Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
– Pienso que en realidad estaba muy molesto -interrumpió Kincaid-. Parece ser que Alastair Gilbert estaba irracionalmente celoso de su esposa. Podría haber interpretado mal el más inocente de los gestos.
– Apenas conocía a ese hombre. -Brian frunció de nuevo el ceño y los vasos entrechocaron peligrosamente cuando los colocó-. No solía frecuentar el pub y desde luego él no me consideraba su igual, ni social ni profesionalmente hablando. Una vez me llamó maldito tendero, y eso que él es hijo de un granjero de Dorking.
Kincaid apoyó los codos en la barra del bar y se inclinó hacia Brian:
– Lo conocía lo suficientemente bien como para pedirle ayuda cuando Geoff tuvo problemas y él se la negó. Lo odiaba, ¿no es así, Brian? Nadie podía negar que tuviera una buena razón.
La copa de vino que Brian sostenía se rompió en su mano por el fuste y el depósito cayó indemne en la barra. El pulgar empezó a sangrar y lo sostuvo un momento dentro de su boca mientras miraba a Kincaid.
– Está bien. Lo odiaba. ¿Qué quiere que le diga? Era un bastardo que no merecía respirar el mismo aire que Claire y Lucy. Pero no lo maté si es a lo que quiere llegar. Se rió de mí cuando le pedí ayuda para Geoff. Me trató como si fuera escoria. Quizás estuviera tentado entonces, pero no lo toqué. ¿Por qué iba a hacerlo ahora?
– Le puedo dar dos buenas razones -dijo Kincaid-. Descubrió lo que estaba haciendo Geoff y le dijo que iba a tomar medidas. Opino que primero habría querido regodearse un poco, disfrutar haciéndolo sufrir. A Gilbert le gustaba jugar a ser un tirano de mala muerte, ¿no es así, Brian? Y usted podría haberle hecho callar de una vez por todas.
– Pero no lo hice.
– ¿Y si hubiera sospechado que estaba coqueteando con su esposa? Él no era la clase de hombre que se retiraba noblemente, ¿no? Creo que hubiera tomado la determinación de amargarle la vida al máximo, sin importar a qué precio.
– Pero no lo hizo.
La puerta de la cocina se abrió. Una chica delgada envuelta en un delantal de chef varias tallas más grande salió al bar.
– ¿Podrías ayudarme con las verduras, Bri? -preguntó mirando a Kincaid y notando la tensión en el aire-. Vaya, lo siento. -El aroma del roast-beef le llegó a Kincaid y tragó involuntariamente.
– Ahora voy, Meghan. -Brian le respondió con una sonrisa y se volvió hacia Kincaid cuando la chica desapareció por la puerta-. Mire, comisario, esto no tiene sentido. No puede creer seriamente…
La puerta principal se abrió y entró un grupo de clientes vestidos de domingo riendo y saludando a Brian. Kincaid lo miró a los ojos y sonrió.
– Será mejor que coja esa mesa, ¿no? -Sabía cuándo retirarse con dignidad.
Kincaid volvía a encontrarse afuera del pub Moon, pero esta vez estaba lleno a reventar de roast-beef y pudding de York. A pesar de que el estado de su estómago le pedía una siesta, se sentía inquieto y agitado ante la perspectiva de la tarde que tenía por delante.
Había llegado a un punto en la investigación en que ya no sabía por dónde continuar, pero sabía que esta frustración creciente era contraproducente.
Lo que necesitaba era un paseo. Le permitiría aclarar su mente así como disminuir el efecto de la comida. Algunos de los clientes habituales del pub le habían informado sobre diversas rutas prometedoras y se había puesto calzado apropiado y un anorak ligero que guardaba siempre en su bolsa de viaje.
El viento del oeste había traído nubes pero Kincaid juzgó que el tiempo no constituía una seria amenaza. Eligió el camino que cruzaba el pueblo y subía hacia la colina pasando al lado de la tienda, ahora cerrada, de Madeleine Wade. Pronto el camino se apartó de la carretera asfaltada y empezó a subir abruptamente. Kincaid pasó junto al campo de cricket y siguió las señales que indicaban Greensand Way, tal como le habían informado. Llegó sin aliento a un gran claro llano que era el cruce de muchos senderos que pasaban por el bosque de Hurtwood. Una buena metáfora, pensó, de las muchas avenidas que este caso parece estar tomando, aunque maldita sea mi suerte si soy capaz de ver cómo ligan.
Tomó Greensand Way. Al principio caminó con facilidad por el sendero arenoso y estudió los alrededores. Hurtwood era un nombre evocador que le traía imágenes de árboles dañados, pero uno de sus amigos parlanchines del almuerzo le informó que el nombre venía de la antigua palabra usada para los arándanos. Se preguntó si los matorrales espinosos que podía observar eran en realidad arándanos.
La idea general era que en otoño todo estaba más bien seco, y sin embargo este bosque era una suave sinfonía de verdes y marrones. El brezo que bordeaba el camino se había secado y tenía una consistencia marrón quebradiza. Bajo sus pies había una alfombra de hojas amarillas y marrones. Los helechos habían adoptado el color de los nuevos peniques. Rehuyó las comparaciones con el cabello de Gemma que le vinieron a la mente y aceleró un poco el paso.
Pronto el sendero se estrechó y el suelo a su izquierda empezó a descender. A través de los árboles podía ver toda la zona de Surrey Weald hasta South Downs. Hizo un esfuerzo intencionado por no dejar que su mente diera vueltas y durante la media hora siguiente se limitó a caminar y subir más y más la cuesta.
Se detuvo bruscamente al llegar a una curva y ver cambiado el ritmo de su paso tan repentinamente. Una pared de raíces de árboles salían de la ladera impidiendo el paso. Seguro que esto no era Greensand Way. Había debido pasar por alto una señal en algún sitio. De repente se dio cuenta de que no tenía ni mapa ni brújula y decidió que volver sobre sus pasos era la mejor opción. Pero primero escogió un lugar seco sobre las raíces para sentarse y descansar un momento.
A medida que su respiración cobraba normalidad el silencio era cada vez mayor, interrumpido únicamente por el canto de algún pájaro y el ruido sordo ocasional de un avión despegando en Gatwick. No le llegaba sonido alguno de las oscilantes copas de los árboles, pero cuando vio caer una hoja de una rama situada por encima de su cabeza le pareció oír el susurro que hizo al tocar el suelo.
Kincaid pasó los dedos por encima de los líquenes que cubrían una ramita nudosa y se preguntó si Alastair Gilbert se había tomado alguna vez un momento para sentir la textura del corcho o escuchar el caer de las hojas. Una agenda profesional y social demasiado estricta no dejaba espacio para la contemplación.
Había intentado no dejar que sus sentimientos por el hombre nublaran su visión del caso, pero quizás hubiera hecho mejor empezando por lo que le pedía su sentido común. Después de todo, esa era la clave: la clase de hombre que había sido Gilbert y las consecuencias que habían tenido sus actos. Porque no le cabía la menor duda de que el asesinato de Gilbert había sido cometido por alguien que lo conocía. De hecho, no había contemplado más que superficialmente la teoría del intruso.
¿Qué había estado a punto de decirle Brian Genovase cuando Meghan abrió la puerta? ¿Gilbert no había sospechado de Brian y su esposa? Pensándolo bien, Kincaid estaba seguro de que Valerie Reid los había conducido en la dirección correcta, fueran cuales fueran sus motivos. Brian no le había preguntado lo que todo hombre inocente pregunta cuando es juzgado injustamente: ¿Quién se lo ha dicho?
Pero si Brian y Claire eran amantes, y Brian había matado a Gilbert durante una discusión ¿por qué había estado tan preocupado por Lucy y Claire? Nada convencido, Kincaid desmenuzó unos trozos de corcho de la rama con sus dedos. ¿Podría Brian haber matado a Gilbert y haberse deshecho del arma en los pocos minutos que había estado fuera del pub? Los chicos habían registrado el lugar a conciencia buscando los pendientes de Claire y no habían encontrado nada que coincidiera con la descripción del arma que había hecho Kate Ling.