Rosa candida
- Автор: Ólafsdóttir Auður Ava
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:
Se me va la cabeza, como si estuviera perdiendo la sensación de lo que hay a mi alrededor, y de pronto empiezo a sangrar por la nariz. Dejo un reguero de sangre en el fregadero. Echo la cabeza hacia atrás. Sorbo por la nariz, echo la cabeza hacia atrás, trago sangre y me apoyo en el borde del fregadero, cae una cascada de sangre, como si se estuviera celebrando un sacrificio y fueran a sacrificar un animal.
Anna coge un paño húmedo y me ayuda a limpiarme la sangre de la cara. Parece preocupada.
– ¿Estás bien? -pregunta.
Me siento a la mesa de la cocina y echo la cabeza atrás. Anna delante de mí, lleva un jersey de color rosa rojizo, un color muy especial que no he visto nunca.
– ¿Estás seguro de encontrarte bien? -pregunta otra vez.
Los dos callamos, luego me dice titubeante y con los ojos bajos:
– Siento que tengo tantas cosas que hacer antes de poder convertirme en madre -me quito el paño de la nariz, parece que ha dejado de sangrar. Sería una estupidez recordarle que ya lo es-. Es sólo que no estoy preparada para tener un niño -continúa, como si fuéramos una pareja sin hijos organizando nuestro futuro.
Se queda en silencio unos momentos.
– Te quiero muchísimo, pero deseo estar sola un tiempo, unos años, para encontrarme a mí misma y terminar los estudios. Creo que soy demasiado joven para fundar una familia -dice la genetista, dos años mayor que yo.
Sigo con el paño en la mano, está rojo de sangre y la camisa también tiene manchas de sangre.
– Flora Sol y tú os lleváis estupendamente, mucho mejor que ella y yo -añade-. Intimasteis tan deprisa, y estáis siempre juntos haciendo algo divertido, y tenéis vuestro mundo privado al que creo que yo no pertenezco. Hasta sois zurdos los dos -añade muy deprisa.
– Pero no es más que una niña pequeña -digo.
– Siempre estáis los dos de acuerdo.
– ¿Qué quieres decir?
– Incluso conversáis en latín. Tengo la sensación de estar de más.
– Es una exageración absurda decir que la niña habla latín. Sabe un par de palabras, entre cinco y diez -respondo-, probablemente serán siete -digo tras un instante de reflexión-. Ha pillado unas cuantas palabras en las misas -añado-. Los niños son así.
– ¿A los diez meses?
– Desde luego, carezco de experiencia con otros niños.
– El papel de madre me llena a mí mucho menos que a ti el de padre.
– Quizá lo único que yo pretendía era captar tu interés, darte un toque.
– ¿Enseñándole latín a la niña?
– Ocupándome de ella lo mejor posible. Y también de ti -digo en voz muy baja.
– Eres un chico estupendo, Arnljótur -repite-, bueno y generoso -luego dice que me tiene mucho, mucho cariño-. Han sido cuarenta días maravillosos -continúa-, pero no puedo pedirte que me esperes -dice, se ha cubierto la cara con las manos-, mientras me encuentro a mí misma, a eso es a lo que me refiero.
– No -le digo-, no podrás -y sin embargo pienso que ojalá intentara decirme que la esperara
Capítulo 75
La última noche es como un recuerdo demasiado largo y demasiado lento. Es noche cerrada y me muevo en la cama con el máximo cuidado para no despertar a Anna. Su respiración es profunda. Intento acompasar mi respiración con la suya, sin quedarme dormido. Estoy pegado a ella pero da igual lo juntos que estemos ahora en la cama, nos separa un océano entero porque ya no somos uno. Siento que la estoy perdiendo igual que a mamá en el teléfono, como la arena de la playa que se escapa entre los dedos; no, como la ola salada del mar que se escapa entre los dedos. Y aquí me quedo y me chupo los dedos salados.
No pego ojo en toda la noche, me dedico a refrenar el tiempo y a elucubrar algo para que no se vaya. Tampoco puedo perder a Flora Sol. Me siento como si estuviera intentando adivinar algo, lo que sea, para retener a Anna, tal vez pueda hallar por azar la respuesta justa, como en un concurso de televisión en el que consigo el gran premio.
«Espera, espera, espera. Escúchame.» Me siento como en medio de una bandada de charranes que se arrojan sobre mí desde todas partes y no consigo hallar forma alguna de defensa. Ya que no puedo encadenarme a ella como un pacifista a un tanque, pienso por un instante si quizá podría mostrarle algún lugar que le pareciera irresistible y la hiciera cambiar de opinión al instante.
Tiene que tomar el tren de las nueve y a las siete sigue siendo mía y la toco bajo la sábana mientras el día crece vertiginosamente. Asoma la mañana violeta entre las cortinas, comò un jabalí despellejado en la carnicería. Y de pronto está despierta y yo no he conseguido dormir ni un momento. Parece aún confusa. Nuestra hija duerme feliz e inocente.
– He tenido un sueño -me dice-, un sueño muy extraño. Soñé que llevabas puestas las botas azules nuevas, que tenías a Flora Sol en brazos y también ella llevaba puestas unas botas azules nuevas. Estabais en la rosaleda, pero en el sueño no había ninguna otra cosa que tuviera color, ni siquiera las rosas, únicamente las botas azules. Y entonces yo estaba de pronto en una callejuela y os veía subir una larga escalera y desaparecer detrás de una puerta. Llamé a la puerta y tú abriste con Flora Sol en brazos y me invitaste a un té.
Se me escapa entonces sin pretenderlo:
– Quizá deberíamos tener otro hijo juntos, más tarde -no me atrevo a mirarla mientras lo digo.
– Sí -responde-. Podríamos hacerlo.
Nos levantamos los dos y yo me pongo justo delante del espejo, entonces tomo a Anna del brazo suavemente y tiro despacio de ella para que se mueva también, hasta que los dos estamos juntos en el espejo, como una foto de familia tomada en un salón, con un marco labrado y dorado, como si estuviéramos confirmando solemnemente nuestra convivencia de cuarenta días. Yo estoy pálido y ojeroso y ella también está pálida. Detrás de nosotros, nuestra hija, recién despierta y de pie sujetándose a la barandilla de la cuna, con una inmensa sonrisa, con las mejillas sonrosadas y un hoyuelo en el codo, toda la familia reunida en el marco.
– Puedes quedarte a Flora Sol -dice Anna de pronto, en voz baja, como si estuviera recitando algo de un nuevo manuscrito en la primera clase de arte dramático, como si intentara adaptar sus palabras a las circunstancias. Me mira a los ojos en el espejo.
Yo no digo nada.
– Cuando veo lo bien que habéis congeniado y lo responsable que eres, sé que puedo dejarla contigo sin preocupación alguna. Siempre seré su madre, de eso no cabe duda, pero no tienes que preocuparte de que un día aparezca en tu casa y te la quite. Y te ayudaré a educarla en todo lo que pueda. Haría cualquier cosa por ella -concluye.
»Perdona -dice finalmente. Me da un beso-. Dame seis meses -es lo último que dice
Capítulo 76
Después de tomarnos algo de pan con queso, como escolares merendando, silenciosos, uno enfrente del otro en la mesa, y de repartirnos una manzana entre los dos y la niña, yo me levanto a recoger la mesa del desayuno mientras ella recoge su ropa y sus libros.
Cuando ha terminado y está ya lista en el pasillo, me abraza y estoy seguro de que notará los latidos de mi corazón que llenan la estancia, y el zumbido de mis oídos. Luego abraza a la niña, no quiere que la acompañemos a la estación de ferrocarril. Nunca se me han dado bien las despedidas, ni siquiera me despedí de mamá. Me quedo solo con la niña y la visto. Luego nos sentamos con el libro de jardinería y pasamos páginas hasta llegar al capítulo favorito de mi hija, el que trata de estanques y arroyos de los jardines.
– Ma-ma -dice la niña.
– Sí, mamá volverá pronto.
Estamos mirando los arroyos cuando llaman a la puerta.
Me levanto de un brinco y camino de la puerta me miro en el espejo y me paso la mano por el pelo. Es mi vecina del piso de arriba. Lleva en las manos una bandeja humeante que me entrega sin decir una palabra. Distingo varias especies de pescado, también calamares y patas de cangrejo que asoman en un lecho de precioso arroz amarillo, tomates asados y aros de cebolla.