El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
Quería quedarse, quería buscar protección de la única mujer amable que había conocido. Gabbie enseguida pensó en Marianne Marks, la mujer que le había dejado probarse la diadema y en lo mucho que anheló ser su hija. Siempre había personas como ella que se cruzaban en el camino de los niños que sufrían y nunca llegaban a conocer o ver el deseo que engendraban en ellos.
Gabriella vio como Allison salía por la puerta empujada por su madre. Esa tarde se quedaría sin casa de pan de jengibre. La madre seguía recordándole lo horrible que era, que todo era culpa suya, que si no fuera tan mala mamá no tendría que pegarle. Gabriella se volvió hacia los Baum con la mirada vidriosa y el estómago dolorido. Pero lo que vio en ellos la espantó aún más que lo ocurrido entre Allison y su madre. Estaban furiosos con ella. Nunca habían presenciado una escena así. No podían creer que Gabriella les hubiera puesto en una situación tan incómoda, que hubiera desafiado a un cliente por muy equivocado que estuviera y estropeado la venta de una de sus casas de pan de jengibre. De hecho, dedujo la señora Baum, Gabriella probablemente estaba loca. Y lo había estado durante un minuto. Si la mujer del abrigo de visón la hubiera provocado un poco más, la habría abofeteado par que supiera lo que se sentía. Sus recuerdos al respecto eran muy vívidos. Todavía recordaba el día que su madre la golpeó hasta dañarle el tímpano.
– Quítate el delantal -dijo con calma el señor Baum mientras eran observados por clientes y empleados-. Estás despedida.
Alargó una mano para coger el delantal mientras su mujer asentía con la cabeza.
– Lo siento, señor Baum -dijo Gabriella. No quería discutir por su empleo, sino por la salvación de un aniña que no tenía a nadie más en el mundo que la defendiera-. Tenía que hacerlo.
– No tenía derecho a intervenir. Es su hija y tiene derecho a hacer con ella lo que quiera.
Reflejaba las convicciones de todo el mundo que creía que los padres tenían derecho a hacer lo que quisieran con sus hijos, por muy cruel, peligroso, inhumano o violento que fuera. Pero ¿qué ocurriría si nadie les detenía? ¿Quién podría defender a esos niños? Sólo los fuertes y valientes. No los cobardes como los Baum o el padre de Gabriella. A ella nunca la habían defendido.
– ¿Y si llega a matarla en este establecimiento? ¿Y si la mata cuando llegue a casa, señor Baum? ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Qué dirá mañana cuando lo lea en el periódico? ¿Qué lo siente, que ojalá hubiera hecho algo, que cómo iba a saberlo? Pues lo sabía. Todos lo sabemos. La gente lo ve pero la mayoría de las veces pasa de largo porque no quiere enterarse, porque le asusta y le violenta, porque es demasiado doloroso. ¿Y para la niña, señor Baum? También es doloroso para ella. Era su brazo el que colgaba fuera de la cuenca, no el de la madre.
– Sal de mi restaurante, Gabriella, y no vuelvas nunca -dijo el señor Baum-. Eres peligrosa y estás loca.
Y sin más, se volvió para atender a sus clientes, quienes, a pesar de lo que habían visto y oído, solo querían olvidar.
– Espero ser peligrosa para gente como ésa -dijo Gabriella mientras dejaba el delantal sobre el mostrador-. Espero serlo siempre. Las personas como ustedes, las que vuelven la cara, son el verdadero peligro.
Se refería tanto a los clientes como a los señores Baum, que se sentían demasiado incómodos para mirarla. Gabriella fue recoger su abrigo y en ese momento vio al profesor Thomas por primera vez. El hombre había entrado justo cuando la niña empezaba a llorar y lo había visto todo con estupefacción. Sin decir palabra, ayudó a Gabriella a ponerse el abrigo y salieron del restaurante cogidos del brazo. Notó que la joven temblaba violentamente, pero Gabriella caminara erguida y orgullosa, y cuando finalmente se detuvo estaba llorando.
– ¿Viste lo ocurrido? -susurró.
Apenas podía hablar y todavía tiritaba. El profesor pensó que en su vida había admirado tanto a alguien, y quería decírselo, pero esperó a que se le pasara un poco la emoción.
– Eres una mujer extraordinaria, Gabriella, y estoy orgulloso de ti. Lo que hiciste en ese restaurante fue increíble. La mayoría de la gente no puede entenderlo.
– Porque tiene miedo -dijo Gabriella con tristeza mientras se alejaban. El anciano le había rodeado los hombros con su brazo. Quería, ante todo, protegerla, tanto del pasado como del futuro-. Es más fácil fingir que no lo ves. Eso es lo que siempre hacía mi padre. Simplemente dejaba hacer a mi madre.
Era la primera vez que Gabriella hablaba de su infancia al profesor, y éste sabía que había más, mucho más, e intuía que se lo contaría cuando estuviese preparada.
– ¿Te pasó a ti algo parecido? -preguntó con tristeza.
Él no tenía hijos, pero no podía comprender que la gente los tratara así. Escapaba a su entendimiento.
– Y cosas mucho peores -confesó Gabriella-. Mi madre me pegaba hasta cansarse y mi padre no hacía nada por evitarlo. Sólo me salvó el hecho de que mi madre me abandonara. Soy casi sorda de un oído, casi todas mis costillas han estado fracturadas y tengo varias cicatrices. Me dieron puntos, tuve morados y conmociones cerebrales. Mi madre me dejaba sangrando en el suelo y luego me pegaba con más saña aún porque había ensuciado la moqueta. No me dejó en paz hasta que me abandonó.
– Dios santo…
Los ojos del profesor se habían llenado de lágrimas. No podía imginar siquiera semejante pesadilla, pero la creía. Explicaba muchas cosas sobre Gabriella, por qué era tan cauta y tímida con la gente, por qué había querido vivir refugiada en un convento. Pero ahora entendía por qué la gente le decía que era fuerte. Gabriella era más que fuerte. Tenía la fuerza de un alma que había desafiado al mal. Había padecido pesadillas inimaginables y sobrevivido a ellas. Era una persona íntegra y sumamente fuerte. Pese a sus esfuerzos por destruirla, su madre nunca consiguió aniquilar su espíritu. Y eso mismo le dijo mientras regresaban a casa de la señora Boslicki.
– Por eso me odiaba tanto -Gabriella estaba orgullosa de lo que había hecho por la niña del restaurante. Le había costado su trabajo, pero valía la pena-. Siempre supe que quería matarme.
– Es terrible decir una cosa así de una madre, pero te creo -dijo él- ¿Dónde está ahora?
– Lo ignoro. Supongo que en San Francisco. No he vuelto a saber de ella desde que me abandonó.
– Mejor. Es preferible que no vuelvas a tener contacto con ella. Ya te ha causado suficiente daño.
Al profesor, no obstante, le costaba aún más comprender al padre que nunca hizo nada por evitarlo. En su opinión, los dos eran peor que animales.
Llegaron casad e la mano y al entrar en la sala de estar se encontraron con la señora Rosenstein. La mujer sabía que Gabriella trabajaba hasta mucho más tarde y enseguida se inquietó. Pensó que al profesor le había sucedido algo y que Gabriella lo traía a casa, pero era ella quien tenía el problema.
– ¿Estáis bien? -preguntó angustiada, y ambos asintieron con la cabeza.
– Acaban de despedirme -explicó Gabriella. Ya no temblaba y se sentía extrañamente serena.
El profesor Thomas fue a buscar dos vasos de brandy a su cuarto.
– ¿Por qué? -preguntó la señora Rosenstein. El anciano regresó a la sala con un tercer vaso, pero la mujer rechazó la invitación y él se ofreció a bebérselo en su nombre-. Pensaba que te iba bien.
– Y así era -sonrió Gabriella, sintiéndose de repente libre y fuerte. El brandy le quemaba la lengua, los ojos y la nariz, pero después de quemarle también la garganta decidió que le gustaba-. Todo iba bien hasta que abrí la boca y amenacé a un cliente con abofetearle. -sonrió. Ahora casi le parecía divertido, pero ella y el profesor sabían que no lo era.
– ¿Alguien se te puso fresco?
La señora Rosenstein había supuesto que se trataba de un hombre y le indignó que alguien le hiciera eso a la muchacha.