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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—Ah, sí. Forma parte de la WPA, creo.

—Eso es. Pues verá, aunque suelo ser un gran defensor de dichas iniciativas y estoy totalmente de acuerdo con nuestro presidente y la primera dama en que deberíamos hacer todo lo posible para educar a nuestro pueblo, he de decir que las mujeres…, bueno, que ciertas mujeres de nuestro condado están causando problemas.

—¿Problemas?

—La biblioteca itinerante está fomentando la agitación social. Está alentando todo tipo de comportamientos irregulares. Por ejemplo, Minas Hoffman estaba planeando explorar nuevas zonas de North Ridge. Algo que llevamos haciendo de forma totalmente legítima durante décadas. Pues creo que esas bibliotecarias han estado extendiendo rumores y falsedades sobre ello, porque nos han llegado varias órdenes judiciales que nos prohíben ejercer nuestros derechos mineros en la zona. Y no ha sido solo una familia: un gran número de ellas se han unido para interponerse en nuestro camino.

—Qué infortunio —comentó el gobernador, antes de encender un cigarro y ofrecerle al señor Van Cleve el paquete, que este rechazó.

—Y tanto. Si hacen eso con otras familias, acabaremos sin poder extraer mineral en ningún sitio. ¿Y qué haremos entonces? Somos una de las principales empresas de esta zona de Kentucky. Proporcionamos un recurso vital a nuestra gran nación.

—Bueno, Geoff, ya sabe que hoy en día no hace falta mucho para que el pueblo se levante en armas contra la minería. ¿Tiene pruebas de que han sido las bibliotecarias las que han alborotado el gallinero?

—Bueno, esa es la cuestión. La mitad de las familias que ahora nos impiden el paso por medio de los tribunales no sabían leer ni una palabra hasta el año pasado. ¿De dónde iban a sacar información sobre asuntos legales, si no es de los libros de la biblioteca?

Los bourbons llegaron. El camarero los cogió de una bandeja de plata y los puso con reverencia delante de los hombres.

—No sé. Por lo que tengo entendido, solo son un puñado de muchachas a caballo que reparten recetarios aquí y allá. ¿Qué daño pueden hacer? Creo que debería atribuirle ese golpe a la mala suerte, Geoff. Con todo el revuelo que hay en la actualidad alrededor de las minas, podría haber sido cualquiera.

El señor Van Cleve se dio cuenta de que el gobernador empezaba a perder el interés.

—No se trata únicamente de las minas. Están cambiando la propia dinámica de nuestra sociedad. Se las están arreglando para alterar las leyes de la naturaleza.

—¿Las leyes de la naturaleza?

Al ver que el gobernador parecía incrédulo, el señor Van Cleve siguió hablando.

—Se dice que nuestras mujeres se están entregando a prácticas antinaturales. —El gobernador se inclinó hacia delante. Por fin había logrado captar su atención—. Mi esposa y yo criamos a mi hijo, que Dios le bendiga, de acuerdo con los principios divinos, así que admito que no tiene demasiada experiencia en los temas conyugales. Pero me ha contado que su joven esposa, que trabaja en esa biblioteca, le ha hablado de un libro que las mujeres se pasan entre ellas. Un libro de contenido sexual.

—¡De contenido sexual!

—¡No grite!

El gobernador le dio un trago a la copa.

—Y… Veamos… ¿Qué abarcaría exactamente ese «contenido sexual»?

—Bueno, no quiero que se escandalice, gobernador. Prefiero no entrar en detalles.

—Puedo soportarlo, Geoff. Puede entrar en todos los detalles que quiera.

El señor Van Cleve miró hacia atrás y bajó la voz.

—Me ha dicho que su esposa, que por lo visto fue criada como una princesa, ya que es de muy buena familia, ya me entiende, le sugirió hacerle cosas en la alcoba más propias de un burdel francés.

—De un burdel francés. —El gobernador tragó saliva.

—Al principio, pensé que podía ser una cuestión cultural inglesa. Debido a su proximidad con las costumbres europeas, ya sabe. Pero Bennett me dijo que ella le había contado claramente que lo había sacado de la biblioteca. Están divulgando obscenidades. Sugerencias que harían que un hombre adulto se ruborizara. ¿Adónde vamos a llegar?

—¿Es esa rubia guapa? ¿La que conocí el año pasado en la cena?

—La misma. Alice. Delicada como la porcelana. El impacto de oír a una muchacha como esa proponer tales salacidades… En fin…

El gobernador bebió otro largo trago de su copa. Se le habían puesto los ojos un poco vidriosos.

—¿Él le dio detalles de las actividades exactas que ella le propuso? Solo por tener una visión global clara, ya sabe.

El señor Van Cleve negó con la cabeza.

—El pobre Bennett estaba tan afectado que tardó semanas incluso en confiármelo a mí. Desde entonces, no ha sido capaz de ponerle un dedo encima. Eso no está bien, gobernador. No está bien que una esposa decente, temerosa de Dios, sugiera tales desviaciones.

El gobernador parecía inmerso en sus pensamientos.

—¿Gobernador?

—Obscenidades… Ya. Lo siento, sí… Es decir, no.

—En fin. Me gustaría saber si en otros condados están teniendo los mismos problemas con sus mujeres y esas supuestas bibliotecas. Eso no me parece nada bueno, ni para nuestros trabajadores ni para las familias cristianas. Yo me inclinaría por acabar de raíz con el problema. Como con el asunto de los permisos de explotación minera.

El señor Van Cleve dobló la servilleta y la dejó sobre la mesa. Al parecer, el gobernador aún seguía considerando el tema detenidamente.

—O tal vez crea que la mejor manera de atajarlo sea simplemente… solucionar el asunto de la forma que consideremos adecuada.

Más tarde, el señor Van Cleve le comentó a Bennett que parecía que al gobernador se le había subido la bebida a la cabeza, porque estaba muy distraído hacia el final del almuerzo.

—Pero ¿qué ha dicho? —preguntó Bennett, que se había animado con la compra de unos pantalones de pana nuevos y un jersey de rayas.

—Le dije que tal vez fuera mejor que yo me ocupara de esos problemas como creyera oportuno y él respondió: «Sí, tal vez», y luego dijo que tenía que irse.

Querida Alice:

Lamento que la vida de casada no sea como esperabas. No sé a ciencia cierta cómo crees que debería ser el matrimonio, ni nos has dado detalles de aquello que encuentras tan desalentador, pero papá y yo nos preguntamos si no te habremos creado falsas expectativas. Tienes un marido apuesto, financieramente seguro y capaz de ofrecerte un buen futuro. Has entrado a formar parte de una familia decente con importantes ingresos. Creo que deberías aprender a valorar lo que tienes.

La felicidad no lo es todo en la vida. También son importantes el deber y la satisfacción de estar haciendo lo correcto. Teníamos la esperanza de que hubieras aprendido a ser menos impulsiva; pues bien, tú te lo has buscado, así que deberás aprender a vivir con ello. Puede que tener un bebé te ayude a ver las cosas de otra manera y a no preocuparte tanto por todo.

Si decides volver sin tu esposo, debo comunicarte que no podrás quedarte en esta casa.

Tu madre, que te quiere.

Alice había tardado en abrir la carta, tal vez porque sabía las palabras que encontraría dentro. Apretó la mandíbula, luego dobló el papel cuidadosamente y volvió a meterlo en el bolso. Al hacerlo, se fijó una vez más en que sus uñas, en su día sumamente pulcras y limadas, eran ahora irregulares o estaban cortadas con descuido, y una pequeña parte de sí se preguntó, como hacía a diario, si aquella era la razón por la que él se negaba a tocarla.

—Vale —dijo Margery, apareciendo de repente detrás de ella—. He encargado dos cinchas nuevas y una manta para la silla en Crompton’s y se me había ocurrido regalarle esto a Fred como agradecimiento. ¿Crees que le gustará? —Sostuvo en alto una bufanda de color verde oscuro. La dependienta de los grandes almacenes, paralizada por el ajado sombrero de cuero y los pantalones de montar de Margery (esta le había comentado a Alice que no le encontraba ningún sentido a cambiarse para ir a Lexington y tener que volver a hacerlo al regresar), había necesitado unos segundos para recordar quitársela y envolverla en papel—. Tendremos que ocultársela a Fred en el viaje de vuelta.

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