Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
– Gracias. -Él intentaba no preguntar si su interés por ella, a duras penas velado, era correspondido-. Ya tengo a algunos de mis hombres en jefatura revisando los documentos históricos públicos que sea posible encontrar sobre El Refugio y esta zona en general. Además, van a reunir toda la documentación, por insignificante que sea, que tenemos sobre las desapariciones sin resolver y las muertes dudosas que ha habido por aquí. Nos enviarán copia de todo a Quentin y a mí.
– ¿De veras crees que todo esto está relacionado? ¿Que hay… algo misterioso actuando aquí?
– Dios, no sé qué pensar. Sabemos que en el hotel se cometieron al menos dos asesinatos. Tenemos lo que podría ser una red de pasadizos y cuevas, una de las cuales contiene restos óseos humanos. No sé si Quentin tenía razón al obsesionarse todos estos años. Y tampoco sé si tiene poderes extrasensoriales, o si los tiene Diana.
Nate torció el gesto.
– Que yo sepa, los responsables de que haya un montón de huesos en esa cueva podrían ser un oso o una manada de lobos, y el asesino de esos dos críos se largó hace mucho tiempo.
– Pero en realidad no lo crees.
Él se encontró con su mirada fija y suspiró.
– No. No, en realidad, no lo creo. Nunca he sido muy fantasioso, pero te aseguro que lo que sentí ahí abajo era algo sobrenatural. Hasta el olor era al mismo tiempo extraño y curiosamente familiar, como una cosa de la que sólo hubiera sido consciente en sueños. En pesadillas. Como si mi mente no pudiera identificarlo a nivel consciente, pero una parte mucho más honda de mí sí pudiera.
– Tu instinto, quizá.
– Quizá. Tuve la sensación de que sabía lo que había ahí abajo, pero no quería saberlo… si es que eso tiene sentido.
– No sé si algo de esto tiene sentido, pero sí, creo que sé lo que quieres decir. -Stephanie suspiró-. Hasta ahora, todo lo que hemos descubierto o creemos haber descubierto sugiere que hubo un asesino de la clase que fuera operando aquí.
– Sí.
– Entonces, ¿hay motivos para que advierta a mis clientes? ¿Alguna razón para creer que hay algún peligro?
Nate vaciló.
– Francamente, no lo sé. Mi entrenamiento y mi experiencia me dicen que no.
– ¿Pero?
– Pero… parecen estar saliendo a la luz un montón de crímenes antiguos, y mi experiencia también me dice que eso significa que algo ha cambiado. Puede que sólo sea que Quentin está aquí otra vez, buscando respuestas, justo cuando Diana aparece con la habilidad de descubrir, de algún modo, lo que llevaba enterrado todos estos años. Puede que sólo sea… una coincidencia perfecta.
– ¿Pero? -repitió Stephanie.
Nate recordó el frío que había sentido calarle los huesos en la cueva y movió la cabeza de un lado a otro.
– No es nada que pueda señalar con el dedo. Desde luego, nada lo bastante concreto como para hacerme avisar a tus clientes, o incluso para sugerir que les adviertas.
Stephanie se mordió el labio inferior y arrugó un poco el entrecejo.
– Y yo no quiero desatar el pánico… ni provocar un éxodo. Pero creo que aumentaré las medidas de seguridad en nuestros terrenos. Mal no puede hacer.
– No -repuso Nate-. Mal no puede hacer.
De pie en la puerta del dormitorio de Diana, Quentin la miró un momento para asegurarse de que seguía profundamente dormida. Le había quitado únicamente los zapatos y la había cubierto con un manta ligera, y ella yacía sobre su cama, igual que la había dejado más de dos horas antes.
Quentin se recordó que no era extraño que, tras el uso extremo o prolongado de cualquier facultad paranormal (y el sentido común le decía que canalizar el espíritu de una niña pequeña asesinada veinticinco años atrás era, ciertamente, un buen ejemplo de ello) una persona necesitara dormir mucho.
Aun así, le costaba apartarse de la puerta. No quería dejar a Diana, ni siquiera para entrar en la habitación contigua. Ella estaba recibiendo, estaba claro, un bautismo de fuego en lo tocante a sus facultades, y él quería facilitarle las cosas. Saber que no podía hacerlo le resultaba frustrante y curiosamente doloroso.
Por fin regresó a la sala de estar de la cabaña de Diana, donde había dejado su ordenador portátil. El Refugio ofrecía, entre sus servicios de primera clase, acceso a Internet de banda ancha… y un personal muy servicial, más que dispuesto a ir a buscar el ordenador a su suite para entregárselo allí.
Nate había tenido también la amabilidad de concederle la autorización que necesitaba para consultar varios archivos y, por primera vez, Quentin iba a poder remontarse mucho más atrás de aquellos veinticinco años.
«Ellos crearon El Refugio.»
Lo que Diana había dicho en la cueva le ofrecía un punto de arranque que nunca antes había tenido, y Quentin pensaba sacar el mayor partido a aquel dato. Tenía que encontrar toda la información disponible sobre los hombres que construyeron El Refugio, y sobre el asesino al que habían aplicado su particular versión de una justicia implacable.
Tenía que averiguar la verdad, tanto por Diana como por sí mismo.
Tenía que comprender.
– Entonces, ¿de verdad había un asesino? -Diana arrugó el ceño y dejó su taza sobre la mesa baja. Tras una ducha caliente, un plato de comida y una buena dosis de café, empezaba por fin a sentirse de nuevo ella misma.
O, mejor dicho, se sentía más fuerte y extrañamente concentrada, lo cual no era propio de ella, pero sí ciertamente mejor.
Quentin señaló el cuaderno que había llenado de notas y dijo:
– Por la información que me ha dado la gente de Nate y por lo que he podido encontrar en hemerotecas y otros archivos históricos, las desapariciones empezaron en esta zona a fines de la década de 1880. Hubo tal vez tres o cuatro al año, de media. Teniendo en cuenta lo accidentado que era, y que es, el terreno, y la dificultad de viajar en aquellos tiempos, no se consideró nada fuera de lo corriente. La gente se perdía en estas montañas. Había personas que resultaban heridas y morían antes de que alguien pudiera encontrarlas. Esas cosas pasaban.
Diana asintió con la cabeza.
– El pueblo de Leisure casi no existía, y no tenía cuerpo de policía del que mereciera la pena hablar -prosiguió Quentin-. No creían necesitarlo; la gente que se establecía en esta región solía ser dura y auto suficiente, y por lo general se ocupaba de sus problemas sin involucrar a los demás. Es una mentalidad que no se presta a llamar a la policía, sino más bien a coger la escopeta de la familia y…
– Ocuparse del problema por su cuenta -concluyó Diana-. Que es lo que hicieron los hombres que construyeron El Refugio.
Quentin hizo un gesto de asentimiento.
– Por lo poco que he podido encontrar, no está del todo claro pero deduzco que durante la construcción del hotel desaparecieron un par de personas más. Esta vez, sin embargo, se encontraron los cuerpos. Obviamente, esas personas habían sido asesinadas. La creencia general era que el móvil había sido el robo, sobre todo teniendo en cuenta que en aquella época era prácticamente desconocido lo que más tarde se llamó asesinato indiscriminado y posteriormente asesinato en serie. Luego desapareció un niño.
– ¿Y quién iba a robar a un niño? -dijo lentamente Diana.
– Exacto. Había tanto miedo y tanta rabia que los hombres que habían invertido grandes cantidades de dinero en estas tierras y en la construcción de El Refugio decidieron contratar a un detective privado para intentar llegar al fondo del asunto antes de que sus trabajadores empezaran a desertar de sus puestos.