El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– ¿Era usted monja? -preguntó el dueño, mirándola con interés.
El hombre, de origen alemán, tenía un bigote blanco y frondoso y una calva amplia y lustrosa.
– Postulante -repuso ella con una mirada tan triste que el hombre tuvo ganas de acariciarla.
La muchacha tenía aspecto de necesitar una buena comida y una mano amable en su vida. Estaba en los huesos y terriblemente pálida, y se compadeció de ella.
– ¿Cuándo puede empezar? -preguntó.
Era muy bonita y de porte elegante. El hombre intuía que la historia no terminaba ahí y le sorprendía su indumentaria. Gabriella todavía llevaba aquel horrible vestido negro porque no se atrevía a gastar dinero en otro. Tenía aspecto aristocrático y parecía de una familia adinerada, se dijo el hombre, pero era evidente que estaba pasando un mal momento.
– cuando quiera -respondió Gabriella-. Vivo aquí cerca y no tengo trabajo.
– No hace falta que lo diga -sonrió él. Por el estado de su ropero era obvio que necesitaba el dinero-. De acuerdo. Empezará mañana. Seis días a la semana de doce del mediodía a doce de la noche. Cerramos los lunes.
Era un turno extenuante y Gabriella aún no se hallaba en condiciones de hacer tanto esfuerzo, pero estaba tan agradecida que hubiera hecho cualquier cosa, hasta fregar suelos.
El propietario se llamaba Baum y era de Munich. En el establecimiento trabajaban otras cuatro mujeres, todas de edad madura y tres de ellas alemanas. Era un negocio familiar, un lugar limpio y agradable que servía generosos platos alemanas y entre comida y cena, productos de repostería. La señora Baum era quien cocinaba y hacía los pasteles.
Gabriella mostraba una sonrisa de oreja a oreja cuando entró en la casa de la calle Ochenta y ocho y tropezó con la señora Boslicki.
– Una de dos, o ha visto a su príncipe azul o ha encontrado trabajo.
La mujer estaba preocupada por Gabriella. Pasaba los días fuera de casa buscando trabajo y las noches metida en el cuarto con la luz apagada. No era una existencia normal para una muchacha de su edad.
– He conseguido trabajo -explicó Gabriella con el rostro iluminado. Le pagaban dos dólares por hora y eso le permitiría costear el alquiler-. En un restaurante de la calle Ochenta y seis.
Se hallaba a cuatro manzanas de la casa y aunque eran muchas horas de trabajo, Gabriella estaba encantada. Sólo le preocupaba que pudiera sufrir otra hemorragia. Habían transcurrido menos de dos semanas desde el aborto, menos de dos semanas desde la muerte de Joe y sólo una semana desde que la obligaron a abandonar el convento. Le habían ocurrido muchas cosas horribles, pero ahora, por fin, también algo bueno.
– ¡Felicidades! -dijo la señora Boslicki con una sonrisa-. Puede que ahora salga de su habitación de vez en cuanto para ver la televisión o escuchar un poco de música. Todo el mundo cree que he alquilado su cuarto a un viajante.
– Estaré fuera casi todo el día, señora Boslicki. Trabajaré desde las doce del mediodía hasta la medianoche, pero hoy le prometo que bajaré.
– No sin antes permitirse una buena cena. Mírese, está hecha un palillo. No encontrará marido si no se alimenta de vez en cuando. A los chicos no les gustan los palillos.
Agitó un dedo de desaprobación y Gabriella se echó a reír. La señora Boslicki le recordaba a las viejas monjas del convento, aunque ninguna de ellas la había empujado a buscar marido.
Gabriella siguió su consejo y esa noche fue al restaurante del otro lado de la calle y pidió un plato de carne. Le recordó a la comida que servían en el convento y al final se puso nostálgica. Hubiera hecho cualquier cosa por ver de nuevo a la madre Gregoria, siquiera un momento, corriendo por el pasillo con los brazos cruzados, las manos dentro de las mangas y las cuentas del pesado rosario de madera revoloteando. O a cualquier otra hermana: Agatha, Timothy, Emanuel, Inmaculada… seguía pensando en ellas cuando regresó a la pensión y de repente recordó la promesa hecha a la señora Boslicki de detenerse un momento en la sala de estar. No le apetecía pero no quería ser maleducada, así que se obligó a entrar unos minutos. Y al hacerlo se sorprendió de encontrar a tanta gente. Había seis o siete personas, unas charlando y otras jugando a cartas. El televisor estaba encendido y un anciano de pelo blanco que se parecía a Einstein estaba jugueteando con el piano. El hombre comentó a la señora Boslicki que el afinador debía echar un vistazo al instrumento, pero ésta le aseguró que nunca había sonado tan bien.
A Gabriella le embargó la timidez cuando todos se volvieron a mirarla. Había hombres y mujeres, la mayoría en la sesentona salvo el hombre de piano, que parecía aún mayor. Las mujeres tenían en cabello blanco y sonrieron al verla. Gabriella era como un soplo de aire joven, e increíblemente bonita. Llevaba puesto el vestido floreado y su viejos zapatos, pero el pelo, rubio y brillante, le enmarcaba el rostro como un halo. Sus enormes ojos azules parecían llenos de inocencia, pero nadie fue lo bastante perceptivo para advertir la tristeza que ocultaban. Gabriella les parecía muy joven para haber sufrido demasiado en esta vida.
La señora Boslicki se encargó de hacer las presentaciones. Muchos de sus huéspedes provenían de Europa, y uno de ellos, la señora Rosenstein, explicó con orgullo que era una superviviente del campo de Auschwitz. Vivía en la pensión desde hacía veinte años, y ella misma le presentó al hombre del piano. El anciano hizo una leve reverencia y dijo que se llamaba Theodore Thomas. Había sido profesor de literatura en la Universidad de Harvard y ahora estaba jubilado. Su especialidad era la literatura inglesa del siglo XVIII.
– ¿A qué universidad has ido tú? -preguntó a Gabriella con una sonrisa.
– A Columbia -respondió Gabriella con voz queda.
– Buena universidad.
La señora Boslicki les había hablado de la nueva huésped, pero ninguno la había visto en toda la semana.
– ¿A qué te dedicas ahora, jovencita? -preguntó el señor Thomas.
El cabello ensortijado y los pantalones caídos le daban un aspecto desmañado. Tenía toda la pinta de un viejo profesor excéntrico y Gabriella le echó casi ochenta años. El hombre, no obstante, todavía tenía ingenio y la mirada diáfana, y parecía poseer un gran sentido del humor.
– Acabo de conseguir trabajo en un restaurante de la calle Ochenta y seis -respondió Gabriella con orgullo. Para ella representaba toda una victoria, una victoria que necesitaba desesperadamente-. Empiezo mañana.
– Supongo que será uno de esos establecimientos tan acogedores que también venden pasteles. La señora Rosenstein y yo tendremos que hacerte una visita cuando demos un paseo en esta dirección.
Al profesor Thomas le fascinaban las historias que la señora Rosenstein le contaba sobre su pasado y llevaba en la casa casi tanto tiempo como ella. Tras la muerte de su esposa, acaecida dieciocho años atrás. Había vendido su piso y se había mudado a la casa de huéspedes. Vivía con una pensión mísera, no tenía familia y le gustaba la compañía de la señora Boslicki y los demás huéspedes. Pero esta nueva adquisición le tenía embelesado, pues le encontraba cara de ángel y una elegancia y un estilo naturales.
Le preguntó sobre sus estudios en Columbia y se embarcaron en una interesante conversación sobre las novelas que Gabriella había leído durante la carrera. Le sorprendió averiguar que escribía, pero ella le aseguró que eran cosas que nadie querría leer. Y aunque no se lo dijo al profesor, estaba convencida de que sólo las monjas del San Mateo disfrutaban con sus relatos. Joe, naturalmente, había leído algunos, y le habían parecido sensacionales.
– Algún día me gustaría leer alguno de tus relatos -dijo el profesor.
– No los tengo aquí -respondió Gabriella con una tímida sonrisa.
– ¿De dónde eres?
el profesor estaba fascinado con Gabriella. Hacía mucho tiempo que no charlaba con alguien joven y la experiencia le resultaba muy estimulante. Le recordaba sus años en Harvard. La mente enérgica de los jóvenes todavía le estimulaba, y hubiera pasado horas conversando con Gabriella.