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Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
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– ¿Por qué? Esta mañana fue distinto.

– Esta mañana necesitaba hablar a través de ti. Necesitaba que él y el otro policía me oyeran. Hacerte cruzar la puerta físicamente fue el primer paso. Después de eso estabas… conectada. Tú lo sentiste, la diferencia.

– Tenía frío. No lograba entrar en calor.

– Sí. Lo siento, pero necesitaba la conexión para más tarde. Para la cueva. Para poder hablar a través de ti. Pero te desgastó mucho. Más de lo que esperaba. Lo siento.

Diana aceptó la disculpa, pero cuanto más se alejaba de Quentin más nerviosa se sentía.

– ¿Adónde vamos?

– Hay una cosa que tengo que enseñarte.

Diana recordó el comentario irónico de Quentin acerca del papel curiosamente inútil que solían desempeñar los espíritus cuando había demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.

– ¿Por qué no me dices simplemente quién te mató? -dijo.

Para su sorpresa, Missy le ofreció una respuesta. O algo parecido.

– Porque saber quién me mató no te ayudaría. Ni tampoco ayudaría a Quentin.

Era la primera vez que pronunciaba el nombre de Quentin, lo cual produjo en Diana una curiosa punzada que no supo explicarse.

– A él le ayudaría. Esto le ha… obsesionado todos estos años.

– Lo sé.

– Entonces, ¿no quieres tranquilizarle? ¿No quieres que deje todo esto atrás y siga con su vida?

– Sí. -Missy se detuvo y se volvió para mirarla en el pasillo frío y gris-. No pude cruzar, las otras veces que estuvo aquí. No podía llegar hasta él. Aunque trajo a otra médium al menos una vez, para intentarlo.

– Eso no me lo ha dicho.

– Fue hace mucho tiempo.

– ¿Cómo lo sabes? Aquí no pasa el tiempo.

Missy sonrió levemente.

– Porque él era más joven. Más joven y muy impaciente y decidido. Siempre he podido verle desde aquí. Sólo que no podía llegar hasta él. -Sus hombros delgados subieron y bajaron en un encogimiento.

– Ahora sí puedes. A través de mí. Así que, ¿por qué no le dices lo que quiere saber? ¿Por qué no le das la paz que busca?

– No soy yo quien puede dársela.

– Eso no es cierto.

– Diana, Quentin se culpa por no haberme protegido. Por no haberme salvado. Pero, sobre todo, se culpa porque en el fondo sabía lo que estaba pasando aquí. O, al menos, que pasaba algo malo. Podía sentirlo, lo mismo que yo. Nació con facultades extrasensoriales, con el don de la videncia, no lo adquirió el día que me encontró. La impresión sólo le hizo despertar, eso os todo.

– Missy…

– Él sentía que algo iba mal aquí, pero no podía creerlo. Era más mayor que yo, quizá fuera eso en parte. Tal vez era sólo que nadie le había explicado nunca por qué era distinto, y por lo tanto él decidió no serlo. Decidió ser como todo el mundo. Decidió no prestar atención a esas emociones que no podía explicar. Su mente le decía que ignorara lo que sentía, que dudara de sus sentidos. Escuchó a su mente, igual que tú has escuchado a los doctores todos estos años.

– Eso era distinto.

– No, era lo mismo. Tú sabías que no estabas loca. Sabías que no estabas enferma. Pero les escuchabas dé todos modos. Porque, en el fondo, te daba más miedo la verdad.

– No sé lo que quieres decir.

– Tú sabes, siempre lo has sabido, que el muro entre los vivos y los muertos no es algo sólido. Sabías que podías abrir puertas y dejarnos pasar. Sabías que podías cruzar esas puertas hasta nuestro lado. Sabías que podías caminar junto a nosotros.

Missy hizo una pausa y luego añadió:

– Siempre te ha dado miedo quedar atrapada aquí, como esa gente a la que veías en el hospital cuando íbamos a visitar a mamá. Tú sabías lo que yo sabía. Que eran cuerpos vivientes sin alma.

Diana sintió que se le contraía la garganta, sintió que un terror gélido se ovillaba dentro de ella en espirales que le resultaban ya familiares. El recuerdo desencadenado por las palabras de Missy fue súbito e increíblemente vivido. Se sintió transportada casi treinta años atrás, la manita cogida en la de su padre, sus piernas cortas intentando seguirle el paso mientras él la conducía por un larguísimo pasillo. Un pasillo con puertas a cada lado, unas abiertas, otras cerradas. Detrás de algunas de las cerradas había silencio; detrás de otras, Diana oía de cuando en cuando una risa o un sollozo, y detrás de una oyó un extraño y melancólico lamento. A través de las puertas abiertas veía camas, algunas con personas sentadas en ellas, leyendo, viendo la televisión.

Pero en otras camas había personas que yacían quietas y silenciosas, y unas máquinas emitían suaves pitidos junto a ellas. Aquellas personas estaban en su mayoría dormidas o inconscientes, ella lo sabía. Incluso entonces lo sabía.

Algunas estaban idas. Sus cuerpos yacían allí y respiraban, aquellas máquinas que pitaban registraban el latido de sus corazones, pero las personas que antaño habían habitado esos cuerpos se habían ido.

Y nunca volvían.

Diana lo sabía con perfecta certidumbre. Más allá de la capacidad de una niña para comunicar aquella certeza, más allá de las palabras, más allá de la razón, sabía exactamente lo que les había ocurrido a esas personas.

Alguien había abierto una puerta, quizás incluso hubieran sido esas mismas personas. Y ahora estaban atrapados al otro lado, incapaces de retornar a su ser físico.

El terror de Diana era profundo y mudo, pero no fue nada comparado con lo que sintió cuando su padre la hizo entrar en una de aquellas habitaciones. Cuando vio a su madre tendida, quieta y silenciosa, en una cama. Cuando oyó el pitido suave de las máquinas.

Cuando comprendió.

– ¿Diana?

Parpadeó y miró fijamente el rostro solemne e infantil de Missy.

– Dios mío. A ella le pasó. Se… se fue. Antes de que papá o los médicos se dieran cuenta, mucho antes de que lo dijeran, antes de que su cuerpo por fin se detuviera, se había ido.

– Sí.

– Yo no… ¿Por qué no me acordaba de eso?

– Te daba demasiado miedo recordar.

Esta vez, Diana comprendió.

– Porque sabía que podía hacer lo mismo que ella.

Missy asintió con un gesto.

– Tenías miedo de no poder controlarlo, de perderte en este lado como se perdió ella. Y entonces no podías controlarlo. Eras demasiado pequeña, no sabías cómo. Y ella no estaba allí para ayudarte a comprender. No había nadie. Al menos, entonces.

– Hasta ahora.

– Ahora no hay medicinas que nublen tu mente. Y él está aquí para empujarte a ver lo que hay. Para ayudarte a entender. Lo necesitabas. Pero todavía tienes miedo. Por eso discutes con él cuando quiere hablar de ello.

– Tengo razones para estar asustada, ¿no crees? Tú misma has dicho que no sabías si podía quedar atrapada a este lado. Pero las dos sabemos que es posible, así que…

– Hay cosas peores que estar atrapado aquí, Diana.

Ta-tan.

Ta-tan.

No era un sonido, sino más bien una sensación, y una sensación sorprendente en aquel lugar gris, lleno de quietud y silencio.

Quentin le había preguntado si alguna vez había sentido u oído algo parecido al latido de un corazón dentro de ella, y Diana lo había negado porque no se acordaba. Pero ahora lo reconoció al instante. Lo recordó: era un eco de su infancia, procedente de algún lugar dentro de ella, más hondo que el instinto.

Conocía aquello.

Ta-tan.

Ta-tan.

Era vasto y oscuro y olía a tierra húmeda y a huevos podridos. Era tan frío que quemaba, y su negrura hurtaba todo destello de luz. Y era… ineludible. Antiguo. Más que poderoso. Tan arrollador que se sentía débil y aterrorizada.

Ta-tan.

Ta-tan.

– Ya viene -dijo Missy-. Está listo para matar otra vez.

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