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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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En el exterior se encendió una luz de emergencia que iluminó el callejón, y entró en el taller un individuo representante de los pesos gallo, bajito, medio calvo y con orejas grandes cubiertas por unas estrafalarias matas de pelo grisáceo. Pasó a toda prisa por delante de Alex y Raymond sin saludar a ninguno de los dos, se puso en jarras y se plantó junto al coche. Al lado de James, parecía un niño.

– ¿Ya está terminado? -preguntó.

– Me falta poco, señor Gavin -contestó, que ahora estaba girando lentamente los tornillos en sentido contrario al de las agujas del reloj.

– Le dije al señor Court que iba a tenerlo listo a esta hora.

– Court dijo que el cálculo del gasto de combustible por kilómetro estaba averiado. Eso no se va a arreglar sólo con poner bujías nuevas. Tengo que ajustar la mezcla.

– Haz lo que sea, pero termínalo, James. No te pago para que diviertas a la compañía. Court está a punto de venir a recoger su coche. Necesito que esté listo. Mañana, no. Ahora.

– Estará listo, señor Gavin.

Gavin salió sin hacer más comentarios. Por espacio de unos momentos se oyó solamente el motor del coche que había dentro del taller. Alex se sintió violento por James Monroe.

– Dos y media -dijo Raymond rompiendo la tensión-. ¿No, James?

– Así es. -Había aflojado los tornillos dos veces y media, y ahora estaba ajustándolos en incrementos de un cuarto de vuelta mientras escuchaba el motor.

– Menudo humor traía hoy Micky Mouse, y ha ido al grano, ¿eh? -dijo Raymond.

– Menudo sí que lo es -repuso James soltando una risita-. Eso no te lo va a discutir nadie.

– Y tampoco tiene motivos para hablarte de ese modo.

– Es su forma de ser -dijo James-. Dios lo hizo bajito, y ahora está furioso conmigo. En fin, esto es trabajo. No se supone que tenga que ser fácil ni divertido.

A medida que James hacía girar el tornillo del carburador, el motor comenzó a rugir.

– Te has pasado -dijo Raymond.

– Exacto -contestó James. Reajustó el tornillo, y el motor empezó a ronronear suavemente. Lo tocó otro poco, y el ronroneo se hizo aún más suave-. Ahora está cantando.

– Yo no oigo nada -dijo Raymond.

– Exacto -repuso James.

James bebió un largo trago de cerveza. Luego dejó la lata, retiró el medidor de vacío de la boquilla de entrada y cogió el filtro del aire, que empezó a montar de nuevo encima del carburador.

– ¿Te has enterado de que ha muerto Luther Ingram?

– If loving you is wrong era una gran canción -dijo Raymond, y empezó a tararearla-.Una canción sincera y preciosa -añadió-. Del setenta y tres.

– Era del setenta y dos -dijo James.

– ¿Por qué siempre tienes que corregirme?

– Te lo estoy diciendo, sencillamente.

– Es una de esas canciones que estaban de moda en esa época, que decían que engañar estaba bien. ¿Te acuerdas?

– Me and Mrs. Jones -dijo James.

– Billy Paul -terció Alex-. Ésa también es del setenta y dos.

James estaba volviendo a poner la palomilla del filtro del aire. Paró un momento, volvió ligeramente la cabeza y miró a Alex por el rabillo del ojo.

– Cuando yo era pequeño, mi padre tenía una radio en la cafetería -explicó Alex-. Siempre tenía sintonizada la WOL. Para el personal.

James apretó la palomilla.

– Si hoy en día hubiera una emisora O-L o una W-O-O-K, yo tendría aquí una radio para que me hiciera compañía. Pero no hay emisoras que pongan la música que yo quiero oír.

– Tienes que actualizar tus gustos -dijo Raymond.

– Me parece que ya es muy tarde para eso -replicó James. Se incorporó y empezó a limpiar las manchas de la aleta del coche con el trapo-. Va a ser mejor que termine antes de que llegue el dueño.

– Nosotros nos vamos -dijo Raymond.

Alex se acabó la cerveza y arrojó la lata vacía en un cubo de basura lleno de más latas. Se acercó a James y, una vez más, le tendió la mano. James se la estrechó.

– Me alegro de que nos hayamos visto -dijo Alex.

James asintió, con una expresión indescifrable en los ojos. Intercambió una larga mirada con Raymond y acto seguido volvió a centrarse en el Monte Cario. Bajó el capó y lo empujó poco a poco hasta que oyó el chasquido.

– Llama a mamá -dijo Raymond al tiempo que se encaminaba hacia el portón abierto.

– Siempre la llamo -repuso James.

Alex y Raymond echaron a andar por el callejón, fuera del resplandor de la bombilla de emergencia, y se internaron en la zona oscura.

– Su jefe es un gilipollas -comentó Alex.

– George Jefferson y Napoleón Bonaparte tuvieron un hijo y lo llamaron Gavin.

– ¿Por qué lo soporta?

– James piensa que debe aguantarlo. Está contento de tener ese empleo.

– Tiene que haber un sitio mejor para él. Es bueno en lo suyo.

– No sabe trabajar con los coches modernos. Y no hay muchos jefes que deseen dar trabajo a ex reclusos. Yo lo ayudaría si pudiera.

Salieron del callejón y se dirigieron hacia el Pontiac.

– En realidad no hemos hablado de nada -dijo Alex.

– No pasa nada.

– Quiero decir que ni siquiera hemos mencionado el incidente.

– Ya habrá tiempo para eso.

– Entonces, ¿qué pintaba yo ahí?

– En mi opinión, todos estamos buscando un poco de paz al respecto. El primer paso consistía en que yo quería que entraras en contacto con mi hermano. La jodió a base de bien ayudando a Charles a redactar esa nota. Pero, como ves, un hombre como James no se merece que lo enchironen.

Alex coincidía con él, pero no hizo ningún comentario. Estaba pensando en lo que iba a hacer cuando Baker proyectara su sombra sobre la puerta de la casa de su familia.

Capítulo 19

– Me parece que ya viene -dijo Charles Baker hablando por su móvil desechable-. Si ése es su 300, es él.

– Recibido -respondió Cody Kruger con el móvil pegado a la oreja y empleando el código abreviado, como hacían los agentes especiales que salían en la televisión.

Baker, sentado en el lado del pasajero del Honda de Kruger, observó fijamente, a través del parabrisas, el enorme Chrysler, igualito que el coche del Avispón Verde, que atravesaba lentamente el aparcamiento del apartamento con jardín en el que vivía Dominique Dixon. Kruger había estacionado en Blair Road, en la acera de enfrente.

El Chrysler aparcó en un espacio que estaba vacío, junto a un Econoline blanco y sin ventanillas que se hallaba situado al lado de un Dumpster de color marrón. A continuación se bajó del coche Dominique Dixon. Vestía pantalón beis y camisa verde Miles Davis. Encima llevaba una americana de cuero negro para protegerse del frío que se le ahuecaba a la altura de las paletillas, una señal que delataba la menudez de su complexión.

– Es él -dijo Baker.

– Recibido -dijo Kruger.

– ¿Preparado?

– Sabes de sobra que sí.

Dixon cerró el coche con llave y se encaminó hacia la escalera descubierta que llevaba a su apartamento. Allí arriba se encontraba Kruger, un piso por encima del de Dixon, con la espalda pegada a una pared de ladrillo y hecho un manojo de nervios porque aquello era nuevo para él. Con una mano sudorosa empuñaba la pistola.

Baker observó a Dixon y la actitud de seguridad que denotaba su manera de andar. Baker sabía quién era Dixon, aunque éste no.

Iba a disfrutar con aquello. Siempre disfrutaba cuando el otro era alguien más débil que él, tenía más que él, pensaba que aquello no podía suceder nunca.

Se apeó del Honda y lo cerró con el artilugio eléctrico que le había dejado el chico blanco. A su espalda, más allá de un parque y de una cancha de baloncesto ya oscura a aquellas horas, pasó un tren del metro en dirección sur, produciendo un suave golpeteo contra las vías. Al pasar junto al Chrysler 300, Baker clavó la llave en la aleta delantera y fue arrancando una larga raya de esmalte hasta el maletero sin perder el paso. Era una cosa propia de un crío, y lo sabía, pero aun así le proporcionó placer, y sonrió.

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