La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
– Cierto. Están guardadas en el despacho, en el armario de las llaves.
– ¿Permanece cerrado ese armario?
– La mayor parte del tiempo, sí. Y la llave está en el cajón del escritorio, o puesta en la cerradura, sobre todo si Sharon o el señor Morgan se encuentran en el despacho.
– ¿Eso significa que otras personas podrían hacerse con las llaves de ese armario? -inquirió Benton-Smith.
– No sé cómo. Siempre hay alguien aquí, y las puertas de la calle se cierran a las siete. Si trabajo hasta más tarde, entro por la puerta lateral con mi propia llave. Hay un timbre. El señor Dupayne sabía dónde dar conmigo. Además, las llaves de los coches no están identificadas con ningún nombre. Nadie más que nosotros podría saber a cuál pertenece cada una de ellas.
Se volvió y miró al Alvis indicando claramente que era un hombre ocupado y que había dicho cuanto sabía.
Piers le dio las gracias, le entregó su tarjeta y le pidió que se pusiese en contacto con él si más tarde recordaba algún detalle relevante que no hubiese mencionado.
En el despacho, Bill Morgan confirmó la información sobre las llaves más amablemente de lo que Piers había esperado: les mostró el armario de las llaves y, cogiendo la llave correspondiente al cajón de la derecha de su escritorio, lo abrió y cerró varias veces como para demostrar la facilidad con que funcionaba. Vieron la hilera habitual de ganchos para los llaveros, todos ellos sin ninguna identificación.
De camino al coche, que por algún milagro no había sido adornado con una multa por mal aparcamiento, Benton-Smith dijo:
– No le hemos sacado demasiado.
– Probablemente todo cuanto podíamos sacarle. Y ¿qué sentido tenía preguntarle si Dupayne estaba deprimido? Llevaba un par de semanas sin verlo. Además, sabemos que no se trata de un suicidio. Y no hacía falta que se pusiese tan duro con él por lo del posible acompañante, Benton. Esa clase de tipos no reaccionan ante las intimidaciones.
– No me pareció que estuviera intimidándolo, señor -repuso Benton-Smith fríamente.
– No, pero estuvo a punto de hacerlo. Apártese, sargento, yo conduciré.
11
No era la primera vez que Dalgliesh visitaba Saint Oswald; recordaba dos ocasiones anteriores en que, como detective sargento, había acudido allí a interrogar a las víctimas de un intento de homicidio. El hospital estaba en una plaza de North West London, y cuando llegó a las puertas abiertas de hierro vio que, al menos en apariencia, nada había cambiado. El edificio decimonónico de ladrillo de color ocre era gigantesco, y con sus torres cuadradas, sus enormes arcos redondos y sus ventanas estrechas y ojivales semejaba más una institución educativa victoriana o un conjunto lúgubre de iglesias que un hospital.
Encontró sitio para su Jaguar sin dificultad en el aparcamiento destinado a las visitas y, tras cruzar un pórtico enorme, entró por unas puertas que se abrieron automáticamente ante su proximidad. Advirtió que en el interior sí se habían producido cambios: ahora había un moderno mostrador de recepción, de grandes dimensiones, atendido por dos empleados, y, a la derecha de la entrada, una puerta abierta que conducía a una sala de espera amueblada con sillones de piel y una mesita baja con revistas.
No informó de su presencia a la recepción, pues la experiencia le había enseñado que en los hospitales rara vez interceptaban a quienes entraban con paso decidido. Entre una multitud de carteles indicadores vio uno con una flecha que señalaba el camino a la consulta externa de Psiquiatría, y echó a andar en esa dirección por el pasillo de suelo de vinilo. La decadencia que él recordaba había desaparecido por completo: las paredes estaban recién pintadas y cubiertas de una sucesión de fotografías en sepia de la historia del hospital. El ala infantil de 1870 mostraba unas cunas de barrotes, niños con la cabeza vendada y rostros frágiles y serios, damas victorianas de visita con sus miriñaques y sus sombreros aparatosos y enfermeras ataviadas con uniformes que les llegaban hasta los tobillos y gorras altas con ribetes trenzados. Había fotos del hospital en ruinas durante los bombardeos de las V2 y otras que mostraban a los equipos de tenis y de fútbol del hospital, los días de apertura al público en general y la ocasional visita de la realeza.
La consulta externa de Psiquiatría estaba en el sótano, y Dalgliesh bajó por la escalera, como indicaba la flecha, hasta una sala de espera que en esos momentos se hallaba casi desierta. Había otro mostrador de recepción con una atractiva chica asiática sentada frente al ordenador. Dalgliesh dijo que tenía una cita con la señora Angela Faraday y, sonriendo, la recepcionista le señaló una puerta que había al fondo y le dijo que el despacho de la señora Faraday estaba a la izquierda. Dalgliesh llamó a la puerta y una voz de mujer respondió de inmediato.
La sala era pequeña y estaba abarrotada de archivadores. Apenas había espacio para un escritorio, una silla y un sillón. La ventana daba a un muro trasero de ladrillo de color ocre. Debajo había un arriate más bien pequeño en el que una gran hortensia, sin hojas y con el tallo seco, exhibía su traje de flores marchitas. Junto a la planta, en el suelo arenoso, había un rosal sin podar con las hojas marrones y un capullo rosado a todas luces enfermo.
La mujer que le tendió la mano debía de rondar la treintena. Su rostro era de rasgos finos y su expresión inteligente; la boca, pequeña, pero de labios carnosos. El cabello oscuro le caía como plumas sobre la frente alta y las mejillas. Tenía unos ojos enormes bajo las cejas prominentes y curvadas, y Dalgliesh pensó que nunca había visto tanto dolor en una mirada humana. Era menuda y parecía tensa, como si su cuerpo sólo contuviera un dolor que amenazase con convulsionarlo en un torrente de lágrimas.
– ¿Quiere sentarse? -le ofreció señalando el sillón que había junto a la mesa.
Dalgliesh vaciló por un instante, pensando que aquél debía de ser el sillón de Neville Dupayne, pero no había ningún otro y se dijo que su reticencia instintiva era una tontería.
Ella dejó que fuese Dalgliesh quien comenzara.
– Le agradezco mucho que accediera a recibirme. La muerte del doctor Dupayne debe de haber supuesto una conmoción terrible para la gente que lo conocía y trabajaba con él. ¿Cuándo se ha enterado?
– Esta mañana temprano, en las noticias locales de la radio. No han dado ningún detalle, sólo que un hombre había muerto en un incendio en el interior de un coche en el Museo Dupayne. En ese momento he sabido que se trataba de Neville. -No lo miró, pero separó las manos, que tenía cruzadas en el regazo-. Por favor, dígamelo, debo saberlo -añadió-. ¿Lo han asesinado?
– De momento no podemos estar seguros. Creo que es probable que lo asesinaran. En cualquier caso, hemos de tratar esta muerte como sospechosa. Si se demuestra que se trata de un homicidio, necesitamos obtener el máximo de información posible sobre la víctima. Por eso estoy aquí. La hija del doctor Dupayne nos dijo que usted llevaba diez años trabajando para él. Se llega a conocer bien a una persona en diez años. Espero que me ayude a conocerlo mejor.
Angela Faraday lo miró fijamente, con una intensidad extraordinaria, y Dalgliesh sintió como si estuvieran juzgándolo. Sin embargo, había algo más: el requerimiento de una garantía tácita de que podía hablar sin tapujos y ser comprendida.
Él esperó y al cabo ella se limitó a decir, sencillamente:
– Yo lo amaba. Hemos sido amantes durante seis años, hasta hace tres meses; el sexo se acabó, pero el amor no. Creo que Neville se sintió aliviado. Le preocupaba la necesidad constante de secretismo, el engaño. Ya le resultaba bastante difícil arreglárselas sin todo eso, de modo que cuando volví con Selwyn, para él fue algo menos por lo que preocuparse. Bueno, lo cierto es que nunca lo abandoné. Creo que una de las razones por las que me casé con Selwyn fue que, en el fondo de mi corazón, sabía que Neville no me querría para siempre.