profesor se quedaron en la sala y hablaron del episodio del restaurante, y también de la infancia de Gabriella y su talento para escribir, y lo que esperaba hacer con él algún día. Él le dijo que podía llegar lejos como escritora si realmente lo deseaba y estaba dispuesta a luchar y cuando ella dijo que sí, la creyó. Pero lo más importante ahora era que Gabriella, con la carta del New Yorker en la mano, también lo creía.

Y esa noche, en su habitación, pensó en lo orgulloso que Joe habría estado de ella. Si las cosas hubiesen sido diferentes a estas alturas estarían casados y pasando hambre en un pequeño apartamento, pero felices como dos críos. Estarían celebrando su primera Navidad juntos y ella estaría embarazada de cinco meses. Pero las cosas no habían sido así. Joe no había querido luchar. Le aterraba demasiado cruzar el puente que había de llevarle a otra vida con ella. Y de repente Gabriella comprendió qué quiso decir cuando le hablaba de su fortaleza. Porque ahí residía la diferencia entre ello dos. Ella estaba dispuesta a cruzar el puente, a luchar por alguien o algo. Ella quiso luchar por él, pero por mucho que se amaran, a él le faltó valor. Gabriella se preguntó si Joe habría sido capaz de detener la escena del restaurante y tampoco pudo imaginárselo haciendo eso. Era un hombre dulce y sabía que nunca podría amar a nadie como lo había amado a él. Pero Joe no la había amado lo suficiente para luchar por ella. Se había echado atrás en el último minuto, había renunciado a todo y lo habían perdido todo. Y ahora, poco a poco, ella tenía que volver a empezar. No le odiaba por ello, pero todavía se ponía muy triste cuando pensaba en él, y probablemente siempre sería así.

Esa noche, cuando miró por la ventana, vio el rostro de Joe con una claridad casi tangible. Su sonrisa, sus ojos azules, la forma en que la abrazaba y la besaba. Le dolía el corazón sólo de pensarlo. No obstante, ahora sabía algo más: que era una superviviente. Él la había abandonado, pero ella no había muerto. Y por primera vez le ilusionaba lo que la vida podía depararle y no tenía miedo.

18.-

Dos días antes de Navidad Gabriella entró en una elegante librería de la Tercera Avenida para comprar un regalo al profesor Thomas. Buscaba algo maravilloso, algo que le gustara de veras y todavía no tuviera en los abarrotados estantes de su habitación.

Había decidido esperar a que pasara Navidad para ponerse a buscar trabajo. Tenía dinero suficiente para pagar el alquiler de enero y no debía olvidar el espléndido talón del New Yorker. Quería comprarle al profesor algo realmente bonito. Ya había adquirido un pequeño obsequio para cada huésped con excepción de Steve Porter, pues, en su opinión, no le conocía lo bastante.

También le hubiera gustado comprar algo para la madre Gregoria, pero sabía que no le habrían permitido aceptarlo. Al final decidió enviarle un número del New Yorker con su relato publicado. Sabía que la madre Gregoria estaría muy orgullosa de ella. El simple hecho de saber lo mucho que la había ayudado sería suficiente regalo. Y aunque nunca obtuviera respuesta, Gabriella sabía que la madre superiora todavía la quería. Se le hacía muy duro no poder verla. Era la primera Navidad desde su ingreso en el convento que pasaba sin ella.

La librería tenía libros nuevos así como una sección de libros antiguos encuadernados en piel y hasta algunas primeras ediciones. Gabriella se quedó de piedra al ver los precios. Algunos ascendían a varios miles de dólares. Finalmente eligió algo que sabía que agradaría al profesor. Eran tres tomos muy antiguos de un autor que el profesor mencionaba a menudo. Estaban encuadernados en piel y se notaba que habían sido muy leídos y sostenidos por manos respetuosas. Y al ir a pagar contó el dinero lenta y detenidamente. En su vida había comprado algo tan caro, pero el profesor lo merecía.

– Una estupenda elección -dijo el joven inglés que atendía la caja registradora-. Los compré en Londres el año pasado y me sorprendió que no me los quitaran de las manos el primer día. Es una edición excepcional.

Charlaron durante un rato sobre los libros y luego el joven miró a Gabriella con curiosidad y le preguntó si era escritora.

– Sí -respondió con cautela-, o mejor dicho empiezo a serlo. Acabo de vender un relato al New Yorker gracias al hombre a quien va destinada esta colección.

– ¿Es tu agente?

– No, un amigo.

El joven le contó que él también escribía y llevaba un año trabajando en su primera novela.

– Yo todavía estoy con los relatos -sonrió ella-. Dudo que algún día reúna el valor suficiente para escribir una novela.

– Seguro que sí -repuso él-, aunque no sé si deseártelo. Yo empecé con relatos cortos y poesía, pero, como bien sabrás, es muy difícil vivir de la literatura.

– Lo sé -dijo Gabriella-. He estado trabajando de camarera.

– Yo también. Trabajé de camarero en el East Village y en Elaine’s y ahora trabajo aquí. De hecho, soy el encargado y me dejan hacer algunas compras. Los propietarios de la librería viven en las Bermudas. Están jubilados y compraron el negocio porque adoran los libros. Los dos son escritores. -el joven mencionó dos nombres que impresionaron a Gabriella. Luego la miró con curiosidad-. ¿Supongo que no te interesaría dejar de servir mesas? -sabía que las propinas eran buenas, pero el trabajo era duro y la jornada larga.

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