El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– Acaban de despedirme esta misma semana -sonrió Gabriella-. Feliz Navidad.
– La mujer que trabaja aquí conmigo está a punto de dar a luz y el próximo viernes se marcha. ¿Te interesaría ocupar su puesto? El salario no está mal y puedes leer lo que quieras cuando la cosa esté tranquila. -el joven sonrió con timidez-. Además, dicen que no es tan horrible trabajar para mí. Por cierto, me llamo Ian Jones.
Entusiasmada por la oferta, Gabriella se presentó y le estrechó la mano. Ian le mencionó el sueldo y era más de lo que Gabriella ganaba en Bum’s trabajando doce horas al día, propinas incluidas. Y ésa era exactamente la clase de trabajo que quería. Se ofreció a darle referencias, pero Ian le dijo que no era necesario. Le gustaba su aspecto y sus modales. Era educada, inteligente y para colmo escritora. En su opinión, era perfecta. Y Gabriella aceptó empezar el día después de Año Nuevo.
Con los libros debajo del brazo, subió al autobús con una ancha sonrisa. Y cuando llegó a casa, entró en el vestíbulo como un torbellino.
– ¿Has vendido otro relato? -preguntó exaltada la señora Boslicki cuando salió a recibirla.
– Casi mejor que eso. ¡He conseguido un trabajo estupendo en una librería! Empezaré después de Año Nuevo.
Cuando el profesor Thomas se enteró de la noticia se alegró mucho por Gabriella. Últimamente no se encontraba muy bien. Tenía la gripe e iba camino de pillar una bronquitis. Con todo, estaba feliz por Gabriella, y se pusieron a charlar en su habitación mientras él permanecía envuelto en su viejo y cálido albornoz. Gabriella ardía en deseos de darle el regalo, pero estaba decidida a esperar hasta la mañana de Navidad.
Y camino de su habitación tropezó con Steve Porter. El muchacho estaba alicaído y enseguida reparó en la alegría de Gabriella. Ésta le contó que había encontrado trabajo y Steve la felicitó y comentó que envidiaba su suerte. Llevaba un mes en Nueva York acudiendo a un sinfín de entrevistas y por ahora no le había salido nada, y dijo que se le estaba acabando el dinero.
– Me han dicho que vendiste un relato al New Yorker -comentó con admiración-. Está claro que la suerte te sonríe. Me alegro por ti.
Steve no sabía que Gabriella ya había pagado sus deudas y sufrido el infortunio de toda una vida. A Gabriella, no obstante, le dio pena verlo tan deprimido. Le parecía injusto estar de tan buen humor sabiendo que Steve estaba pasando por un mal momento, y de repente lamentó todas las cosas desagradables que había dicho de él.
– Por cierto, gracias por la guirnalda -era la primera vez que le agradecía algo-. Cruzaré los dedos por ti.
– Gracias, lo necesito -Steve empezó a alejarse, pero de repente se volvió con cierto titubeo-. Hace tiempo que quiero proponerte algo pero tenía miedo de que te pareciera un poco raro. ¿Querrías acompañarme a la misa de gallo?
La propuesta enterneció a Gabriella. Sabía que iba a ser una Navidad difícil sin Joe y las hermanas, pero por otro lado no había asistido a una misa desde que dejó el convento.
– Dudo que quiera ir, pero si cambio de opinión te lo haré saber. Gracias de todos modos.
– No se merecen.
Steve sonrió y bajó recoger sus mensajes. Como estaba buscando trabajo, tenía que hacer muchas llamadas telefónicas. Gabriella reconoció lo mal que le había juzgado. El profesor Thomas tenía razón. Era un buen tipo. Y también lo era Ian Jones, su nuevo jefe. Seguro que se llevarían bien. Había comentado que vivía con una chica, así que su interés por Gabbie era estrictamente profesional e intelectual. Gabriella estaba encantada, pues no tenía interés en salir con hombres. Todavía echaba de menos a Joe y a veces se preguntaba si algún día estaría preparada para dejar entrar a otra persona en su vida. No podía imaginar la posibilidad de conocer a alguien que se pareciera a Joe. Con todo, la invitación de Steve había sido todo un detalle. Y últimamente se hallaba de tan buen humor que estaba más abierta ala posibilidad de ser su amiga. Así se lo dijo al profesor Thomas esa noche, cuando fue a verlo su cuarto con una bolsa de comida comprada en una cafetería.
– Creo que tienes razón con respecto a Steve -admitió Gabriella-. Parece un buen chic. Dice que le está costando mucho encontrar trabajo.
– parece increíble, un joven tan brillante por lo visto fue a Yale y se graduó con matrícula de honor, y tiene un master de dirección de empresas de la Universidad de Stanford. Impresionante.
Era una de las razones por las que deseaba que Gabriella saliera con él. Steve era un hombre inteligente y educado, y el profesor estaba seguro de que, una ve encontrara trabajo, llegaría lejos. Sólo tenía que ser paciente. Y mientras escuchaba, Gabbie comprendió lo afortunada que era por haber encontrado un trabajo de su agrado a los pocos días de haberse quedado en la calle. Todavía recordaba la escena de la niña en el restaurante y sabía que siempre se alegraría de haber salido en su defensa. Quizá ello serviría par que algún día Allison se diera cuenta de que había gente que se preocupaba por ella.
La tos del profesor sonaba cada vez peor, de modo que Gabriella le dejó descansar y subió a su habitación a escribir. Al llegar a la puerta encontró una nota de Steve. Era cortés y estaba bien redactada.
“Querida Gabbie, gracias por infundirme ánimo. En estos momentos lo necesito. Últimamente he tenido muchos problemas familiares. Mi madre lleva enferma un año y mi padre murió el invierno pasado. A todos nos iría bien un poco de alegría y ahora mismo no puedo regresar a Des Moines, así que si decides acompañarme a la misa de gallo me harás muy feliz. Si no te apetece, podríamos vernos en otra ocasión. ¿Qué te parece una cena? Soy un gran cocinero, y podría demostrártelo si la señora Boslicki me dejara utilizar su cocina. Filetes, espagueti, pizzas, ¡lo que quieras! Espero que estas Navidades terminen para ti con tanta fortuna como empezaron. Te lo mereces. Steve”.
Conmovida por lo que Steve contaba de su familia, Gabriella volvió a leer la nota detenidamente. El muchacho estaba pasando por un mal momento y se prometió que a partir de ahora sería agradable con él. No entendía por qué al principio le había caído tan mal. Quizá le pareció que se esforzaba demasiado por ser amable. ¿Y qué tenía eso de malo? Gabriella se avergonzaba ahora de su desconfianza y decidió acompañarle a la misa de gallo. Además, tenía que rezar por Joe y la madre Gregoria.
Dejó la nota sobre la cómoda, sacó su cuaderno y se olvidó de Steve. No volvió verlo hasta el día de Nochebuena, cuando fue a decirle que estaría encantada de ir a la misa de gallo con él. Steve se lo agradeció profundamente, consiguiendo con ello que Gabriella se sintiera aún peor por las cosas que había dicho de él.
– Deberías sentirte culpable -le regañó el profesor Thomas cuando esa noche ella le llevó la cena al cuarto-. Es un buen muchacho y lo está pasando mal.
Steve recibía un montón de mensajes cada día, pero todavía no había conseguido trabajo. El profesor temía que el muchacho apuntara demasiado alto y pretendiera dirigir General Motors desde el primer día. Pero por mucho que hubiera dicho Gabbie al principio, al profesor no le parecía arrogante, sólo listo y despreocupado.
Steve y Gabriella se reunieron en el vestíbulo a las once y media y salieron al frío glacial de la noche. Había hielo en el suelo y el aire se llenaba de escarcha cuando abrían la boca. Apenas hablaron en todo el camino, pues el aire les quemaba los pulmones. La iglesia de San Andrés era pequeña y estaba a rebosar, y Gabriella tuvo una intensa sensación de familiaridad cuando se sentó en el banco junto a Steve. El incienso era fuerte, había cientos de velas encendidas, y luego estaba el olor de las ramas de pino del altar. Era como volver a casa, y la pena y la nostalgia la embargaron. Permaneció arrodillada durante casi toda la ceremonia y cuando Steve la miró vio que estaba llorando. Aunque no quería molestarla, posó una mano amable sobre su hombro par a que supiera que estaba con ella y luego la retiró para respetar su intimidad.