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Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
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– Yo no pretendo entender estas cosas -dijo Stephanie sinceramente-. Mira, ¿quieres que mande que os suban café? Me parece que vais a estar aquí un buen rato.

– Sería estupendo, gracias.

– Está bien. Buena suerte, espero que encontréis algo útil entre ese montón de cosas. -Señaló con la cabeza las dos cajas repletas que Quentin había trasladado con su permiso desde los baúles del desván.

Unas puertas correderas cerraban el salón y lo separaban del pasillo exterior, pero Quentin no se molestó en cerrarlas cuando Stephanie se marchó. El hotel parecía prácticamente vacío y dudaba que algún huésped fuera a interrumpirles o a molestarles entrando por casualidad en la habitación.

Se acercó a Diana con cautela, preocupado porque no hubiera dicho casi nada desde que habían encontrado la fotografía en el desván. Ella la llevaba aún en la mano, aunque había dejado de observarla para mirar por la ventana.

Antes de que Quentin pudiera hablar, dijo con voz perfectamente comedida:

– Tenías razón, ¿sabes? Las tarjetas magnetizadas que llevo encima no funcionan mucho tiempo.

Quentin comprendió que quería ir a parar a algún lado, de modo que siguió sin preguntar.

– Sí, nuestro campo electromagnético tiene algo que las altera.

– Las tarjetas llave duran menos que las de crédito.

– Seguramente porque están diseñadas para un período muy corto de tiempo, y las reprograman o las recargan más de una vez.

Diana asintió lentamente con la cabeza.

– Así que la información magnética de las tarjetas de crédito está pensada para ser más permanente, y por tanto es más resistente a las interferencias.

– Esa es nuestra hipótesis.

– ¿Y los teléfonos móviles? A mí sólo me funcionan una semana o dos y luego se averían. Las compañías telefónicas no se lo explican. Al final, dejé de intentar llevar uno.

– Lo mismo. Nuestro campo electromagnético interfiere con cualquier aparato magnético o electrónico, sobre todo con los que solemos llevar encima más a menudo.

– Tú llevas teléfono móvil. -El teléfono de Quentin era claramente visible, sujeto con un clip al cinturón.

– Hemos descubierto una funda de goma que parece protegerlos, al menos durante un tiempo. Aun así, las baterías suelen descargarse antes de lo que se considera normal, pero por lo menos podemos usar los teléfonos un tiempo razonable.

– Ah. Tenía curiosidad. -Ella hizo una pausa-. ¿Me prestas tu móvil, por favor?

– Claro. -Él soltó el teléfono del clip del cinturón y se lo dio. Empezaba a intuir lo que se proponía. Ignoraba si era buena idea, pero no se le ocurría ningún argumento que ella estuviera dispuesta a escuchar en ese instante.

Diana examinó un momento con ociosa curiosidad la funda que recubría el teléfono, luego la abrió y marcó un número, murmurando:

– Larga distancia, lo siento. Muy larga distancia, porque creo que está en su despacho de Londres. A cuenta de mi dinero como contribuyente.

Quentin ignoró aquello y dijo:

– Puedo irme, si prefieres estar sola.

Ella lo miró por primera vez.

– No. Prefiero que te quedes.

Él hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, a pesar de que no se sentía mucho más tranquilo. Aquel brillo extraño y sofocado que había visto en los ojos de Diana cuando estaban en las cuevas había vuelto a aparecer, y la misma quietud de su semblante sugería algo helado. Algo que podía romperse al primer contacto brusco.

Diana volvió a fijar los ojos en la ventana mientras esperaba que se efectuara la llamada. Después dijo:

– Hola, Sherry, soy Diana. ¿Está ocupado? Necesito hablar con él. Gracias.

– ¿Trabaja hasta tan tarde? -preguntó Quentin, que había calculado rápidamente la diferencia horaria.

– Trabaja a todas horas, siete días a la semana -contestó Diana-. Y paga a su ayudante el doble por las horas extras para que trabaje seis días.

Quentin se preguntó si siempre había sido así, o si el padre de Diana se había refugiado en el trabajo cuando primero su esposa y luego su hija habían intentado afrontar sus presuntos problemas mentales y aparentemente, habían fracasado. Pero antes de que pudiera formular la pregunta, el señor Brisco se puso al teléfono.

Elliot Brisco resultó tener una de esas voces nítidas y potentes que se oían claramente a través del teléfono móvil, de modo que Quentin pudo oír con toda claridad ambos extremos de la conversación.

Claro que quizás hubiera sintonizado automáticamente su sentido de arácnido para escuchar con inusual intensidad.

– ¿Diana? ¿Dónde demonios estás?

– Hola, papá. ¿Qué tal te va?

– Estaba muy preocupado por ti, Diana, y lo sabes muy bien. Ese médico tuyo se ha negado a contestar a mis preguntas y…

– Le pedí que no te dijera dónde estaba y te pedí a ti que lo respetaras. Además, la ley está de acuerdo en que mi historial médico ha de ser confidencial. Tengo treinta y tres años, papá, no soy una niña. Y el juez sentenció que era capaz de decidir por mí misma.

Aquella única referencia a una decisión judicial reveló a Quentin muchas cosas. Estaba claro que Diana había luchado por su independencia, seguramente en cuanto su organismo se vio libre de fármacos. Y era igualmente evidente que su padre no había cedido de buen grado el control sobre su vida.

– Has estado enferma casi toda tu vida -dijo Brisco con un deje de dureza en la voz-. ¿Se supone que no debo preocuparme cuando de repente dejas la medicación y desapareces dios sabe dónde?

– No desaparecí. Te dije que iba a intentar otra forma de terapia.

– ¿Y crees que yo no debía hacer preguntas al respecto? Dios mío, Diana, con todos los chiflados y las bobadas New Age que hay por ahí, podrías estar haciendo cualquier estupidez disfrazada de terapia. Antes se creía que el LSD era terapéutico, ¿recuerdas?

– Esta vez no se trata de drogas -repuso ella-. No estoy fumando nada. No bebo nada. Estoy en un taller artístico, papá, eso es todo. He estado… pintando mis demonios.

Elliot Brisco profirió un sonido que, según le pareció a Quentin, podía indicar bien incredulidad, bien una impaciencia cargada de mordacidad.

– ¿Pintando? ¿Y qué narices se supone que se consigue con eso?

– He conseguido muchas cosas, a decir verdad. Desde luego, mucho más de lo que esperaba. -Diana respiró hondo y exhaló despacio, como si intentara dominarse-. Estoy en El Refugio, papá. En Tennessee. ¿Te suena de algo?

– El Refugio. Estás en El Refugio. -La voz de su padre sonó de pronto floja, y en su debilidad creyó oír o sentir Quentin algo muy parecido al miedo.

– Sí. -Diana ladeó ligeramente la cabeza como si ella también oyera aquello, y levantó luego la mano en la que sostenía la vieja fotografía para poder verla-. Y aquí he encontrado algo que no estaba buscando. Una vieja fotografía de dos niñas pequeñas. No se parecen, en realidad… y sin embargo se parecen. Cuando las miras bien, te das cuenta de que podrían ser… hermanas.

– Diana…

– Es la foto que llevas en la cartera, papá. Parte de ella, por lo menos. Dime, ¿la otra mitad está cortada o sólo doblada hacia atrás para que no se vea? ¿La arrancaste de tu vida o sólo la escondiste donde no tuvieras que verla?

Silencio.

La voz de Diana sonaba serena, pero implacable.

– ¿No crees que va siendo hora de que me hables de Missy?

Beau Rafferty se despidió de sus alumnos por ese día y, cuando se hubieron ido, comenzó a recoger los carboncillos y las tizas de colores que habían usado y a colocarlos pulcramente en cajas y latas. Fue pasando luego de caballete en caballete, cerrando con todo cuidado los grandes cuadernos de dibujo para que la obra de sus estudiantes quedara en la intimidad.

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