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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– ¿Les apetece un poco de café? -les ofreció-. Se supone que no pueden tomar alcohol, ¿verdad? Me parece que todavía me queda leche en la nevera. Yo he estado bebiendo, como seguramente habrán notado, pero no mucho. Puedo responder a sus preguntas sin problemas, si es eso lo que les preocupa. ¿Les importa si fumo?

Sin aguardar respuesta, hurgó en el bolsillo de su chaqueta y sacó un mechero y un paquete de cigarrillos. Encendió uno y dio una calada tan profunda como si la nicotina fuese una droga capaz de salvarle la vida.

– Lamento que tengamos que molestarla siendo tan reciente la muerte de su padre -dijo Dalgliesh-, pero cuando se trata de una muerte sospechosa, los días inmediatamente posteriores suelen ser los más importantes. Necesitamos obtener información esencial cuanto antes.

– ¿Muerte sospechosa? ¿Está seguro? Eso significa asesinato. La tía Caroline pensaba que quizá se tratara de un suicidio.

– ¿Y le dio alguna razón para ello?

– La verdad es que no. Dijo que ustedes estaban convencidos de que no pudo haber sido un accidente. Supongo que pensó que el suicidio era la única opción probable. Cualquier cosa es más probable que un asesinato, porque, ¿quién iba a querer matar a mi padre? Era psiquiatra, no era un traficante de drogas ni nada por el estilo. Que yo sepa, no tenía ningún enemigo.

– Pues debe de tener uno al menos -señaló Dalgliesh.

– En ese caso, no es nadie que yo conozca.

– ¿Le habló de alguien que pudiera desearle algún mal? -preguntó Kate.

– ¿Desearle algún mal? ¿Es eso lenguaje policial? Rociarle el cuerpo con gasolina para después prenderle fuego no me parece que sea desearle algún mal. ¡Dios, es increíble! No, no sé de nadie que le deseara ningún mal. -Puso un énfasis especial en todas sus palabras, con un tono de sarcasmo en la voz.

– ¿Calificaría la relación de su padre con sus hermanos de buena? -inquirió Kate-. ¿Se llevaban bien?

– No es usted muy sutil, que digamos, ¿verdad? No, creo que a veces, de hecho, se odiaban. Pero eso pasa en todas las familias, ¿o es que no se ha dado cuenta? Los Dupayne no son la familia mejor avenida del mundo, pero eso no es tan raro. Lo que quiero decir es que se puede ser una familia disfuncional sin que sus miembros quieran quemarse vivos los unos a los otros.

– ¿Cuál era la actitud de su padre respecto a la firma del nuevo contrato de arrendamiento? -preguntó Dalgliesh.

– Dijo que no pensaba firmarlo. Fui a verlo el martes, la noche antes de que celebrasen la reunión de los fideicomisarios. Le dije que pensaba que debía oponerse y no firmar. Para serles sincera, quería mi parte del dinero. Él tenía otras consideraciones.

– ¿Cuánto esperaba obtener cada uno?

– Tendrá que preguntárselo a mi tío. Unas veinticinco mil, creo. En los tiempos que corren, no es una gran fortuna, pero alcanza para poder vivir sin trabajar uno o dos años. Papá quería que el museo cerrase por motivos más loables. Pensaba que nos preocupábamos demasiado por el pasado, una especie de nostalgia nacional, y que eso nos impedía enfrentarnos a los problemas del presente.

– Esos fines de semana que pasaba fuera… -dijo Dalgliesh-, parece ser que era una costumbre regular recoger el coche todos los viernes a las seis. ¿Sabe adónde iba?

– No, nunca me lo decía y yo nunca le preguntaba. Sé que pasaba los fines de semana fuera de Londres, pero no me había percatado de que se iba todos los viernes. Me imagino que por eso trabajaba hasta tan tarde los cuatro días restantes, para dejarse el sábado y el domingo libres. Tal vez llevase otra vida. Ojalá. Me gustaría pensar que fue un poco feliz antes de morir.

– Pero ¿nunca le mencionó adónde iba, o si se estaba viendo con alguien? -insistió Kate-. ¿No hablaba de eso con usted?

– No hablábamos. No quiero decir con ello que no nos llevásemos bien. Era mi padre, y yo lo quería. Es sólo que no nos comunicábamos demasiado. El siempre estaba agobiado de trabajo, yo también, vivíamos en mundos diferentes… ¿De qué íbamos a hablar? En fin, que al final del día seguramente acababa como yo, rendido y muerto de sueño delante de la tele. Además, trabajaba casi todas las tardes hasta última hora, ¿por qué iba a subir hasta Kilburn sólo para contarme el día tan nefasto que había tenido? Aunque tenía una novia, podrían preguntarle a ella.

– ¿Sabe quién es?

– No, pero espero que lo averigüen. Ese es su trabajo, ¿no? Encontrar a la gente…

– ¿Cómo sabe que tenía una novia?

– Cuando me estaba mudando de Balham aquí, le pregunté si podía quedarme en su piso un fin de semana. Había tenido mucho cuidado, pero yo me di cuenta. Estuve husmeando un poco…, las mujeres siempre lo hacemos. No les diré cómo lo supe para que no les suban los colores; además, no era asunto mío, desde luego. Pensé: «Ojalá que tenga suerte.» Lo llamaba «papá», por cierto. Cuando cumplí los catorce, sugirió que tal vez quisiera llamarlo Neville. Supongo que creía que eso era lo que yo quería, que fuese más un amigo que un padre; tendencias modernas, ya saben. Bueno, pues se equivocaba; lo que quería era llamarlo «papá» y subirme a su regazo. Es una ridiculez, ¿verdad? Les diré una cosa: no sé qué les ha contado el resto de la familia, pero papá no se suicidó. Nunca me haría una cosa así.

Kate advirtió que Sarah estaba al borde de las lágrimas. Arrojó el cigarrillo, a medio fumar, a la chimenea vacía. Le temblaban las manos.

– No es un buen momento para que esté sola -dijo Dalgliesh-. ¿No tiene algún amigo o amiga que pueda quedarse con usted?

– No se me ocurre nadie. Y no quiero que el tío Marcus me suelte el típico pésame o la tía Caroline me mire con aire socarrón y provocador para que muestre alguna emoción, deseando que sea una hipócrita.

– Si prefiere que lo dejemos, podemos volver más tarde -sugirió Dalgliesh.

– Estoy bien, sigan. No creo que se queden mucho más de todos modos. Quiero decir que es poco lo que puedo agregar.

– ¿Quiénes son los herederos de su padre? ¿Le habló alguna vez de su testamento?

– No, pero supongo que debo de serlo yo. ¿Quién más va a haber? No tengo hermanos y mi madre murió el año pasado. Bueno, no habría heredado nada de todas formas, porque se divorciaron cuando yo tenía diez años. Ella vivía en España, y yo nunca la veía. No volvió a casarse porque quería la pensión, pero eso no arruinó a mi padre precisamente. Y no creo que les haya dejado algo a Marcus o Caroline. Luego iré al piso de Kensington y averiguaré el nombre del notario de papá. El piso debe de valer lo suyo, por supuesto. Compraba con muy buen criterio. Supongo que también querrán ir allí.

– Sí -contestó Dalgliesh-, habrá que echarle un vistazo a sus papeles. Tal vez podamos ir allí con usted. ¿Tiene la llave?

– No, no quería que estuviese entrando y saliendo de su vida cuando me diese la gana. Digamos que era problemática, y supongo que lo hacía para prevenirse. ¿No encontraron sus llaves en el…, en su bolsillo?

– Sí, tenemos un juego. Preferiría haber tomado prestadas las suyas, señorita Dupayne.

– Supongo que habrán confiscado las de papá como parte de las pruebas. El portero nos dejará entrar. Vayan cuando quieran, me gustaría estar allí a solas. Tengo planeado pasar un año en el extranjero en cuanto se calmen un poco las cosas. ¿Deberé esperar a que se haya resuelto el caso? Bueno, quiero decir… ¿puedo irme después de la investigación y del funeral?

– ¿Querrá hacerlo? -preguntó Dalgliesh con delicadeza.

– Supongo que no. Papá me diría que no se puede huir, que siempre te llevas a ti misma contigo. Es una frase muy trillada, pero es cierta. Ahora me llevaría mucho más equipaje, ¿verdad?

Dalgliesh y Kate se pusieron en pie. Dalgliesh extendió la mano.

– Sí -respondió-. Lo siento.

No hablaron hasta que salieron y se dirigieron al coche.

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