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Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
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– Te refieres a él, ¿no? A ese asesino.

– Dejó de ser una persona incluso antes de que le enterraran vivo. Ahora sólo es… una cosa. Y tú sabes qué es.

Diana lo sabía. Eso era lo aterrador. Que lo sabía.

– ¿Qué aspecto tendrá esta vez? -musitó-. ¿De quién se apoderará?

– Casi siempre tiene el aspecto de alguien en quien confiamos, ¿no? -Missy se volvió y de nuevo la condujo por el largo y grisáceo corredor-. Por aquí. Date prisa, Diana.

Diana la siguió porque no podía hacer otra cosa; la asustaba lo que se acercaba y al mismo tiempo la angustiaba saber que la distancia entre la parte de su ser que estaba haciendo aquella travesía y la parte que había quedado atrás, junto a Quentin, era cada vez mayor. Aquella angustia no hizo sino crecer cuando se dio cuenta de que aquel corredor le era desconocido y de que ignoraba cómo encontrar el camino que la llevaría de regreso junto a él.

Quentin se paseaba con nerviosismo por la sala, volviendo una y otra vez la mirada hacia el rostro de Diana. Ella tenía los ojos cerrados, el semblante apacible, y, de no haber sabido que no era así, él la habría creído dormida.

Pero Diana no estaba dormida.

Un camarero del servicio de habitaciones había llegado y se había ido, pero el café que Stephanie les había mandado seguía intacto sobre la bandeja. Quentin no quería café, pero le habría sentado bien algo más fuerte. Algo mucho más fuerte.

«No me toques. Hay algo que tengo que… No me toques. Espera.»

Esperar. Solamente esperar. ¿Cuánto tiempo se suponía que debía esperar? ¿Cuánto tiempo podía estar Diana… donde estuviera sin correr peligro?

Quentin suponía que se hallaba en el tiempo gris. No estaba seguro de qué había desencadenado aquello, como no fuera una mezcla entre el estado de alteración emocional de Diana tras descubrir lo de Missy y la tormenta que retumbaba fuera. Seguramente era eso, se dijo. La tormenta, desde luego, estaba desordenando todos sus sentidos, y teniendo en cuenta lo ocurrido durante la última tempestad, era indudable que aquélla habría afinado los de Diana.

Eran los propios sentidos de Quentin, en los que ya no podía confiar, los que le impedían extender el brazo hacia ella, tocarla, amarrarla. Durante una tormenta, mucho más aún que habitualmente, se sentía casi desconectado del flujo de información sensorial al que su cuerpo y su mente estaban acostumbrados. Todo le parecía sofocado, distante, fuera de su alcance.

Lo único que sabía con certeza era que lo que Diana estaba haciendo era peligroso. Y necesario.

Eso era lo que no podía soslayar, la sólida convicción de que Diana tenía que hacer aquello, de que era importante. Y de que, si él interfería, si la hacía volver por la fuerza del lugar donde debía estar en ese momento, lo lamentaría.

La cuestión era: ¿podía confiar siquiera en sus más profundas certezas? ¿Podía confiar en su instinto?

Porque, si no podía y esperaba demasiado tiempo antes de intentar hacerla volver… quizá Diana quedara fuera de su alcance, o del alcance de cualquiera.

– Ya lo ha hecho otras veces -se oyó mascullar mientras deambulaba por la habitación sin dejar de observarla-. Lo ha hecho durante años, durante décadas. Yo no estaba allí, y ella volvió sin mi ayuda. Sin la ayuda de nadie. Ahora también podrá volver.

Si era tan fuerte como él creía.

Si era lo bastante fuerte.

Quentin detestaba todo aquello. Odiaba esperar, odiaba quedarse allí parado, sin nada que hacer salvo preocuparse. Se había visto forzado a hacerlo más de una vez en el pasado y, de hecho, sospechaba que Bishop le había puesto de cuando en cuando en esa situación deliberadamente, para enseñarle a tener paciencia.

Enfrentado a la sospecha de Quentin, Bishop no lo había negado. Pero tampoco lo había confirmado.

Como era de esperar.

En cualquier caso, si lo que Bishop pretendía era enseñarle una lección, Quentin aún no la había aprendido. Iba contra sus más hondos instintos, contra su propia naturaleza, el permitir que otra persona asumiera el papel activo mientras él esperaba retorciéndose las manos. Sobre todo cuando esa persona, a pesar de su fortaleza, había sufrido y era frágil, y a él le importaba…

El fragor de un trueno resonó en sus oídos, casi ensordeciéndole, y el destello brillante del relámpago fue tan cegador que por un instante quedó completamente a oscuras y solo dentro de su propia cabeza. De no ser por…

«Ahora. Date prisa. Antes de que sea demasiado tarde.»

La tormenta había desbaratado hasta tal punto sus sentidos que le asombró el oír aquel susurro dentro de su mente. O quizás aquel susurro llevara mucho tiempo sonando, y él no había podido oírlo.

Temiendo de pronto haber esperado demasiado, regresó a toda prisa junto a Diana y, cogiendo sus manos frías, se las apretó con fuerza.

Nada. Ninguna reacción, ninguna respuesta. Ella permanecía allí sentada, inmóvil y muda, los ojos cerrados, el semblante apacible.

Quentin nunca se había visto compelido a ser el salvavidas de otra persona, pero hacía mucho tiempo que había aprendido que, con la motivación y la disciplina adecuadas, la mente humana podía hacer cosas notables.

Concentrándose, bloqueó con fiereza la distracción que suponía la tormenta y focalizó toda su voluntad en llegar hasta Diana y hacerla volver a él.

Capítulo catorce

– Missy, pero ¿dónde me llevas? -El desasosiego que sentía Diana iba creciendo y fortaleciéndose. De pronto se le ocurrió la aterradora idea de que el espíritu de su presunta hermana quizá fuera mucho menos benévolo de lo que había creído.

– Hay algo que tengo que enseñarte.

– ¿Por qué no me dices lo que quieres que sepa? -Diana miraba a su alrededor, intentando averiguar en qué parte del hotel estaban. Pero, en el tiempo gris, aquel pasillo era particularmente indistinto, incluso más de lo normal, y parecía prolongarse sin fin-. Esto no está bien -añadió antes de que Missy pudiera contestar-. Parece…

– Hay una cosa que Quentin ha olvidado -dijo Missy, ignorando tanto la pregunta como el comentario.

– ¿Qué cosa?

– Por lo que me pasó a mí, cree que se trata de niños.

Diana sólo escuchaba en parte, porque, mientras hablaba, Missy había doblado una esquina, y para su sorpresa se encontraban de pronto ante una puerta verde. Aquél era el único colorido que había visto nunca en el tiempo gris.

– Tienes que recordar este lugar, Diana. Esta puerta.

– ¿Por qué? -Diana hacía cuanto podía por pensar con claridad, pero cada vez le resultaba más difícil.

– Porque aquí estarás a salvo. Cuando sea importante, cuando necesites un lugar seguro, ven aquí.

– Creía… creía que en el tiempo gris todos los lugares eran el mismo.

– Éste, no. Éste es un sitio especial, en tu tiempo igual que aquí. Está protegido. No lo olvides.

Diana quería hacerle más preguntas, pero antes de que pudiera formularlas Missy siguió hablando.

– Diana, escúchame. Quentin siempre ha creído que se trataba de niños, pero no es así. Los niños son más fáciles porque a menudo son vulnerables, están indefensos. Son una presa fácil. Esa cosa se alimenta del miedo. Tú recuerdas el terror de un niño, ¿verdad, Diana?

Diana sintió los labios extrañamente rígidos y helados cuando murmuró:

– Sí. Lo recuerdo.

– No se trata de niños. Ni siquiera se trata de mí. Se trata de castigar. Y de juzgar. Él fue juzgado. Y castigado.

De nuevo, Diana quiso preguntar, quiso comprender todo aquello más claramente. Pero, antes de que pudiera hablar, ambas lo oyeron o lo sintieron.

Ta-tan.

Ta-tan.

¡Ta-tan!

El rostro de Missy cambió.

– Tienes que volver -dijo rápidamente-. Ahora mismo. Esa cosa también puede cruzar al otro lado, Diana, no lo olvides. Y la mente de una médium puede ser la más vulnerable de todas. Si te encuentra…

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