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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– Le interesa mucho el dinero, ¿no? -dijo Kate, pensativa-. Es importante para ella.

– ¿Lo bastante importante para cometer un parricidio? Esperaba que el museo cerrase. Estaba segura de que, al final, recibiría sus veinticinco mil.

– Tal vez deseaba tenerlo más temprano en lugar de más tarde. Se siente culpable por algo.

– Porque no quería a su padre -repuso Dalgliesh-, o no lo quería lo suficiente. El sentimiento de culpa es inseparable del dolor, pero tiene algo más en la cabeza que le preocupa, aparte del asesinato de su padre, por horrible que haya sido. Necesitamos saber qué hacía él los fines de semana. Es posible que Piers y Benton-Smith obtengan alguna información del mecánico del taller, pero creo que nuestra mejor baza sería la secretaria personal de Dupayne. Averigua quién es, ¿quieres, Kate? Y concierta una cita con ella, para hoy a ser posible. Dupayne era médico psiquiatra en Saint Oswald. Yo lo intentaría primero ahí.

Kate llamó al servicio de información telefónica y luego telefoneó al hospital. Tardaron varios minutos en ponerla en contacto con la extensión que solicitaba. La conversación sólo duró un minuto, tiempo durante el cual Kate se limitó básicamente a escuchar.

Tapando el auricular con la mano, se dirigió a Dalgliesh:

– La secretaria del doctor Dupayne es la señora Angela Faraday. Trabaja los sábados por la mañana, pero el consultorio cierra a la una y cuarto. Estará sola en su oficina entre esa hora y las dos. Podrá recibirlo entonces, pues al parecer no hace pausa para el almuerzo y sólo se toma unos bocadillos en su despacho.

– Gracias, Kate. Dile que estaré allí a la una y media en punto.

Una vez concertada la cita y terminada la llamada, Kate añadió:

– Qué curiosa coincidencia que se llame igual que la voluntaria jardinera del museo… Si es que se trata de una coincidencia; Faraday no es un apellido muy corriente.

– Si no es una coincidencia y están emparentadas -apuntó Dalgliesh-, eso nos abre un abanico de interesantes posibilidades. Mientras, veamos qué encontramos en el piso de Kensington.

Al cabo de media hora aparcaban ante las puertas del edificio. Los botones del interfono estaban numerados pero no llevaban inscrito ningún nombre, salvo el que correspondía al número trece, donde aparecía el rótulo de «portero». Kate pulsó el timbre y medio minuto después salió un hombre colocándose la chaqueta del uniforme. Era de complexión robusta y mirada triste, y tenía un bigote muy poblado que a Kate le hizo pensar en una morsa. Se presentó con un apellido largo y complicado que sonaba a polaco. Aunque taciturno, no se mostró desatento y respondió a sus preguntas despacio pero con buena disposición. Sin duda tenía que estar al corriente de la muerte de Neville Dupayne, pero no la mencionó, y tampoco lo hizo Dalgliesh. A Kate se le ocurrió que aquella cuidadosa reticencia común daba a la conversación un carácter un tanto surrealista. Dijo, en respuesta a sus preguntas, que el doctor Dupayne era un caballero muy callado, que lo veía pocas veces y que no recordaba cuándo habían hablado por última vez. Que él supiese, nunca recibía visitas. Guardaba dos copias de llaves de cada uno de los pisos en su despacho. Al pedírselas, les entregó las del número once sin poner objeciones, limitándose a solicitar un recibo.

El registro resultó poco satisfactorio; el piso, que daba a la calle Kensington High, tenía la apariencia de limpieza excesiva e impersonal propia de las casas listas para ser mostradas a posibles inquilinos. El aire olía a piso cerrado: aun a aquella altura, Dupayne había tomado la precaución de cerrar todas las ventanas antes de marcharse a pasar el fin de semana fuera. Haciendo un recorrido preliminar por la sala de estar y los dos dormitorios, Dalgliesh pensó que nunca había visto la casa de una víctima que, aparentemente, ofreciese tan pocas pistas sobre la vida privada de ésta. Las ventanas estaban provistas de persianas de listones de madera, como si el dueño temiese que incluso el hecho de elegir cortinas conllevase el riesgo de desvelar una opción personal. Las paredes estaban pintadas de blanco y no había ningún cuadro en ellas. La librería contenía alrededor de una docena de libros de medicina, pero por lo demás, las lecturas de Dupayne se restringían básicamente a biografías, autobiografías e historia. Por lo visto, llenaba sus ratos de ocio escuchando música, pues el equipo era moderno y los numerosos discos compactos que había en un armario mostraban una inclinación por la clásica y el jazz de Nueva Orleans.

Dalgliesh dejó a Kate la tarea de examinar los dormitorios y se acomodó frente al escritorio. Allí, tal como había esperado, todos los papeles y documentos se hallaban ordenados meticulosamente. Descubrió que las facturas regulares estaban domiciliadas, un método de pago sencillo y exento de problemas. Las correspondientes al taller le llegaban cada tres meses, y las pagaba al cabo de pocos días. Su cartera de acciones mostraba un capital de poco más de doscientas mil libras invertidas con prudencia. Los extractos bancarios, archivados en una carpeta de cuero, no revelaban cobros significativos o retiradas de dinero importantes. Efectuaba donativos generosos de forma regular a entidades benéficas, principalmente a las relacionadas con las enfermedades mentales. Las únicas anotaciones de interés eran las de los extractos de sus tarjetas de crédito, donde cada semana aparecía el pago efectuado a un hotel o un hostal. Las localidades eran distintas y las cantidades no demasiado importantes. Por supuesto, sería posible averiguar si el pago se había realizado para una o para dos personas, pero Dalgliesh prefería esperar. Aún cabía la posibilidad de descubrir la verdad a través de otras fuentes.

Kate regresó del dormitorio.

– La cama de la habitación de invitados está preparada, pero no hay indicios de que alguien se haya quedado allí recientemente. Creo que Sarah Dupayne tenía razón, señor. Ha habido una mujer en este apartamento: en el cajón de abajo hay un albornoz de lino doblado y tres pares de bragas. Están lavadas pero no planchadas. En el armario del cuarto de baño hay un desodorante de una marca que sólo usan las mujeres y un vaso con un cepillo de dientes extra.

– Podrían ser de su hija -repuso Dalgliesh.

Kate llevaba demasiado tiempo trabajando con él para ruborizarse fácilmente, pero en ese momento se sonrojó y apareció un dejo de bochorno en el tono de su voz:

– No creo que las bragas sean de su hija. ¿Por qué bragas y no un camisón o zapatillas de estar por casa? En mi opinión, si aquí venía una amante y a ésta le gustaba que él la desvistiera, seguramente traía bragas limpias consigo. El albornoz es demasiado pequeño para un hombre, y el de Dupayne está colgado en la puerta del cuarto de baño.

– Si su compañera de viaje de todos los viernes era una novia, me pregunto dónde quedaban, si era él quien pasaba a recogerla o era ella quien acudía al museo a esperarlo. Parece poco probable, pues correría el riesgo de que alguien se quedase a trabajar hasta más tarde y la viese. Por el momento todo son conjeturas. Veamos qué nos dice su secretaria. Te dejaré en el Dupayne, Kate. Me gustaría ver a Angela Faraday yo solo.

10

Piers sabía por qué Dalgliesh había decidido que fuesen él y Benton-Smith quienes interrogaran a Stan Carter en el taller. Para Dalgliesh los coches eran meros vehículos destinados a transportarlo de un lugar a otro. Les exigía habilidad, rapidez, comodidad y cierto grado de belleza. Su actual Jaguar cumplía dichos requisitos, pero más allá de eso, él no veía ninguna razón para hablar de sus excelentes prestaciones ni para reflexionar sobre qué nuevos modelos merecería la pena probar. Las charlas sobre automóviles lo aburrían soberanamente. Piers, que rara vez conducía por la ciudad y a quien le gustaba ir andando de su piso en la City hasta New Scotland Yard, compartía la actitud de su jefe pero la combinaba con un gran interés por los diferentes modelos y su rendimiento. Si una charla sobre coches podía animar a Stan Carter a mostrarse más comunicativo, Piers era la persona indicada.

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