Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
– De una hermana debería acordarme. -Ella bajó la mirada hacia la fotografía que sostenía, frunciendo el ceño.
– Eso es algo de lo que no podemos estar seguros, Diana. No, sin más información.
Ella desvió la mirada hacia las cajas cercanas.
– Puede que encontremos algo ahí dentro.
– Tal vez. Pero no te hagas ilusiones. La mayoría de las pertenencias de Missy y de su madre quedaron destruidas en el incendio del ala norte, hace años. Es pura casualidad que esta fotografía haya sobrevivido. -Él, sin embargo, no creía en algo tan azaroso como la casualidad. No creía en las coincidencias. Siempre había un motivo. Siempre.
Mientras los pensamientos dispersos se atropellaban en su mente, Diana le miró con una repentina expresión de esperanza en los ojos.
– Su madre. Quentin, ¿qué fue de su madre?
Él no quería darle más noticias perturbadoras, pero no le quedaba más remedio.
– Se fue poco después del incendio. Nunca he podido encontrar su rastro.
– ¿Y cuándo fue eso? ¿Hace cuántos años?
– El incendio fue menos de un año después de que Missy fuera asesinada. Así que hace veinticuatro años, semana arriba, semana abajo.
– ¿Qué aspecto tenía?
Quentin sólo tuvo que detenerse un instante.
– Se parecía mucho a Missy. Pelo moreno, ojos grandes y oscuros, cara ovalada. Estatura media. Más bien delgada, que yo recuerde. Quizás incluso frágil.
– ¿Estás seguro?
– La recuerdo vivamente, Diana. -Vio que la esperanza de su mirada se tornaba en confusión y añadió-: ¿Qué ocurre?
– Ésa no era mi madre.
Capítulo trece
– Mi madre era pelirroja, como yo -dijo Diana-. Alta, atlética. No parecía frágil en absoluto. Ésa es una de las razones por las que siempre me ha extrañado su enfermedad, porque en todas las fotografías parecía tan sana… tan fuerte…
Al cabo de un momento, Quentin sugirió:
– ¿El mismo padre y madres distintas?
– ¿Una medio hermana? -Diana se quedó pensando y, desasiendo distraídamente el brazo que Quentin le sujetaba, se frotó la sien. Le dolía la cabeza y se le hacía difícil pensar-. Puede ser. Que yo sepa, mi padre no volvió a casarse después de la muerte de mi madre. Pero puede que tuviera alguna relación, supongo.
Quentin vaciló; luego dijo:
– Me dijiste que eras muy pequeña cuando murió tu madre. ¿Cómo de pequeña?
– Tenía cuatro años. -Diana asintió con la cabeza antes de que él pudiera constatar lo obvio-. Sí, ya se me había ocurrido. Si yo le sacaba a Missy menos de un año, eso significa que nació mientras mi madre todavía vivía. Mi madre ya andaba entrando y saliendo de hospitales antes de que yo naciera, pero fue empeorando de año en año. Lo que significa que mi padre se lió con otra mujer probablemente mientras mi madre estaba enferma, en un hospital.
– Eso no lo sabemos, Diana. En realidad, no sabemos nada. Excepto que has encontrado una fotografía de ti y de Missy juntas y que tu padre, al que has pillado completamente desprevenido, no ha negado que fuera tu hermana cuando le has preguntado. Eso es lo único que sabemos.
– Hablas como un abogado -murmuró ella.
– Técnicamente, soy abogado. Y policía. Mira, lo único que digo es que no podemos dar nada por sentado. Si hay algo que la vida me ha enseñado, es que cualquier situación es siempre más complicada de lo que parece al principio. Siempre.
Diana sintió y oyó los truenos que se precipitaban bramando desde las montañas y se frotó la sien con más fuerza; deseaba que aquel martilleo cesara y se preguntaba por qué su voz sonaba de pronto distante.
– Seguramente no tendremos que especular mucho tiempo -dijo-. Conozco a mi padre; estará aquí el domingo por la noche. El lunes, como muy tarde.
– ¿Té molesta?
– No tengo elección, ¿no? Éste es un hotel público.
– No me refería a eso.
Ella ya lo sabía.
– Si tengo que enfrentarme a él, mejor que sea aquí y ahora. Quiero la verdad. Estoy cansada de… no recordar. De no saber.
– Lo conseguirás. Lo conseguirás.
– Sí. -Diana apartó por fin la mirada de él para fijarla en la fotografía que sostenía, sin dejar de frotarse la sien dolorida-. Mientras tanto, tengo la sensación de estar en medio de una mala telenovela sin pies ni cabeza. Hermanas separadas en la infancia, una de ellas asesinada y convertida en un fantasma atormentado. Una madre que murió en un hospital psiquiátrico. Un padre que miente y engaña. Un viejo hotel Victoriano por el que rondan los fantasmas. Y un agente del FBI que cree que puedo darle sentido a todo esto de algún modo.
– Lo creo, sí.
Los truenos volvieron a retumbar con estruendo y brilló un relámpago.
La fotografía se emborronó un poco y luego se aclaró. Y Diana contuvo el aliento: habría jurado que la Missy de la fotografía apartaba la mano del perro y la tendía, como si llamara a alguien. A la persona que sostenía la cámara. O a su hermana mayor, que la miraba.
– Diana. -Antes de que Quentin pudiera tocarla, ella intuyó su ademán, más que verlo, y se apartó de un salto.
– No. No. -Murmuró sin quitar los ojos de la fotografía.
«No dejes que te toque. Ahora no. Esta vez no.»
La voz era tan familiar, su premura tan auténtica, que Diana no pudo desobedecer y, sin pararse siquiera a pensar en ello, se oyó decirle a Quentin con voz tensa:
– No me toques. Hay algo que tengo que… No me toques. Espera.
Un relámpago brilló con fuerza segundos después de que profiriera aquella orden, y de pronto se halló en el tiempo gris.
Sola.
Ellie Weeks no creía que pudiera estar más nerviosa que al hacer aquella llamada telefónica, pero, con todo lo que estaba pasando en El Refugio, estaba convencida de que se llevaría un susto de muerte si alguien decía «bu» cerca de ella. Naturalmente, sentirse vigilada como por un halcón por la señora Kincaid, aquel viejo murciélago, bastaba para sacar de quicio a cualquiera, y Ellie imaginaba que lo demás podía atribuirse a las hormonas del embarazo.
Aun así empezaba a pensar que tal vez no fuera tan malo que la despidieran de aquel sitio. Con tal de que tuviera otro lugar adonde ir, claro está.
Miró su teléfono móvil por décima vez, sólo para asegurarse de que tenía cobertura y no había perdido una llamada. Y, como las nueve veces anteriores, el indicador señalaba una buena cobertura y ninguna llamada perdida.
– Mierda -murmuró suavemente.
– ¡Ellie!
Sobresaltada, se volvió para mirar a la señora Kincaid, consciente de que tenía aspecto de sentirse culpable, pero incapaz de hacer nada al respecto. Con la mayor discreción posible volvió a guardarse el teléfono móvil en el bolsillo del uniforme. Se suponía que los miembros del personal no podían llevar sus teléfonos encima cuando trabajaban.
– ¿Sí, señora?
– Creía haberte dicho que prepararas la habitación Orquídea. Mañana llega un cliente muy importante.
Allí siempre había clientes muy importantes, pensó Ellie. Pero su tibia curiosidad respecto a quién estaría al llegar se convirtió en otra cosa cuando de pronto se preguntó si la aparición de aquel huésped sería resultado de su llamada telefónica.
¿Podría llegar él tan pronto? ¿Sería así?
– Sí, señora. -Intentó que la esperanza no se le notara en la voz y preguntó con la mayor naturalidad posible-: ¿Un huésped habitual, señora?
La señora Kincaid la miró arrugando el ceño.
Ellie se apresuró a añadir:
– Sólo lo preguntaba por si sabemos si le gusta cierta clase de jabón, o tener más toallas o… cosas así.
Sin dejar de fruncir el ceño, la gobernanta respondió: