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Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
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– No sabía que los detectives privados se dedicaran a buscar asesinos.

– Esas cosas solían quedar fuera de su radio de acción, pero al parecer el hombre asignado al caso era lo que entonces se llamaba un buen rastreador. En los archivos públicos prácticamente no hay información sobre todo esto, pero en la base de datos históricos del estado he encontrado un par de cartas escritas por personas que estaban aquí en aquel momento. Uno de los albañiles, especialmente, escribió con detalle acerca de la caza de ese asesino en una carta a su hermana. Y salta a la vista que tenía mala conciencia.

– ¿Porque no hubo juicio? -preguntó Diana.

– Ni juicio, ni arresto, ni nada oficial. El detective encontró pruebas suficientes para seguir el rastro del asesino, o eso creía, hasta un cobertizo de las montañas. -Quentin hizo una pausa y arrugó el ceño-. Está todavía allí, creo, un edificio de piedra muy viejo. Lo vi hace cinco años.

Diana no le preguntó sobre ese punto.

– Entonces, el detective privado encontró allí al asesino. Y…

– Y él, junto con un pequeño grupo de trabajadores de confianza que incluía al jefe de obra, subieron allí y cogieron al tipo. Cuyo nombre, por cierto, era Samuel Barton. Ya habían decidido que, si le colgaban, llamarían demasiado la atención, y estaban todos de acuerdo en que matarlo de un tiro era demasiado piadoso para él.

– Entonces, ¿lo arrojaron a ese pozo?

– Algo así. El pozo había sido descubierto cuando se estaban excavando los cimientos para los establos, y la escalerilla se colocó porque a alguien se le ocurrió la idea de que quizá pudieran usarse las cuevas como almacén. Pero el túnel era tan largo y estrecho que era demasiado complicado transportar nada hasta allí. Era, en cambio, una prisión estupenda.

Diana arrugó el ceño.

– ¿Pretendían que muriera allá abajo?

– No sé qué pretendían, pero tenían que saber que moriría. Estaban tan furiosos que al cogerle le dieron una paliza brutal. Le arrojaron al pozo y cerraron la trampilla. Él tenía que saber que nadie que le oyera iría a ayudarle. Puede que siguiera el túnel con la esperanza de que hubiera otra salida.

– Pero no la había.

– Eso carece de importancia. Según el hombre que escribió esa carta, Barton no llegó más allá de esa caverna grande que encontramos. El hombre se sentía tan culpable que bajó en persona una semana más tarde, en secreto, de noche. Encontró el cuerpo en la caverna. Y lo dejó allí.

Diana respiró hondo y concluyó la historia como parecía probable.

– El detective privado y el jefe de obra aseguraron a los demás que el… problema… había quedado resuelto. Las muertes cesaron. Y El Refugio se completó.

Quentin asintió con la cabeza.

– Eso es. Pero las muertes no cesaron en realidad, salvo por un tiempo. Al menos eso creo. Porque siguió desapareciendo gente en estas montañas. No mucha, un par de personas al año. Viajeros, gente que pasaba por aquí. Trabajadores itinerantes. Gente a la que no se echaba de menos, generalmente. La diferencia estaba en que no volvieron a encontrarse más cuerpos.

– Hasta Missy.

Él asintió de nuevo.

– Quentin… no estarás insinuando que todos estos años ha sido el mismo asesino. ¿Verdad?

– Tú lo dijiste -le recordó él-. Allá abajo, en las cuevas.

Diana se acordaba. Por escalofriante que fuera, se acordaba de todo. Pero…

– Sea lo que sea lo que sabe Missy, yo sólo sé lo que dije. Quiero decir que no entiendo cómo podría ser el mismo asesino. ¿Cómo podría seguir asesinando un muerto más de cien años después de su propia muerte? Y no entiendo por qué, si todo eso es cierto, cambió de conducta con Missy. Nadie que llevara tanto tiempo cazando y matando con éxito cambiaría de táctica. ¿No?

– No es probable. -Quentin era lo bastante hábil trazando perfiles psicológicos como para haber pensado en eso, y ofreció una posible respuesta-. A menos que algo externo le obligara a cambiar.

– ¿Algo como qué?

– La energía espiritual tiene su propio plano existencial, Diana. Sólo puede darse temporalmente en nuestro mundo, y sólo si se le ofrece una puerta, o si la energía misma es lo bastante fuerte como para abrirse paso.

– Entonces, ¿estás diciendo que el espíritu de ese asesino era tan fuerte que pudo cruzar esa puerta? ¿Tan fuerte que podía matar? -La sorprendió vagamente no parecer más incrédula.

– Creo que mataba… poseyendo a una persona… a falta de un término mejor. Probablemente a alguien que fuera vulnerable a esa clase de ataque. Mental o emocionalmente inestable, o físicamente débil en algún sentido. El asesino se apoderaba de ellos y… utilizaba sus cuerpos durante un tiempo. Disfrutaba de su terror y de su confusión. Quizás incluso les obligaba a matar a otros.

– Quentin…

– Eso ayudaría a explicar el tiempo transcurrido entre las desapariciones y las muertes. Tendría que haber un período de descanso tras gastar tanta energía, pero los intervalos no serían regulares, porque la cantidad de energía necesaria dependería de si se trataba meramente de poseer a alguien o de utilizar a esa persona para matar físicamente.

– ¿Meramente? -Fue cuanto logró decir ella.

– Es posible, Diana. Es posible que la energía espiritual que quedó cuando Samuel Barton fue prácticamente enterrado vivo contuviera cólera suficiente, maldad suficiente, para seguir matando y ocultando sus crímenes todos estos años. Al menos, hasta que asesinó a Missy. Hasta que mató a alguien capaz de impedir de algún modo que escondiera su cuerpo como había escondido o enterrado los de los demás.

Capítulo doce

– ¿Como? -preguntó Diana-. ¿Cómo podría hacer eso una niña pequeña? ¿Qué podía hacer, si la había matado?

– No lo sé. Aún. Pero sé que algo cambió cuando murió Missy. Lo siento.

Diana no sabía cómo cuestionar aquella convicción. Ni siquiera sabía si debía hacerlo. De modo que se limitó a decir:

– Tenemos muchas más preguntas que respuestas.

– Sí, ya lo he notado.

– Corrígeme si me equivoco, pero hasta dentro de un tiempo no sabremos nada nuevo a partir de los restos de Jeremy o de los huesos de la caverna.

– Puede que tardemos mucho en saber algo. Las pruebas forenses requieren tiempo, sobre todo tratándose de restos óseos.

Ella vaciló. Luego dijo:

– Tengo la sensación de que algo va a pasar aquí, y pronto. Algo malo. Yo… no te lo he dicho, pero he visto otros fantasmas. Gente que parecía claramente haber vivido en otra época. Dos mujeres, un hombre, dos niños pequeños. No en el tiempo gris, sino aquí, con aspecto de ser reales, como de carne y hueso. Como Jeremy. Me pidieron que les ayudara. Y al menos uno dijo algo acerca de que había llegado la hora. Había en ellos una intención, una urgencia que pude sentir.

Quentin no se molestó en preguntarle por qué no se lo había dicho hasta ese momento.

– Supongo que no te dijeron cómo podías ayudarles.

– No. -Diana se puso en pie-. Pero Becca me dijo que había algo en el cuarto de arreos y tenía razón. También me dijo que había algo en el desván que yo debía ver. Algo que me ayudaría a entender.

Quentin sonrió, preguntándose si Diana sabía hasta qué punto era más fuerte desde que había despertado. Él ignoraba cómo había sucedido, pero parecía que él haber prestado voz a Missy en la cueva había permitido a Diana, de algún modo, doblar una esquina. Había dejado de cuestionar la existencia de sus facultades. Ahora quería respuestas.

– Me extrañó que preguntaras a Stephanie con tanta insistencia por el desván -dijo.

– Ahora ya sabes por qué. ¿Vamos?

Quentin tardó sólo un momento en guardar su ordenador y sus notas en el maletín. La costumbre le hacía cauteloso. Después, acompañó a Diana al edificio principal.

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