Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Claro.
Margery la observó con los ojos entornados.
—Si ni siquiera la has mirado. ¿Qué te pasa, Alice?
—¿Qué es lo que no he mirado? Dios mío…, Bennett. Tengo que encontrar algo para Bennett.
Alice se llevó las manos a la cara, dándose cuenta de que ya no sabía lo que le gustaba a su marido, y mucho menos su talla de cuello. Cogió una caja de pañuelos de la estantería, adornada con un ramito de acebo. ¿Los pañuelos eran un regalo demasiado impersonal para un marido? ¿Cómo iba a ser íntimo el regalo, si no había visto más de un centímetro de su piel desnuda, como mucho, en las últimas seis semanas?
Se sobresaltó cuando Margery la cogió del brazo para llevarla a una zona tranquila de la sección de caballeros.
—Alice, ¿estás bien? Porque la mayoría de los días tienes cara de amargada.
—¿Y eso te molesta? —Alice bajó la vista hacia los pañuelos. ¿Estarían mejor si tuvieran sus iniciales bordadas? La joven intentó imaginarse a Bennett abriéndolos el día de Navidad por la mañana. No era capaz de imaginárselo sonriendo. Ya no era capaz de imaginárselo sonriendo por nada que ella hiciera—. De todos modos —añadió, a la defensiva—, tú tampoco eres muy habladora. Apenas has abierto la boca en los últimos días.
Aquello pilló desprevenida a Margery, que meneó la cabeza.
—Es que… tuve un pequeño contratiempo en una de mis rondas. —Tragó saliva—. Y he estado un poco nerviosa.
Alice pensó en Kathleen Bligh y en cómo la pena de la joven viuda había empañado su día.
—Lo entiendo. A veces es un trabajo más duro de lo que parece, ¿verdad? No se trata solo de repartir libros. Siento haberme mostrado abatida. Me repondré.
Lo cierto era que, cuando pensaba en la Navidad, a Alice le entraban ganas de llorar. No quería ni imaginarse sentada a aquella mesa tensa, con el señor Van Cleve fulminándola con la mirada y Bennett en silencio, rumiando lo último que ella hubiera hecho mal, fuera lo que fuera. Y Annie siempre vigilante, disfrutando del ambiente cada vez más enrarecido.
Distraída por aquel pensamiento, Alice tardó unos instantes en darse cuenta de que Margery la estaba observando atentamente.
—No me estoy metiendo contigo, Alice. Solo… —Margery se encogió de hombros, como si aquellas palabras no le resultaran familiares—. Te lo pregunto como una amiga.
«Una amiga».
—Ya me conoces. Toda mi vida he sido feliz sola. Pero en los últimos meses he… Bueno, he aprendido a disfrutar de tu compañía. Me gusta tu sentido del humor. Tratas a la gente con amabilidad y respeto. Así que me gustaría pensar que somos amigas. Todas las de la biblioteca, pero sobre todo tú y yo. Y verte así de triste todos los días me rompe el corazón.
Si hubieran estado en cualquier otro sitio, puede que Alice hubiera sonreído. Al fin y al cabo, aquello era una gran confesión por parte de Margery. Pero algo se había cerrado dentro de ella durante los últimos meses y ya no sentía las cosas como antes. —¿Quieres tomar una copa? —le preguntó Margery, finalmente.
—Si tú no bebes.
—Bueno, yo no se lo contaré a nadie si tú no lo haces. —Margery extendió un brazo y, al cabo de unos instantes, Alice la agarró de él y salieron de los grandes almacenes para dirigirse al bar más cercano.
—Bennett y yo… no tenemos nada en común —dijo Alice, por encima del ruido de la música y de los gritos de dos hombres que discutían en un rincón—. No nos entendemos. No hablamos. No nos hacemos reír, no nos echamos de menos, ni contamos las horas cuando estamos separados.
—Desde donde estoy sentada, eso me suena a matrimonio —observó Margery.
—Y, por supuesto, está… la otra cosa. —A Alice hasta le costaba pronunciar aquellas palabras.
—¿Todavía? Vaya, pues eso es un problema. —Margery pensó en el consuelo del cuerpo de Sven enroscado en el suyo esa misma mañana. En ese momento se sentía estúpida por haber tenido tanto miedo, por haberle pedido que se quedara, temblando como uno de los purasangres asustados de Fred. McCullough no había aparecido. Sven comentó que debía de estar borracho como una cuba. Que seguro que ni recordaba lo que había hecho.
—He leído ese libro. El que me recomendaste.
—¿Sí?
—Pero no hizo más que empeorar las cosas. —Alice levantó las manos—. ¿Qué voy a hacer? Odio estar casada. Odio vivir en esa casa. No sé cuál de nosotros es más infeliz. Pero él es todo lo que poseo. No voy a tener ningún bebé, algo que podría hacernos más dichosos a todos, porque… Bueno, ya sabes por qué. Y ni siquiera estoy segura de querer uno, porque entonces no podría seguir saliendo a caballo. Y eso es lo único que me aporta alguna felicidad. Así que estoy atrapada.
Margery frunció el ceño.
—No estás atrapada.
—Para ti es fácil decirlo. Tú tienes una casa. Sabes cómo arreglártelas sola.
—No estás obligada a respetar sus reglas de juego, Alice. No estás obligada a respetar las reglas de juego de nadie. Qué diablos, si quisieras, podrías hacer las maletas hoy mismo y volver a Inglaterra.
—No puedo. —Alice metió la mano en el bolso y sacó la carta.
—Hola, bellas damas. —Un hombre con un traje de hombros anchos, el bigote encerado y los ojos entornados en un gesto de cordialidad ensayada, se apoyó en la barra del bar, entre ambas—. Parecen tan enfrascadas en la conversación que casi no me atrevía a molestarlas. Pero luego me dije: «Joven Henry, a esas hermosas damas les vendría bien una copa». Y nunca me perdonaría dejarlas ahí sentadas, muertas de sed. Así que ¿qué quieren tomar? —El hombre rodeó con un brazo los hombros de Alice, mientras le echaba un vistazo a su pecho—. Déjeme adivinar su nombre, hermosura. Es una de mis habilidades. Una de mis muchas habilidades especiales. Mary Beth. Es lo suficientemente bella como para ser una Mary Beth. ¿Me equivoco?
Alice respondió que no, tartamudeando. Margery observó los escasos dos centímetros que separaban sus dedos del pecho de Alice, que era el verdadero objetivo de su abrazo.
—No. Ese no le hace justicia. Laura. No, Loretta. Una vez conocí a una muchacha preciosa llamada Loretta. Debe de ser ese. —El hombre se inclinó hacia Alice, que volvió la cabeza con una sonrisa insegura, como si no quisiera ofenderlo—. Me lo dirá, ¿verdad? ¿Verdad que sí?
—La verdad es que…
—Henry, ¿no? —dijo Margery.
—Así es. Y usted debe de ser una… ¡Déjeme adivinar!
—Henry, ¿puedo decirle algo? —Margery sonrió con dulzura.
—Puede decirme lo que quiera, querida. —El hombre alzó una ceja y sonrió con picardía—. Lo que quiera.
Margery se inclinó hacia delante, para poder susurrarle al oído.
—¿Ve la mano que tengo en el bolsillo? Estoy empuñando una pistola. Y si no le quita las manos de encima a mi amiga antes de que acabe de hablar, cerraré los dedos alrededor del gatillo y su cabeza grasienta saldrá volando hasta el otro lado del bar. —Sonrió con dulzura—. Y Henry, soy muy buena tiradora —añadió Margery, acercando más aún los labios a su oreja. El hombre se levantó dando un traspié del taburete en el que estaba sentado. No dijo ni una sola palabra, pero caminó con rapidez hasta el otro extremo del bar, mirando hacia atrás de vez en cuando—. ¡Ah, y es muy amable por su parte, pero ya tenemos nuestras bebidas!—exclamó Margery, levantando la voz—. ¡Gracias de todos modos!
—¡Caray! —dijo Alice, colocándose la blusa, mientras veía alejarse al hombre—. ¿Qué le has dicho?
—Solo que…, por muy amable que fuera su oferta, no me parecía caballeroso ponerle las manos encima a una dama sin su permiso.