Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—Son muy elegantes —dijo por fin el hombre.
—Bueno, todas las niñas merecen tener un poco de elegancia en sus vidas, señor Horner.
El señor Horner se pasó una mano áspera por la coronilla y apartó la vista. El rostro de Mae se oscureció, temiendo lo que su padre estaba a punto de decir. El hombre fue hacia la puerta.
—¿Le importaría salir fuera conmigo un momento, señora Van Cleve?
Alice oyó los suspiros de desánimo de las niñas mientras seguía al señor Horner hacia la parte de atrás de la cabaña, abrazándose a sí misma para mantener alejado el frío y repasando mentalmente los diferentes argumentos que pensaba utilizar para hacerle cambiar de opinión.
«Toda niña pequeña necesita una muñeca».
«Seguramente las tirarán, si las niñas no se las quedan».
«Por el amor de Dios, ¿va a permitir que su maldito orgullo se interponga en el camino de…?».
—¿Qué le parece?
Alice se detuvo en seco. Jim Horner levantó un trozo de saco de arpillera y destapó la cabeza de un venado enorme, un tanto andrajoso, con unas astas que se elevaban hacia el cielo un metro a cada lado y las orejas cosidas de cualquier modo a la cabeza. Estaba montada sobre una base de madera de roble toscamente tallada, que había sido pintada con brea.
La joven sofocó el sonido ahogado que emergió de su garganta.
—Le disparé en Rivett’s Creek, hace dos meses. Lo he disecado y montado yo mismo. Mae me ayudó a pedir los ojos de cristal por correo. Son muy realistas, ¿no cree?
Alice observó boquiabierta los ojos enormes y vidriosos del ciervo. Definitivamente, el izquierdo era un poco estrábico. El venado tenía un aspecto un tanto perturbador y siniestro, como una bestia de pesadilla fruto de un delirio febril.
—Es… realmente… imponente.
—Es mi primer intento. He pensado que podría comerciar con ellos. Hacer uno cada pocas semanas y venderlos en el pueblo. Para ayudarnos a ir tirando durante los meses de invierno.
—No es mala idea. Tal vez podría hacer también algunos animales más pequeños. Un conejo, o una ardilla de tierra.
Él lo sopesó y asintió.
—¿Qué? ¿Se lo queda?
—¿Disculpe?
—Por las muñecas. A modo de trueque.
Alice levantó las manos.
—Señor Horner, no es necesario que…
—No puedo aceptarlas a cambio de nada. —El hombre cruzó con firmeza los brazos sobre el pecho y esperó su respuesta.
—¿Qué diablos es eso? —preguntó Beth, mientras Alice se bajaba del caballo, agotada, y quitaba trozos de follaje de las astas del ciervo. Este se había ido enganchando en uno de cada dos árboles durante todo el camino de bajada de la montaña, lo que casi había hecho caer a Alice varias veces, y ahora parecía aún más desaliñado y andrajoso que en la cima, adornado con diversas ramas y hojas sueltas. La joven subió las escaleras y lo apoyó con cuidado en la pared mientras recordaba, como había hecho ya unas cien veces, la alegría en las caras de las niñas al saber que finalmente podían quedarse las muñecas, cómo las acunaban y les cantaban, y sus agradecimientos y besos sin fin. Y cómo se suavizaba la expresión facial de Jim Horner mientras las miraba.
—Es nuestra nueva mascota.
—¿Nuestra qué?
—No te atrevas a tocarle un solo pelo de la cabeza, o te disecaré peor de lo que el señor Horner ha disecado a este ciervo.
—Madre mía —le dijo Beth a Izzy, mientras Alice volvía a salir hacia su caballo—. ¿Recuerdas cuando Alice fingía ser una dama?
El servicio del almuerzo casi había terminado en el hotel White Horse de Lexington y el restaurante estaba empezando a vaciarse. Las mesas se quedaron cubiertas de servilletas sucias y vasos vacíos, mientras los huéspedes, revitalizados, se cubrían con sus bufandas y sombreros, preparados para aventurarse a salir de nuevo a las aceras repletas de compradores navideños de última hora. El señor Van Cleve, que acababa de darse un festín a base de solomillo con patatas fritas, se recostó en la silla y se frotó el estómago con ambas manos, un gesto que reflejaba una satisfacción que cada vez sentía menos en otros aspectos de su vida.
Aquella muchacha le causaba indigestión. En cualquier otro pueblo, tales faltas acabarían olvidándose, pero en Baileyville una rencilla podía durar un siglo y seguir dando que hablar. La gente de Baileyville descendía de los celtas, de familias escocesas e irlandesas que podían aferrarse al resentimiento hasta que estuviera más seco que la mojama y no guardara ya ningún parecido con su «yo» original. Y, aunque el señor Van Cleve era tan celta como el cartel cheroqui que había delante de la gasolinera, había asimilado a base de bien aquella facultad. Más aún, había heredado de su padre la costumbre de cogerle manía a una persona, agraviarla hasta la saciedad y culparla de todos sus males. Y esa persona era Margery O’Hare. Se levantaba con una maldición para ella en los labios y se iba a dormir con imágenes de ella burlándose de él.
A su lado, Bennett tamborileaba de forma intermitente en el borde de la mesa con los dedos. El hombre sabía que su hijo habría preferido estar en otra parte; en realidad, no parecía tener la concentración necesaria para los negocios. El otro día, había pillado a un grupo de mineros burlándose de su obsesión por la limpieza, fingiendo mancharlo con sus monos ennegrecidos al pasar. Cambiaron de actitud cuando lo vieron mirando, pero el hecho de verlos burlándose de su hijo le dolió. Al principio, casi se había sentido orgulloso de la determinación de Bennett por casarse con la muchacha inglesa. ¡Parecía que al fin estaba seguro de lo que quería! Dolores había mimado demasiado al chico, preocupándose por él como si fuera una niña. Parecía incluso un poco más alto de lo que era cuando le había comunicado a Van Cleve que él y Alice iban a casarse y, bueno, aunque lo de Peggy era una pena, qué se le iba a hacer. Le había alegrado verlo defender su opinión con firmeza, por una vez. Pero ahora veía cómo aquella muchacha inglesa, su lengua afilada y su forma extraña de comportarse iban debilitando poco a poco a su hijo y lamentaba el día en que le habían convencido para hacer aquel maldito viaje por Europa. Mezclarse nunca traía nada bueno. Ni con la gente de color ni con los europeos, al parecer.
—Te has dejado aquí unas migas, chico. —El señor Van Cleve clavó un dedo rollizo en la mesa. El camarero se disculpó y las limpió de inmediato, echándolas en un plato—. ¿Un bourbon, gobernador Hatch? ¿Para rematar?
—Bueno, si insiste, Geoff…
—¿Bennett?
—Yo no, papá.
—Tráeme un par de bourbons del condado de Boone. Rápido. Sin hielo.
—Sí, señor.
—Bennett, ¿puedes ir al sastre mientras el gobernador y yo hablamos de negocios? Pregúntale si tiene más camisas de etiqueta, ¿quieres? Yo voy ahora. —El señor Van Cleve esperó a que su hijo se levantara de la mesa antes de inclinarse hacia delante y seguir con la conversación—. Bien, gobernador, me gustaría discutir una cuestión algo delicada con usted.
—No tendrá más problemas en la mina, ¿verdad, señor Van Cleve? Espero que no tenga que enfrentarse al mismo caos que tienen allá abajo, en Harlan. Ya sabe que la policía estatal está preparada para actuar, si no logran poner orden por sí mismos. Están pasando ametralladoras y otras armas de un lado a otro de las fronteras estatales.
—Sabe que trabajamos duro para contener ese tipo de cosas en Hoffman. No puede salir nada bueno de los sindicatos, eso está claro. Nos hemos asegurado de tomar medidas para proteger nuestra mina ante el menor indicio de problemas.
—Me alegra oírlo. Me alegra mucho. Entonces, ¿cuál es el problema?
El señor Van Cleve se inclinó sobre la mesa.
—Es ese asunto… de la biblioteca. —El gobernador frunció el ceño—. De la biblioteca de las mujeres. La iniciativa de la señora Roosevelt. Esas mujeres que llevan libros a las familias rurales y eso.