El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
Durante las semanas siguientes, sin embargo, Gabriella hizo lo posible por esquivar a Steve Porter, hasta el punto de mostrarse grosera con él, lo cual no era propio de ella, siempre tan cortés con todo el mundo. Mas no con Steve. A él le reservaba su lado más gruñón, aunque el joven no parecía darse cuenta. Siempre estaba de buen humor y era muy amable con la gente mayor. Compró un precioso árbol de Navidad y lo instaló en la sala de estar. También compró los adornos, pues la señora Boslicki nunca se había molestado en hacerlo y además temía ofender a sus huéspedes judíos. A nadie, no obstante, pareció importarle y todos opinaron que Steve era un hombre encantador. Acababa de llegar de Des Mines y estaba buscando trabajo en el mundo de l informática. Acudía a entrevistas cada mañana y cada tarde y siempre iba bien vestido. En la casa todos tenían buena opinión de él salvo Gabbie. Y todos pensaban que sería fantástico que se enamoraran. Steve era muy amable con ella, pero Gabbie le dejaba siempre muy claro que no tenía ningún interés en él.
Y una mañana que salí hacia el trabajo Steve consiguió irritarla de veras. Había comprado guirnaldas de Navidad para todos y colgado una en la puerta de Gabriella sin su permiso. Ella no quería estar en deuda con él y se indignó, pero pensó que era peor quitarla y acabó dejándola contra su voluntad. Y estuvo refunfuñando durante todo el trayecto al trabajo.
– Pareces muy contenta esta mañana -bromeó el señor Baum cuando la vio entrar.
No era normal ver a Gabbie de mal humor, pero hoy lo estaba y mucho, pero no se atrevió a preguntarle qué había ocurrido.
Sólo faltaba una semana para Navidad, y aunque había cierto nerviosismo en el ambiente la mayoría de la gente estaba de buen humor. La fiestas navideñas parecían sacar lo mejor y lo peor de cada uno. El señor Baum adoraba la Navidad y la señora Baum se había pasado varias semanas haciendo unas casas preciosas de pan de jengibre para los niños. Las hacía cada año y siempre eran las más bonitas de la calle Ochenta y seis. La gente entraba en el establecimiento nada más asomarse al escaparate, y hoy no era una excepción. Había media docena de personas frente al mostrador y la caja registradora mientras sus hijos señalaban la casa que querían. Estaban adornadas con caramelos, chocolate y azúcar hilado. A Gabriella le encantaba mirarlas mientras soñaba con haber tenido algo tan mágico de niña. Pero en la infancia de Gabriella no había habido lugar para la magia ni para las casas de pan de jengibre o las visitas de Papá Noel. Su madre siempre se había mostrado especialmente malvada en Navidad, y nunca olvidaba castigarla.
Estaba atendiendo una mesa, tratando de no pensar en ello, cuando una mujer entró en el local con una niña pequeña que señalaba entusiasmada una casita de pan de jengibre.
– ¡Ésa! ¡Ésa!
Tenía unos cinco años y estaba tan exaltada que apenas podía contenerse. Su madre le sujetaba la mano y le decía que se calmara, que iban a comprarla. Y cuando les llegó el turno la niña empezó a aplaudir y a dar saltitos de alegría. Llevaba un sombrero muy gracioso, con una campanilla en lo alto, y cuando brincaba hacía un tilín que a Gabriella le sonó a magia navideña. Pero en uno de los brincos la pequeña dio un traspié y cayó al suelo. La madre la agarró del brazo y tiró bruscamente de ella, y la niña empezó a llorar mientras se masajeaba el codo.
– Te dije que te estuvieras quieta -la reprendió la madre-. Te lo estabas buscando. Como vuelvas a caerte, Allison, te daré un bofetón.
Olvidándose del pedido que acababa de anotar, Gabriella había contemplado la escena con espanto. La expresión perversa de la mujer y sus palabras le resultaban demasiado familiares. La niña lloraba cada vez con más fuerza, pues el brusco tirón le había dislocado el brazo. A Gabriella le había ocurrido lo mismo en una ocasión en que su madre tiró de su brazo con tal fuerza que el codo se le salió de la cuenca. Todavía recordaba el dolor. Finalmente su padre le había encajado el codo efectuando un tirón y un giro rápidos. Más tarde él y su madre discutieron y luego ella se desquitó con Gabriella. Pero esta mujer estaba furiosa pese a los gemidos de dolor de su hija, así que Gabriella se acercó para sugerirle que el codo podía estar dislocado.
– No diga tonterías -le espetó la mujer mientras los Baum observan la escena-. Es puro cuento. -pero Allison no tenía pinta de estar fingiendo-. ¿Quieres una casa o no? -le dijo la madre. Volvió a tirarle del brazo y la gente que estaba mirando hizo una mueca de dolor. Era evidente que esta vez la madre le había hecho daño de verdad-. Allison, si no dejas de llorar te bajaré los pantalones y te azotaré delante de toda esta gente.
– No hará nada de eso -dijo Gabriella con calma mientras una ola de adrenalina se apoderaba de ella. No tenía intención de quedarse con los brazos cruzados.
– ¿Quién se ha creído que es para decirme cómo tengo que disciplinar a mi hija?
La mujer estaba indignada. Llevaba un abrigo de visón e iba camino de su apartamento de Park Avenue. Gabriella conocía demasiado bien la escena. Y la palabra “disciplinar” disparó una alarma en su corazón.
– Usted no la está disciplinando -respondió con una voz que no reconocía en ella-. La está humillando y atormentando delante de toda esta gente. ¿Por qué no le pide perdón? ¿Por qué no le arregla el brazo si le quita el abrigo verá que está dislocado.
La mujer se volvió indignada hacia el señor Baum.
– ¿Quién es esta chica? ¿Cómo se atreve a hablarme así?
Y como la niña seguía llorando, la madre le dio otro tirón de brazo. La criatura soltó un aullido. Sin más titubeos, Gabriella la apartó suavemente de la madre, le quitó el abrigo y comprobó que sus sospechas eran acertadas: el brazo colgaba inerte y al tocarla la niña soltó un grito.
– ¡Aparte sus manos de mi hija! -gritó la mujer-. ¡Que alguien llame a la policía!
Gabriella replicó con voz gélida:
– Me parece muy bien. Llamemos a la policía y expliquémosle lo que le ha hecho a su hija. Y ahora, si vuelve a abrir la boca le daré un bofetón.
Y mientras la mujer miraba boquiabierta, Gabriella se volvió hacia la chiquilla y rezando para que todo saliera bien, procedió a hacer lo mismo que su padre había hecho con ella. Tiró del brazo con un chasquido horrible y l o giró bruscamente. En ese momento el llanto cesó y la niña volvió a sonreír. El codo dislocado había vuelto a su cuenca. Pero tras salir de su asombro la mujer arrebató a Gabriella el abriguito y temblando, se lo embutió a la pequeña.
– ¡Si vuelve a tocar a mi hija llamaré a la policía y haré que la detengan! -gritó mientras se dirigía a la salida.
– Y si yo la veo haciéndole eso a su hija otra vez, declararé contra usted en los tribunales y ya veremos a quién detienen.
La mujer no le dio las gracias por lo que había hecho, pero Gabriella conocía bien este tipo de situaciones. Simplemente se alegraba de haber acabado con el dolor de la pequeña. La niña se encontraba ahora en la puerta, con el abrigo puesto, llorando por la casa de pan de jengibre.
– Mami, dijiste que me la comprarías.
– Después de lo que has hecho, Allison, olvídalo. Nos vamos a casa. Papá se enterará de lo mala que has sido y te dará unos buenos azotes. Has avergonzado a mamá delante de toda esa gente.
La mujer estaba concentrada en la niña y no vio la expresión de horror en los demás clientes. Era un auténtico monstruo, pero a Gabriella la escena le resultaba muy familiar.
– ¡Pero me has hecho daño en el brazo! -gimió la criatura mientras miraba por encima del hombro a Gabriella.