La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
– ¿Listo pero no tanto como él o ella cree? -repitió Piers-. Mmm, ese fenómeno debería resultarle familiar, sargento…
Kate miró a Dalgliesh, quien era consciente de las ventajas que una rivalidad podía aportar a la investigación; nunca había querido un equipo de cómodos conformistas que se admirasen mutuamente, pero desde luego, Piers había ido demasiado lejos. Pese a ello, estaba segura de que AD no lo regañaría delante de un oficial de rango inferior.
Y no lo hizo. En vez de eso, haciendo caso omiso de Piers, Dalgliesh se dirigió a Benton-Smith.
– Su razonamiento es válido, sargento, pero resulta peligroso llevarlo demasiado lejos. Incluso un asesino inteligente puede tener lagunas de conocimiento y experiencia. Cabe la posibilidad de que Vulcano esperase que el coche explotara y que el cadáver, el garaje y el propio automóvil quedasen completamente destruidos, sobre todo teniendo en cuenta que no debía de imaginar que la señora Clutton llegaría a la escena del crimen tan temprano. Un fuego devastador podría haber destruido la mayor parte de las pistas, pero dejemos el perfil psicológico y concentrémonos en los pasos a seguir.
Kate se volvió hacia Dalgliesh.
– ¿Se ha creído la historia de la señora Clutton, señor? -preguntó-. Me refiero al accidente y al conductor que se da a la fuga.
– Sí, me parece verosímil. Publicaremos el anuncio optimista habitual pidiéndole a ese hombre que se ponga en contacto con nosotros, pero si no lo hace, encontrarlo no va a ser tarea fácil. Lo único que tenemos es la impresión momentánea de la señora Clutton, que por otra parte era notablemente vivida, ¿no os parece? Ese rostro inclinándose sobre ella con lo que describió como una expresión de horror y compasión… ¿Os parece que eso concuerda con nuestro asesino, un hombre que, de forma intencionada, acaba de rociar a su víctima con gasolina para luego quemarla viva? Lo lógico es que quisiera largarse de allí cuanto antes. ¿Se pararía por haber derribado a una anciana de su bicicleta? Y si lo hiciese, ¿mostraría esa clase de preocupación?
– El comentario que hizo sobre la hoguera -comentó Kate-, evocando el caso Rouse: es obvio que impresionó a la señora Clutton y a la señorita Godby. Ninguna de las dos me pareció compulsiva ni irracional, pero sí advertí que eso les preocupaba. Desde luego, no nos enfrentamos a un asesino que se inspira en asesinatos famosos, pues lo único que ambos crímenes tienen en común es un hombre muerto en un coche en llamas.
– Probablemente se trate de una coincidencia -sugirió Piers-, la clase de comentario hecho de pasada que podría hacer cualquiera en esas circunstancias. Intentaba justificar que estaba ignorando un incendio. Y Rouse también.
– Lo que preocupó a esas dos mujeres fue el pensar que las dos muertes tal vez tuviesen algo más en común que unas pocas palabras -expuso Dalgliesh-. Quizá fuese la primera vez que ambas tomaban conciencia de que Dupayne posiblemente había sido asesinado. Sin embargo, supone una complicación. Si no lo encuentran y llevamos a un sospechoso a juicio, el testimonio de la señora Clutton constituirá un regalo para la defensa. ¿Algún otro comentario sobre el resumen de Kate?
Benton-Smith había permanecido muy quieto y en silencio. En ese momento, decidió hablar.
– Creo que podríamos hallarnos ante un caso de suicidio.
– ¿Ah, sí? Pues adelante, cuéntenos por qué -exigió Piers de inmediato, irritado.
– En realidad no estoy diciendo que fuese un suicidio, sólo digo que las pruebas para demostrar que se trata de un asesinato no son tan concluyentes como afirmamos. Los Dupayne nos han contado que la mujer de uno de sus pacientes se ha quitado la vida, y tal vez deberíamos averiguar por qué. Es probable que a Neville Dupayne le hubiese afectado esa muerte más de lo que sus hermanos creen. -Se volvió hacia Kate-. Y siguiendo con su argumentación, Dupayne llevaba puesto el cinturón de seguridad. Bien, pues sugiero que quería asegurarse de estar bien atado, sin posibilidad de moverse. ¿No existe siempre el riesgo de que, una vez ardiendo, cambiase de opinión, tratase de salir corriendo e intentara rodar por la hierba para apagarlo? Quería morir, y morir en el Jaguar. Luego está el lugar donde se encontraron el bidón y el tapón. ¿Por qué diablos iba a dejar el bidón cerca del coche? ¿No era más natural tirar el tapón primero y luego el bidón? ¿Por qué iba a importarle adónde iban a parar?
– ¿Y la bombilla desaparecida? -inquirió Piers.
– No tenemos pruebas que demuestren cuánto tiempo hacía que faltaba esa bombilla. Todavía no hemos conseguido ponernos en contacto con Ryan Archer. Podría haberla quitado, cualquiera podría haberlo hecho, el propio Dupayne, sin ir más lejos. No se puede levantar un caso de asesinato sobre una bombilla desaparecida.
– Pero no hemos encontrado ninguna nota de suicidio -objetó Kate-. Los suicidas, por lo general, quieren explicar por qué lo hacen. ¡Y qué manera de elegir su muerte! Lo que quiero decir es que este hombre era médico, tenía acceso a numerosos fármacos. Podría habérselos llevado consigo al coche y quitarse la vida en el Jaguar si eso era lo que quería. ¿Por qué iba a quemarse a lo bonzo y morir agonizando de esa manera?
– Probablemente fue muy rápido -adujo Benton-Smith.
Piers perdió la paciencia.
– ¡Y un cuerno! No lo bastante rápido. No me trago su teoría, Benton. Supongo que ahora dirá que fue el propio Dupayne quien quitó la bombilla y colocó el bidón donde lo encontramos para que su suicidio pareciese un asesinato. Un bonito regalo de despedida para la familia. Es el acto propio de un niño caprichoso o de un loco.
– Es una posibilidad -contestó Benton-Smith sin alterarse.
– ¡Sí, claro, todo es posible! -exclamó Piers, airado-. ¡Hasta que Tallulah Clutton lo hiciese porque había estado manteniendo una aventura amorosa con Dupayne y éste iba a dejarla por Muriel Godby! Por favor, mantengámonos dentro de los límites de la realidad…
– Hay un hecho que podría indicar que no se trata de un asesinato sino de un suicidio -intervino Dalgliesh-. A Vulcano tuvo que resultarle difícil rociarle la cabeza con gasolina a Dupayne empleando el bidón. Debió de salir demasiado despacio. Si necesitaba incapacitar a su víctima, aunque fuese por escasos segundos, tendría que verter la gasolina en algo parecido a un cubo. O eso, o primero lo dejó inconsciente de un golpe. Seguiremos reconociendo el terreno en cuanto amanezca, pero aunque hubiese utilizado un cubo, dudo que lo encontremos.
– No había ningún cubo en el cobertizo del jardín, claro que Vulcano pudo haberlo llevado consigo -apuntó Piers-. Tal vez vertió la gasolina en el garaje, no en el cobertizo, antes de quitar la bombilla y luego le dio una patada al bidón. Querría tocarlo lo menos posible, a pesar de llevar guantes, pero era importante dejar el bidón en el garaje si quería que pareciese un suicidio o un accidente.
Kate intervino entonces, tratando de mantener a raya su entusiasmo.
– Luego, después de cometer el crimen, Vulcano debió de tirar toda su ropa protectora al cubo. Más tarde ya le resultaría fácil deshacerse de las pruebas incriminatorias. El cubo seguramente era de los más corrientes, de plástico. Podía aplastarlo y arrojarlo a un contenedor, una papelera que tuviese a mano o una zanja.
– Por el momento, todo eso sólo son conjeturas -señaló Dalgliesh-. Corremos el peligro de empezar a proponer teorías adelantándonos a los hechos. Vamos a avanzar un poco, ¿de acuerdo? Necesitamos asignar las tareas para mañana. He quedado en ir a ver a Sarah Dupayne a las diez de la mañana con Kate; tal vez nos dé alguna pista sobre lo que hacía su padre los fines de semana. Existe la posibilidad de que llevara una doble vida, en cuyo caso necesitamos saber dónde, a quién veía, con quién se relacionaba, etcétera. Estamos dando por sentado que el asesino llegó antes al museo, realizó todos los preparativos y esperó a oscuras en el garaje, pero es posible que Dupayne no estuviera solo cuando llegó. Quizá Vulcano iba con él o habían quedado en encontrarse allí. Piers, será mejor que tú y Benton-Smith os entrevistéis con el mecánico del taller de Duncan’s, un tal Stanley Carter. Tal vez Dupayne le hiciese algunas confidencias. En cualquier caso, él debe de tener alguna idea de cuántos kilómetros hacía el coche los fines de semana. Y necesitamos interrogar a Marcus y Caroline Dupayne otra vez y, cómo no, a Tallulah Clutton y Muriel Godby. Tras una noche de descanso, es posible que recuerden algo que no nos hayan dicho. Luego están las voluntarias, la señora Faraday, que se encarga del jardín, y la señora Strickland, la calígrafa. Y, por supuesto, Ryan Archer. Es raro que ese Comandante con quien se supone que vive no haya contestado a las llamadas telefónicas. Ryan vendrá a trabajar a las diez el lunes, pero necesitamos hablar con él antes de entonces. Y hay una prueba que esperamos contrastar: la señora Clutton ha declarado que cuando llamó a Muriel Godby, la línea estaba ocupada y tuvo que llamarla al móvil. Conocemos la versión de Godby, según la cual el auricular no estaba bien colgado. Sería interesante saber si ella se hallaba en casa o no cuando se hizo la llamada. Usted es una especie de experto en eso, ¿no es así, sargento?