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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– De manera que usted fue la última persona que vio a su hermano con vida, que sepamos por el momento. ¿Tuvo la impresión cuando se despidió de él de que estaba seriamente deprimido?

– No. De haberla tenido, es obvio que no lo habría dejado solo.

Dalgliesh se volvió hacia Caroline Dupayne.

– La última vez que vi a Neville fue en la reunión para el fideicomiso el miércoles -le explicó ella-. No me puse en contacto con él desde entonces ni para hablar del futuro del museo ni para ningún otro asunto. La verdad, no creí que fuese a servir de gran cosa. Pensé que se había comportado de una forma muy rara en la reunión y que sería mejor que lo dejásemos solo un tiempo. Supongo que querrá conocer mis movimientos esta noche. Me marché del museo poco después de las cuatro y fui en coche a Oxford Street. Suelo ir a Marks & Spencer y a Selfridges Food Hall los viernes a comprar comida para el fin de semana, tanto si lo paso en mi apartamento de Swathling’s como en mi piso de aquí. No fue fácil encontrar sitio para aparcar, pero tuve suerte de dar con uno de pago. Siempre desconecto el móvil cuando estoy de compras, y no volví a encenderlo hasta que volví al coche. Supongo que era poco después de las seis, porque acababa de perderme el principio del boletín informativo de la radio. Tally me llamó al cabo de una media hora, cuando todavía estaba en Knightsbridge. Volví aquí de inmediato.

Era el momento de terminar la entrevista. Dalgliesh no tenía inconveniente en lidiar con el mal disimulado antagonismo de Caroline Dupayne, pero se daba cuenta de que tanto ella como su hermano estaban cansados. Marcus, en especial, parecía al borde del agotamiento. Los retuvo sólo unos minutos más. Ambos confirmaron que sabían que su hermano recogía su Jaguar a las seis en punto los viernes, pero no tenían ni idea de adónde iba y nunca se lo habían preguntado. Caroline dejó muy claro que la pregunta le parecía poco razonable; no esperaba que Neville la interrogase sobre lo que hacía en sus fines de semana, ¿por qué iba ella a interrogarlo a él? Si tenía otra vida, mejor para él. No tuvo reparos en admitir que sabía que había un bidón de gasolina en el cobertizo, puesto que estaba en el museo cuando la señorita Godby le había pagado a la señora Faraday por el mismo. Marcus Dupayne dijo que hasta fechas recientes, rara vez aparecía por el museo. Sin embargo, dado que conocía la existencia de una cortadora de césped, suponía que había gasolina para hacerla funcionar guardada en alguna parte. Ambos insistieron en que no conocían a nadie que le desease ningún mal a su hermano, y aceptaron sin poner ninguna objeción que las instalaciones del museo y, por lo tanto, la propia casa tendrían que permanecer cerradas al público mientras la policía proseguía con la investigación sobre el terreno. Marcus aseguró que, de todas formas, habían decidido cerrar el museo una semana o hasta la ceremonia privada de incineración del cadáver de Neville.

Ambos hermanos acompañaron a Dalgliesh y Piers a la puerta principal de forma tan meticulosa como si hubiesen sido huéspedes invitados. Los policías se adentraron en la noche. Al este de la casa, Dalgliesh vio el destello de las lámparas de arco donde dos agentes vigilaban la escena que quedaba detrás del precinto policial que impedía el acceso al garaje. No había rastro de Kate ni de Benton-Smith; seguramente ya estarían en el aparcamiento. El viento había cesado pero, permaneciendo un momento de pie, en silencio, Dalgliesh percibió un leve susurro, como si su último aliento todavía zarandease los arbustos y agitase con suavidad las escasas hojas de los árboles jóvenes. El cielo nocturno era como el dibujo de un chiquillo, un chapoteo irregular de color añil con derroches de nubes mugrientas. Se preguntó qué aspecto tendría el cielo en Cambridge. Emma ya debía de hallarse en su casa. ¿Estaría contemplando la vista de Trinity Great Court o, como habría hecho él tal vez, estaría paseándose por el patio, completamente confusa? ¿O era aún peor? ¿Acaso sólo había tardado ese viaje de una hora a Cambridge en convencerse de que ya había tenido bastante, de que no quería volver a verlo nunca más?

Dalgliesh se obligó a concentrarse de nuevo en el asunto que los había llevado hasta allí, y señaló:

– Caroline Dupayne está empeñada en mantener abierta la posibilidad del suicidio y su hermano le sigue el juego, aunque tiene sus reticencias. Desde su punto de vista es comprensible, pero ¿por qué iba Dupayne a suicidarse? Quería que el museo cerrase. Ahora que está muerto, los dos fideicomisarios que quedan pueden asegurarse de que el museo continúa existiendo.

De repente sintió la necesidad de estar a solas.

– Quiero echarle un último vistazo a la escena del crimen. Kate te va a llevar en coche, ¿verdad? Diles a ella y a Benton que nos reuniremos en mi despacho dentro de una hora.

7

Eran las once y veinte cuando Dalgliesh y los miembros del equipo se reunieron en su despacho para revisar los avances en la investigación. Después de tomar asiento en una de las sillas de la mesa de reuniones que había frente a la ventana, Piers se alegró de que AD no hubiese escogido su propio despacho para la reunión. Como de costumbre, se encontraba en un estado de desorden semiorganizado; invariablemente, podía localizar cualquier archivo que fuese necesario, pero nadie que viese el lugar creería eso posible. Sabía que AD no habría hecho ningún comentario; el jefe sí era una persona metódicamente ordenada, pero sólo exigía de sus subordinados integridad, dedicación y eficiencia. Si lo lograban en un despacho donde reinaba el caos y la confusión, no veía ninguna razón para interferir en ello. Sin embargo, Piers se alegraba de que los ojos oscuros y sentenciosos de Benton-Smith no estuviesen paseándose por las resmas de papel acumuladas en su escritorio. En contraste con aquel desorden, mantenía su apartamento en la ciudad en un orden casi obsesivo, como si fuese una forma más de conservar separadas su vida laboral y su vida privada.

Iban a tomar café descafeinado. Kate, como sabía, no podía ingerir cafeína después de las siete de la tarde sin correr el riesgo de pasar la noche en vela, y parecía absurdo y una pérdida de tiempo hacer dos cafeteras. La secretaria de Dalgliesh se había marchado a casa hacía rato, y Benton-Smith había salido a preparar el café. Piers esperaba su taza sin entusiasmo; el café descafeinado parecía una contradicción terminológica, pero al menos el tener que servirlo y después lavar las tazas pondría a Benton-Smith en su sitio. Se preguntó por qué aquel hombre le resultaba tan irritante -la palabra «desagradable» le parecía demasiado fuerte-. No era que le molestase su espectacular atractivo físico, fortalecido por un ego de lo más saludable; nunca le había importado demasiado que un colega fuese más guapo que él, a menos que fuera más inteligente o tuviese más éxito. Un poco sorprendido ante su propia percepción, pensó: «Se debe a que es ambicioso, como yo, del mismo modo. Superficialmente no podríamos ser más distintos. La verdad es que no me cae bien porque nos parecemos demasiado.»

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