Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
Sólo cuando estaban subiendo las escaleras que llevaban al desván dijo:
– Imagino que Rebecca no fue muy concreta sobre lo que cree que tienes que ver en el desván.
– No. Como tú dijiste, parece que nunca especifican cuando sería más útil.
– ¿Quiénes?
– Los guías. Los espíritus, supongo.
– Me alegra ver que empiezas a aceptar su existencia -dijo Quentin.
Diana dejó escapar una risa suave.
– ¿Su existencia? Ya no estoy segura de qué es real y qué no. A decir verdad, no estoy segura de haberlo sabido nunca.
– Sí lo sabes. Sólo tienes que confiar en ti misma.
– Perdóname, pero eso se parece mucho a toda esa palabrería que he tenido que escuchar durante años.
– Hay una gran diferencia -repuso Quentin, tomándola de la mano mientras subían-. Yo sé muy bien que no estás enferma ni loca, y nunca intentaré convencerte de lo contrario. Puedes confiar en mí. Y puedes confiar en ti misma, ¿sabes?
– ¿Sí? ¿Cómo estás tan seguro?
– Diana, lo que tú has vivido estos últimos días habría hecho entrar en estado de conmoción o de coma a la mitad de las personas con facultades paranormales que conozco. -Inclinó la cabeza cuando ella levantó los ojos hacia él-. Eres mucho más fuerte de lo que piensas.
– Espero que tengas razón -murmuró ella.
Un par de minutos después llegaron al desván y, al pasear la mirada por la estancia vasta y atiborrada de cosas, Diana deseó realmente convencerse de que Quentin tuviera razón. Porque iban a hacer falta mucha fuerza y mucha energía para inspeccionar todo lo que había allí, y más aún para enfrentarse a cualquier cosa inesperada que pudieran encontrar.
– Maldita sea -dijo con un suspiro-. ¿Por qué nunca son fáciles las cosas?
– Al universo no le gustan las cosas fáciles. -Quentin también suspiró-. ¿Quieres que lo echemos a cara o cruz, o que empecemos cada uno por un lado y vayamos avanzando hacia el centro?
– El vidente eres tú -dijo ella, sólo a medias bromeando-. ¿Por qué no ves por dónde debemos empezar?
– No funciona así, en realidad.
– Me lo imaginaba. -Diana paseó la mirada a su alrededor, admirando distraídamente las ventanas de cristal emplomado iluminadas por el sol de la tarde. Haces de luz coloreada (casi como rayos, pensó Diana) entraban en el desván, haciendo refulgir, como a la luz brillante de un foco, un montón de baúles viejos que había en el pasillo casi despejado del eje norte-sur.
Un foco.
– O puede -murmuró-, que sea fácil, después de todo.
Quentin siguió su mirada.
– Vaya, vaya. Casi una señal, ¿eh?
– Pareces un poco incrédulo.
– Desconfío de las señales por norma. Suelen llevarme por caminos que posiblemente debería evitar.
Diana levantó las cejas y esperó.
– Ésta señal es tuya -dijo él-. Vamos.
Mientras se dirigían hacia los baúles amontonados, Diana dijo con cierta desgana:
– No sé si debería culparte por todo esto o alegrarme de que estés aquí para ayudarme a no perder el norte.
– Voto por lo último.
– Apuesto a que sí.
– Como dije desde el principio, tú y yo estamos aquí por una razón. Los dos necesitamos respuestas.
Al llegar junto a los baúles, Diana los miró fijamente y dijo un tanto indecisa:
– Sí, pero ¿cuáles son las preguntas? ¿Tú quieres saber quién mató a Missy y yo quiero saber si estoy loca?
– Ya habíamos quedado en que no estás loca.
– Entonces, ¿cuál es la respuesta que necesito?
– Puede que la que Rebecca te dijo que encontrarías aquí arriba. -Quentin agarró el asa lateral del baúl de arriba-. Espera. Vamos a ver si esto pesa tanto como parece.
No pesaba, por suerte, tanto como parecía, y pudieron alinear los tres baúles, uno junto al otro, en el pasillo. Ninguno de ellos estaba cerrado con llave y, una vez levantadas todas las tapas, Diana y Quentin se hallaron contemplando un caos semiorganizado.
– Qué encantador -dijo Diana exhalando con otro suspiro-. El de este lado parece contener sobre todo ropa vieja. -Sacó una boa de plumas que casi se desintegró entre sus dedos, y estornudó-. Sobre todo.
– Pobrecilla. En el de este lado y en el del medio también hay ropa vieja, pero… -Quentin se arrodilló junto al baúl de su lado y sacó una caja arrugada llena de papeles sueltos-… esto de aquí parecen cartas, facturas y recibos. Hay al menos un par de libros de cuentas y unos diarios. Dios mío. Tardaremos horas en revisar todo esto.
– No me digas. -Diana se arrodilló junto al baúl del medio y sacó un álbum de recortes que apenas se mantenía unido. Miró un par de páginas y dijo-: Esto te va a encantar. Montones y montones de fotografías de El Refugio, algunas de cuando fue construido.
– Genial. Déjalo a un lado para llevarlo abajo, ¿quieres? Le pediremos permiso a Stephanie para revisar lo que nos parezca interesante en algún sitio más cómodo. Aquí arriba la luz es muy colorida, pero no es la más adecuada para estudiar estas cosas.
– Eso seguro. -Diana dejó a un lado el álbum, junto con otro que encontró en el baúl. Sacó luego una caja vieja en cuya tapa ponía «Objetos perdidos». La abrió y dejó al descubierto algunas piezas de bisutería, varios peines y pasadores de pelo, un monedero de lentejuelas, otros objetos menudos y cierto número de fotografías sueltas.
Levantó las fotografías para ver qué había bajo ellas y una cayó a un lado. A la luz brillante y multicolor que se derramaba en el interior de la caja, la imagen en blanco y negro parecía refulgir.
Diana cogió la fotografía y dejó que la caja volviera a caer dentro del baúl. Vio temblar sus dedos y no le sorprendió.
– ¿Qué es? -preguntó Quentin. Se acercó un poco, miró la foto que ella sostenía y contuvo el aliento, sorprendido-. Es Missy.
Estaba sentada en lo que parecían ser los escalones delanteros de una casa inidentificable, vestida de verano, con pantalones cortos y el pelo largo y moreno peinado con la raya al medio y recogido con cintas por debajo de las orejas. Sonreía y tocaba con la mano extendida a un perro de gran tamaño que yacía recostado junto a ella.
Y al otro lado…
Diana tocó ligeramente con el dedo la imagen de la niña pequeña del otro lado del perro. Iba también vestida de verano, pero tenía el pelo más rubio, más corto y suelto, y su sonrisa no era tan tímida como la de Missy.
– Me resulta familiar -dijo Quentin. Luego masculló una maldición al mirar a Diana.
– Mi padre lleva esta fotografía en la cartera -dijo ella lentamente-. Pero sólo la mitad. -Tocó de nuevo la imagen de la niñita rubia-. Esta mitad. La parte en la que estoy yo.
– Podéis usar este salón -le dijo Stephanie a Quentin, añadiendo-: No se usa mucho ni siquiera cuando el hotel está lleno, y con la cantidad de gente que se ha ido antes de lo previsto desde ayer… -Miró a través del salón del tercer piso, bellamente amueblado, a Diana, que, de pie junto a una de las ventanas, contemplaba los jardines, y agregó en voz más baja-: ¿Se encuentra bien? -Lo único que sabía sobre la fotografía que habían encontrado era que podía indicar una relación familiar entre Diana y uno de los niños asesinados en El Refugio; no había pedido más detalles.
– No lo sé -contestó él con franqueza-. Las últimas veinticuatro horas han sido… «duras» no es la palabra más adecuada. Su vida entera ha cambiado. -Sacudió la cabeza-. No sé qué pasará ahora.
Stephanie lo miró con incertidumbre.
– ¿No se supone que deberías saberlo? Quiero decir que ¿no es ése tu don, ver el futuro?
Quentin no se molestó en explicar de nuevo que nunca veía nada. Se limitó a decir:
– Lo irónico de la situación no ha pasado desapercibido, créeme. Mis facultades han brillado por su ausencia desde que llegué aquí, quitando un par de excepciones de poca monta. Puede que la razón sea que he estado tan concentrado en el pasado, que el futuro se me escapa. Por lo menos eso es lo que dice mi jefe, y suele tener razón.