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Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
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Alzó los ojos frunciendo brevemente el ceño al oír el retumbar sofocado de un trueno y regresó luego a su mesa de trabajo para limpiar un par de pinceles y guardar un estuche de acuarelas muy usado. Cuando acabó, seguía debatiéndose en silencio, pero el eco distante de otro trueno le llevó a decidirse. Buscó un momento entre el organizado desorden de su mesa de trabajo y encontró su teléfono.

El número estaba grabado en el marcador automático, de modo que sólo tuvo que apretar una tecla. Y la llamada fue atendida antes de que sonara el segundo pitido de la línea.

– ¿Sí?

– Se aproxima otra tormenta -dijo Beau.

– La primavera en las montañas. El tiempo típico.

– Aja. Sólo me preguntaba si lo sabías. Con antelación.

– He pasado algún tiempo en Tennessee -respondió Bishop.

– Eso no es una respuesta, en realidad -dijo Beau juiciosamente.

– ¿No?

Beau suspiró.

– En fin, no puedo decir que no me hubieran advertido -dijo.

– ¿Sobre qué?

– Sobre ti, Yoda.

– Según Maggie, el maestro zen eres tú, no yo.

– Puede ser, pero hay algo que pone un poco los pelos de punta en cómo lo haces tú, tío.

En lugar de responder, Bishop se limitó a decir:

– Iba a preguntarte si estás disfrutando de tu primera misión oficial para la Unidad de Crímenes Especiales.

– Ha tenido sus momentos -dijo Beau, aceptando de mala gana el cambio de tema-. Creo que por lo menos he ayudado a un par de alumnos. ¿Consideras eso un aliciente?

– Era lo que esperaba. -El buen humor se dejó sentir en la voz de Bishop-. Lo interesante de que alguien como tú se una al equipo, Beau, es que hagas lo que se te da mejor: pintar y ayudar a los demás. Lo que hagas por mí aparte de eso, es sólo una bonificación especial.

– Hum. Así que en realidad en este viaje no contabas con ninguna de mis facultades psíquicas, ¿no?

La voz de Bishop cambió de inmediato.

– ¿Por qué? ¿Qué has visto?

Beau rodeó la mesa de trabajo y se dirigió al rincón del fondo, el lugar apartado donde siempre había estado el caballete de Diana. Aprovechando que ella había estado ocupada todo el día, Beau había colocado allí su propio cuadro con esbozos realizados al óleo, y había estado trabajando en él antes de que llegaran sus alumnos.

– ¿Beau?

– Al principio pensé que era yo -dijo con despreocupación-. Porque estaba trabajando en un cuadro en el caballete de Diana. Pero luego recordé que su cuaderno de dibujo grande seguía aquí, detrás del lienzo. Y dado que es de ahí de donde procede, no creo que sea yo.

– ¿De qué estás hablando, Beau?

El pintor levantó del caballete el óleo de El Refugio que había dejado a medio acabar y lo colocó a un lado. Después, abriendo el gran cuaderno de dibujo, comenzó a pasar sus páginas.

– El caso es que Diana arrancó esa página del cuaderno. Me di cuenta después de que faltaba. Así que no debería estar aquí.

– ¿Su dibujo de Missy?

– Sí. Está aquí otra vez, Bishop. O al menos uno que se parece mucho al original. -Beau se apartó y observó el cuaderno abierto y el dibujo que mostraba. Estaba todo él hecho en carboncillo… a excepción de una vivida pincelada de color escarlata que manchaba la figura de la niña y que seguía goteando muy lentamente de la página, sobre los trapos que Beau había colocado poco antes bajo el caballete. -Y está sangrando.

– Háblame de mí hermana, papá -dijo Diana.

Hubo un largo silencio durante el cual ella aguardó pacientemente, y luego Elliot Brisco contestó por fin.

– No pienso hablar contigo de esto por teléfono. Acabaré aquí y volveré a Estados Unidos el lunes. Luego podremos hablar. Vete a casa, Diana.

Quentin sintió y vio que ella se encorvaba un poco, no como si se liberara de tensión, sino más bien como si un nuevo peso se posara sobre sus hombros.

– ¿Irme a casa para soportar más mentiras? Creo que no. Voy a quedarme aquí, papá. Encontraré las respuestas por mí misma.

– Tú no sabes lo que dices. Lo que haces. Vete a casa. Vete a casa y te prometo que hablaremos.

Diana exhaló otro suspiro, que sonó trémulo al tiempo que la helada quietud de su rostro comenzaba a resquebrajarse.

– Más de treinta años. Has tenido tiempo más que de sobra para decirme la verdad sobre Missy, sobre quién era. Esto hace que me pregunte qué otras mentiras me has contado, papá.

– Diana…

Ella cerró bruscamente el teléfono, colgando a su padre, y se lo devolvió a Quentin sin mirarle. Pero sus palabras iban dirigidas a él cuando murmuró:

– No sé por qué, pero no creo que esta historia vaya a tener un final feliz, ¿tú sí?

Quentin volvió a colocarse el teléfono en el cinturón y con la mano libre la cogió del brazo; tenía de nuevo la inquietante sensación de que podía escapársele sin saber cómo.

– Diana, tú no conoces la historia… Ninguno de nosotros la conoce.

– No ha negado que Missy fuera mi hermana. Si no fuera cierto, lo habría negado.

– Puede ser, pero todavía podría haber una explicación razonable para todo esto.

Ella volvió la cabeza y se enfrentó a su mirada intensa con una expresión que poco tenía de suplicante.

– ¿Sí? ¿Y cuál podría ser esa explicación, Quentin? ¿Por qué, en todos estos años, nunca he encontrado ninguna fotografía de ella, excepto ésta? -Levantó de nuevo la fotografía-. ¿Por qué no me acuerdo de ella?

Quentin contestó a la última pregunta porque era la única para la que se le ocurría una respuesta.

– No recuerdas muchas cosas de tu vida, tú misma me lo dijiste. Las drogas, Diana, los fármacos.

La cara de Diana se contrajo fugazmente cuando ambos oyeron el bramido distante de un trueno; Quentin la sintió tensarse, pero ella mantuvo la mirada fija en la suya.

– Sí, las drogas. Quizás eso sea otra cosa por la que mi padre deba responder. Porque si pudo mentirme sobre Missy… quizá me haya mentido también en otras cosas. Tal vez mintió al decirme que estaba enferma.

– No tiene por qué haber sido una mentira premeditada. -Quentin se colocó en el papel de abogado del diablo porque tenía que hacerlo, porque sabía lo peligroso que era para Diana perder tan repentinamente toda confianza en su padre-. Con todo lo que me has contado sobre tu niñez, tu padre tenía motivos de sobra para creer que estabas pasando por algo que se salía de lo corriente. Sencillamente buscó respuestas y tratamientos en el lugar equivocado.

– O lo sabía. Lo sabía e hizo cuanto pudo por mantenerme drogada e inconsciente.

– ¿Por qué iba a hacer eso?

– Para que no me acordara de Missy.

El rugido de un trueno, más fuerte que el anterior, hizo que Quentin la apartara de la ventana y la llevara a sentarse a uno de los sofás que había junto a las cajas que había bajado del desván. Tomó asiento a su lado y maldijo para sus adentros la tormenta que se aproximaba porque se sentía ya nervioso e irritable, y era muy consciente de que empezaba a no poder fiarse de sus sentidos. Era como si alguien subiera y bajara al azar el volumen de un equipo estéreo, de tal forma que sus sentidos tan pronto se hallaban sofocados como estallaban estruendosamente en su conciencia.

Aquello era, como mínimo, motivo de distracción, y Quentin tuvo que recurrir a toda la disciplina que había aprendido y acumulado con los años para concentrarse en Diana y en el asunto del que estaban hablando.

– Diana, escúchame. Hasta donde he podido averiguar, Missy y su madre vinieron a vivir aquí, a El Refugio, cuando Missy tenía unos tres años. Tú no podías ser mucho mayor. ¿Cuándo cumpliste treinta y tres?

– El pasado septiembre.

Él asintió con la cabeza.

– Si Missy hubiera vivido, habría cumplido treinta y tres este mes de julio. Así que, suponiendo que fuerais hermanas, tú le sacabas menos de un año y no tenías más de cuatro cuando… cuando ella vino a vivir aquí. ¿Cuánta gente recuerda cosas de sus primeros años de vida?

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