La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
– Lo lamentamos muchísimo, Tally. Ha sido algo terrible para usted. Queremos agradecerle el que fuera tan valiente y reaccionase con tanta prontitud. Nadie podría haberlo hecho mejor.
Para alivio de Tally, no le habían hecho preguntas y tampoco se habían quedado demasiado rato. Era extraño, se dijo, que hubiese tenido que ocurrir aquella tragedia para darse cuenta de que sentía simpatía por la señorita Caroline, una mujer que o bien caía maravillosamente a la gente o bien ésta la encontraba detestable. Reconociendo el poder de la señorita Caroline, Tally aceptó que la razón fundamental de que le cayese bien era un tanto censurable: sencillamente, podría haberle hecho la vida imposible en el Dupayne y había decidido no hacerlo.
La casa la arropó como hacía siempre. Era el lugar en el cual, después de tan largos años de penalidades y sacrificios, había abierto sus brazos a la vida, igual que en aquel momento en que unas manos enormes pero delicadas la habían sacado de los escombros para conducirla a la luz.
Siempre contemplaba la oscuridad sin miedo. Poco después de llegar al Dupayne, un viejo jardinero, ya jubilado, se había deleitado relatándole cierto asesinato que había tenido lugar en la época victoriana en la entonces casa privada. Se había recreado en la descripción del cuerpo, una criada muerta, degollada, despatarrada a los pies de un roble al borde del Heath. Estaba embarazada y había corrido el rumor de que un miembro de la familia, su jefe o uno de los dos hijos de éste, había sido el responsable de la muerte de la chica. Algunos aseguraban que el espíritu de la chica, que no había encontrado reposo todavía, se paseaba al caer la noche por el Heath. Nunca se le había aparecido a Tally, cuyos miedos y ansiedades adoptaban formas más tangibles. Sólo en una ocasión había sentido un verdadero escalofrío, más de interés que de miedo, al percibir movimiento bajo el roble. Vio dos figuras oscuras surgir de entre las sombras, acercarse, hablar entre sí y separarse de nuevo. Reconoció en una de ellas al señor Calder-Hale. No fue la última vez que lo vio pasearse acompañado por la noche. Nunca había comentado aquellas apariciones ni con él ni con nadie. Entendía el atractivo que podía tener deambular en la oscuridad, y en cualquier caso no era asunto suyo.
Después de dejar la ventana entornada, se metió al fin en la cama. Le resultó difícil conciliar el sueño. Allí tendida, completamente a oscuras, los sucesos del día se agolparon en su mente, más vividos y nítidos que en la realidad. Sin embargo, había algo que quedaba más allá del alcance de la memoria, algo fugitivo, que se negaba a desvelarse pero que yacía en un rincón de su cerebro produciéndole una inquietud vaga y desenfocada. Quizás esa turbación tuviese su origen en el sentimiento de culpa por no haber hecho lo suficiente, por ser, de algún modo, responsable, ya que si ella no hubiese ido a su clase el doctor Neville tal vez seguiría con vida. Sabía que se trataba de un remordimiento irracional y resolvió que debía intentar quitárselo de la cabeza. Y en ese momento, con la mirada fija en la masa borrosa y pálida de la ventana entreabierta, la asaltó un recuerdo de infancia, sentada en la penumbra de una hosca iglesia victoriana en aquel barrio periférico de Leeds, escuchando la liturgia de vísperas. Hacía casi sesenta años que no oía esa oración, pero en ese momento las palabras acudieron a su mente con tanta vivacidad como si las escuchase por primera vez. «Tú, Señor, que iluminas la noche y haces que después de las tinieblas surja otra vez la luz, haz que, durante la noche que ahora empieza, nos veamos exentos de toda culpa, protégenos de los peligros que nos acechan y que, al clarear el nuevo día, podamos reunimos otra vez en tu presencia, para darte gracias nuevamente. Por Jesucristo nuestro Señor.» Retuvo la imagen de aquella cabeza quemada, recitó la plegaria en voz alta y se sintió reconfortada.
9
Sarah Dupayne vivía en el tercer piso de un edificio antiguo, en una anodina calle de casas adosadas del siglo xix en la frontera de Kilburn, que los agentes inmobiliarios locales sin duda preferían anunciar como West Hampstead. Frente al número 16 había una pequeña parcela de césped descuidado y arbustos deformes que no llegaban a alcanzar la categoría de parque. Las dos casas semiderruidas contiguas al terreno estaban siendo reconvertidas, al parecer, en una sola vivienda. Entre la nada despreciable cantidad de carteles de agencias inmobiliarias clavados en los reducidos jardines delanteros, uno correspondía al número 16. Unas cuantas construcciones revelaban, por sus puertas relucientes y las paredes restauradas, que la clase de jóvenes profesionales con aspiraciones había empezado a colonizar la calle. Sin embargo, pese a su cercanía a la estación de Kilburn y a los atractivos de Hampstead, todavía conservaba el aire descuidado y ligeramente desolado de una calle de transeúntes. Para ser sábado por la mañana, estaba inusitadamente tranquila, y no se detectaban indicios de actividad tras las cortinas.
A la derecha de la puerta del número 16 había tres timbres. Dalgliesh pulsó el que había debajo de la tarjeta con el apellido «Dupayne». El nombre que aparecía bajo éste había sido borrado a conciencia y era indescifrable. Respondió una voz de mujer al timbre y Dalgliesh se anunció.
– Es inútil que intente abrirle desde aquí, el maldito cacharro está roto -explicó la voz-. Ahora mismo bajo.
Al cabo de menos de un minuto, la puerta principal se abrió. Vieron a una mujer de constitución robusta, facciones bien marcadas, frente ancha y una melena negra y espesa recogida firmemente en la nuca con un pañuelo. Cuando se soltara el cabello, la exuberancia de éste debía de darle un aire agitanado y picaresco, pero en ese momento su rostro, apagado y sin restos de maquillaje salvo por una pincelada de pintalabios brillante, parecía manifiestamente vulnerable. Dalgliesh calculó que debía de rondar la cuarentena, pero los pequeños estragos del tiempo ya habían dejado su huella en las arrugas de la frente y en los pequeños pliegues de insatisfacción en las comisuras de la ancha boca. Vestía pantalones negros, camiseta y una chaqueta de lana de color púrpura. No llevaba sujetador, y los prominentes pechos se le balanceaban al andar.
Haciéndose a un lado para dejarlos pasar, dijo:
– Soy Sarah Dupayne. Lo siento, pero no hay ascensor. Suban, ¿quieren?
Percibieron cierto olor a whisky en su aliento.
Mientras los conducía con paso firme por la escalera, Dalgliesh pensó que era más joven de lo que aparentaba. La tensión de las doce horas anteriores sin duda le había robado cualquier asomo de juventud. Se sorprendió de encontrarla sola, pues lo lógico habría sido que, en semejantes circunstancias, alguien hubiese ido a hacerle compañía.
El piso en el que entraron daba a la pequeña parcela de enfrente y era muy luminoso. Había dos ventanas y una puerta a la izquierda que estaba abierta y que sin duda conducía a la cocina. La estancia resultaba inquietante; Dalgliesh tuvo la impresión de que había sido amueblada con cierto cuidado y con piezas caras, pero que los ocupantes habían perdido todo interés por ella y emocionalmente ya se habían mudado a otra parte. En las paredes pintadas se veían rayas de suciedad que sugerían que algunos cuadros habían sido descolgados, y sobre la repisa de la chimenea victoriana sólo lucía un pequeño jarrón Doulton con dos ramilletes de crisantemos blancos, marchitos. El sofá, que dominaba la habitación, era de cuero y de diseño moderno. El otro mueble grande era una larga librería que cubría una de las paredes; estaba medio vacía y los libros se tropezaban desordenadamente unos con otros.
Sarah Dupayne los invitó a sentarse y se acomodó en un puf cuadrado de cuero que había junto a la chimenea.