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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Dalgliesh y Kate se acomodaron en sus asientos y permanecieron en silencio. Piers, cuyos ojos habían quedado fijos en el panorama de luces bajo la ventana del quinto piso, paseó la mirada por la estancia. Le resultaba familiar, pero en ese momento tuvo la desconcertante impresión de que la veía por vez primera. Se divirtió mentalmente evaluando el carácter del ocupante del despacho a partir de las escasas pistas que éste proporcionaba. A primera vista, era el típico despacho de un superior, equipado para cumplir con las normas que regulaban el mobiliario considerado apropiado para su rango. A diferencia de algunos de sus colegas, AD no había sentido la necesidad de decorar sus paredes con diplomas, fotos o escudos de fuerzas de seguridad extranjeras. Y no había ninguna fotografía enmarcada en su despacho. Le habría sorprendido descubrir semejante prueba de una vida privada. Sólo había dos características poco corrientes: una pared estaba cubierta por completo de estanterías para libros, pero éstas, como Piers sabía muy bien, no constituían un testimonio de determinado gusto personal. Los estantes contenían obras de tipo profesionaclass="underline" las leyes del Parlamento, informes oficiales, libros blancos, libros de consulta, volúmenes de historia, el Archbold de los alegatos en derecho penal, volúmenes sobre criminología, medicina forense e historia de la policía, y las estadísticas criminales de los cinco años anteriores. La otra característica inusual eran las litografías de Londres. Piers supuso que a su jefe no le gustaban las paredes completamente desnudas, pero incluso la elección de los cuadros tenía cierta impersonalidad. El no habría escogido óleos, por supuesto, pues hubieran sido inapropiados y pretenciosos. Sus colegas, en el caso de que se fijaran en las litografías, probablemente las juzgarían como indicadoras de un gusto excéntrico pero inofensivo. No podían, pensó Piers, ofender a nadie y sólo intrigarían a quienes tuviesen alguna idea de lo que debían de haber costado.

Benton-Smith llegó con el café. De vez en cuando, en aquellas sesiones de última hora de la noche, Dalgliesh abría su armario y sacaba copas y una botella de vino tinto. Esa noche no lo haría, por lo visto. Decidido a rechazar el café, Piers se acercó la jarra de agua y se sirvió un vaso.

– ¿Cómo llamamos a este presunto asesino? -preguntó Dalgliesh.

Tenía por costumbre dejar que los miembros del equipo hablasen del caso y luego intervenir, pero antes decidían un nombre para su presa invisible y, por el momento, incognoscible. A Dalgliesh le desagradaban los motes policiales habituales.

– ¿Qué les parece Vulcano, el dios del fuego? -sugirió Benton-Smith.

«Tenía que ser él», pensó Piers.

– Bueno, al menos es más corto que Prometeo.

Todos tenían sus cuadernos de notas abiertos frente a sí.

– De acuerdo, Kate, ¿empiezas tú? -propuso Dalgliesh.

Kate tomó un sorbo de café, decidió, al parecer, que estaba demasiado caliente, y apartó un poco la taza. No era costumbre de Dalgliesh pedir al miembro más veterano de su equipo que hablase el primero, pero esa noche lo hizo. Kate ya habría meditado sobre cuál era el mejor modo de presentar sus argumentos.

– Comenzamos planteándonos la muerte del doctor Dupayne como un asesinato y todo lo que hemos descubierto hasta ahora confirma esa primera hipótesis. El accidente queda descartado. Tuvieron que rociarlo con gasolina y, fuese del modo que fuese, tuvo que ser de manera intencionada. La prueba principal contra la hipótesis del suicidio es el hecho de que llevaba abrochado el cinturón de seguridad; además, alguien había quitado la bombilla a la izquierda de la puerta y el bidón de gasolina y el tapón del bidón se hallaban en una posición extraña. Encontraron el tapón al fondo del garaje y el bidón a unos dos metros de la puerta del coche. No hay ningún problema con la hora de la muerte. Sabemos que el doctor Dupayne guardaba su Jaguar en el museo y lo recogía todos los viernes a las seis. También contamos con el testimonio de Tallulah Clutton, que confirma que la hora de la muerte fue las seis de la tarde o poco después. Así pues, buscamos a alguien que conocía los movimientos del doctor Dupayne, que tenía llave del garaje y que sabía que había un bidón de gasolina en el cobertizo, que siempre estaba abierto. Iba a añadir que el asesino debía de conocer los movimientos de la señora Clutton, quien normalmente asistía a una clase los viernes por la tarde, pero no estoy segura de que eso sea relevante. Vulcano debió de hacer un reconocimiento previo y enterarse a qué hora cerraba el museo y de que la señora Clutton estaría en su casa al anochecer. Se trata de un crimen rápido. El asesino seguramente supuso que le daría tiempo a desaparecer antes de que la señora Clutton oyese o incluso oliese el fuego.

Kate hizo una pausa.

– ¿Algún comentario sobre el resumen de Kate? -preguntó Dalgliesh.

Fue Piers quien decidió intervenir primero.

– No ha sido un crimen impulsivo, sino cuidadosamente planeado. No puede tratarse de un homicidio sin premeditación. A primera vista, los sospechosos son la familia Dupayne y el personal del museo, ya que todos poseen la información necesaria y tienen un móvil. Los Dupayne querían que el museo siguiese abierto, como se supone que también era el deseo de Muriel Godby y de Tallulah Clutton. Godby perdería un buen trabajo y Clutton se quedaría sin empleo y sin hogar.

– Pero no matas a un hombre de una forma tan horrible sólo para conservar tu trabajo -arguyó Kate-. Está claro que Muriel Godby es una secretaria eficiente y con experiencia. No pasará mucho tiempo sin trabajo. Lo mismo puede decirse de Tallulah Clutton. Hay mucha demanda para las amas de llaves o empleadas del hogar de confianza. Aunque no encuentre trabajo rápidamente, seguro que tiene una familia. Ninguna de las dos me parece verdaderamente sospechosa.

– Hasta que averigüemos más datos, es prematuro hablar de un móvil -señaló Dalgliesh-. Todavía no sabemos nada de la vida privada de Neville Dupayne, de la gente con la que trabajaba, del lugar al que iba cuando recogía su Jaguar los viernes… Además, tenemos el problema del misterioso conductor que atropello a la señora Clutton.

– Si es que existe -puntualizó Piers-. Sólo tenemos el brazo magullado de la mujer y la rueda de bicicleta torcida. Pudo haber provocado la caída ella misma y hacer ver que la habían atropellado. No se necesita mucha fuerza para doblar una rueda de bicicleta. Podría haberla estrellado contra una pared.

Benton-Smith había permanecido en silencio, pero en ese momento decidió intervenir.

– No creo que estuviese implicada -dijo-. No pasé en la casa mucho tiempo, pero me pareció una testigo honesta. Me gustó.

Piers se reclinó en su asiento y empezó a recorrer el borde de su vaso con el dedo antes de decir con tranquilidad controlada:

– ¿Y qué demonios tiene eso que ver? Hemos de considerar las pruebas. Que nos gusten o no los testigos no viene al caso.

– Para mí, sí -replicó Benton-Smith-. La impresión que me causa un testigo forma parte de las pruebas. Si eso sirve para un jurado, ¿por qué no para la policía? No me imagino a Tallulah Clutton cometiendo este asesinato, ni cualquier otro, dicho sea de paso.

– Supongo que en ese caso -siguió Piers- para usted, Muriel Godby sería la principal sospechosa en lugar de cualquiera de los Dupayne, ya que es menos atractiva que Caroline Dupayne y, en cuanto a Marcus, ningún funcionario retirado sería capaz de cometer un asesinato.

– No -respondió con calma Benton-Smith-. Sería mi principal sospechosa porque este asesinato, si es que ha sido un asesinato, lo cometió alguien muy listo, pero no tan listo como él o ella se cree que es. Lo cual señala a Godby en lugar de señalar a cualquiera de los Dupayne.

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